¿ES LA ARGENTINA UNA "SOCIEDAD FRUSTRADA"?

La ligereza de la "erudicción" mediática
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Desde que escribo estás editoriales diarias, me enfrento a la necesidad de transmitir con estas líneas algo que pueda resultar importante para el eventual lector. Encontrar un tema que sea lo suficientemente abarcativo, que englobe en sí mismo problemáticas de carácter general y no una simple óptica sobre algún aspecto particular de la vida, no siempre es tarea fácil.

Los titulares de los medios masivos de comunicación se encuentran abarrotados de temas candentes de la realidad social y política del país, en donde se entrecruzan los más crueles dramas humanos, derivados de la cotidiana violencia e inseguridad que nos aqueja como grupo humano que se organiza para vivir en comunidad, con aquellos que son producto de la política, la economía, las ciencias y las artes.

Con sólo encender el televisor y hacer un paneo por los distintos programas que ofrecen las señales, el televidente puede tener los más variados puntos de vista sobre un tema en particular. Si ese tema está referido a la actualidad política, con mayor razón encontrará opiniones divergentes, las que se encuentran cargadas de un gran subjetivismo sobre el asunto, y que no son más que el reflejo de la posición de quien las emite frente al tema en cuestión.

En uno de esos tantos programas a que hago referencia, ayer por la noche pude escuchar una frase que es como todas las que se suelen decir al aire por un conductor o un entrevistado, sin el más mínimo afán de profundizar en la misma, pero que le dan a quien la emite cierto aire de intelectualidad “profunda”, pero que en la mayoría de las oportunidades nos deja el interrogante de si lo que se dijo fue un pensamiento propio, una elaboración concienzuda del razonamiento o, simplemente, algo para dejar “picando” sin más propósito que de “adornar” la charla.

Los argentinos, a nivel general, somos muy afectos a ser expertos en todo. Cualquiera sea la disciplina que se aborde, es muy difícil que no se emita una opinión que da apariencia de gran erudicción. Esto no es malo, y hasta puede ser una nota pintoresca que nos caracteriza en el mundo entero. Pero, cuando esa falsa erudicción proviene de un profesional de las Ciencia de la Comunicación, de un periodista experimentado, bien formado y con bastante ajetreo, la banalidad o ligereza de lengua se convierte en un pecado imperdonable.

En concreto, anoche escuche de boca de Edi Zunino, periodista devenido en escritor, decir que la Argentina es una “sociedad frustrada”. Esas dos palabras, que pasaron sin pena ni gloria por el set televisivo, pero que se soltaron como una afirmación irrefutable, me hicieron pensar en la gravedad que encierran, siempre y cuando se considere que contienen una gran verdad y que todos los males que padecemos son, precisamente, el resultado de vivir en una sociedad con semejante calificativo.

La frustración tiene directa relación con la “Teoría de la anomia”. Esta teoría aparece formulada por primera vez en “El Suicidio de Durkeheim”, una obra publicada a fines del siglo XIX. Esta es una de las obras fundamentales de las ciencias humanas y sociales tanto teórica como metodológicamente, y de hecho se la considera uno de los pilares sobre los que se erigieron esas disciplinas. En especial, Durkeheim, deseaba explicar que el comportamiento humano no sólo depende del libre albedrío, sino que se encuentra al menos en parte determinado por fuerzas que se encuentran fuera de su control y que incluso tienen una naturaleza social, o sea independientemente de su persona. La tesis es que existen fuerzas sociales que influyen en el comportamiento humano. El autor eligió el suicidio ya que este comportamiento tan radical parece intuitivamente que tiene que depender única y exclusivamente de una decisión personal.

En efecto, este autor encontró que ciertos factores sociales tienen una influencia agravante sobre las tasas de suicidios, como las crisis económicas, pero que también las épocas de aumento inesperado de bienestar elevan tal cifra. Por este motivo, razona el autor, no puede ser la penuria lo que explique el aumento de los suicidios ya que “si las muertes voluntarias aumentan cuando la vida se hace más ruda, deberían disminuir sensiblemente cuando el bienestar aumenta”.

Durkheim sugirió que lo que verdaderamente afecta al suicidio es una situación que denominó anomia, que quiere decir en ausencia de normas y que es resultante de tales coyunturas: “solamente cuando la sociedad está perturbada, generalmente por crisis dolorosas, por transformaciones demasiado súbitas, es transitoriamente incapaz de ejercer esta acción (de límite social a las aspiraciones humanas); y he aquí de dónde vienen estas bruscas ascensiones de la curva de los suicidios”.

Frente a sociedades básicamente agrícolas europeas anteriores al siglo XIX, en el mundo moderno se producen cambios muy rápidos y radicales que hacen que la gente ya no pueda confiar en las normas por las que han regido su conducta a lo largo de su vida, ni tampoco mantener sus expectativas, su visión del mundo, etc. Se produce una especie de sentimiento de provisionalidad en el que ya no está claro el sentido de la vida ni cómo conducirse por la misma. El debilitamiento de todo un sistema de valores morales también desempeña un papel en este escenario, puesto que ahora ya no puede moderar y controlar tales disfunciones: el malestar que sufrimos… angustia, no sólo una miseria económica creciente sino una alarmante miseria moral. Ante este panorama ocasionado por fuerzas a nivel social, el individuo se plantea si su vida tiene sentido y puede tomar la decisión de suicidarse.

Algunos autores se han planteado las razones por las cuales los estados Unidos de América sufren tasas de delito tan altas. Se trata, pues, de enfoque macro que recurren a variables de esta naturaleza para explicar niveles de delincuencia y sus tendencias a lo largo del tiempo. La idea de que la cultura norteamericana favorece el delito se remonta en criminología al menos a Merton y goza hoy en día de un gran predicamento. Messner y Rosenfeld, explican que las tasas de delito de los Estados Unidos son desde la II Guerra Mundial mucho más elevadas que las demás naciones occidentales.

Para estos autores, las mismas virtudes que son veneradas por la sociedad norteamericana son las mismas fuentes de los altos índices de delincuencia, llegando afirman que los Estados Unidos están organizados para el delito. Más concretamente recuerdan a la idea del sueño americano, esa concesión cultural que propone como meta el éxito material y que éste puede ser alcanzado por cualquiera. Lo más característico de los Estados Unidos de Norteamérica es la exagerada importancia que se pone en el éxito monetario y en el mucho menor énfasis que se colocan en la licitud de los medios. Por lo tanto, el elevado nivel de delitos no es causado por que algo vaya mal, por la maldad de sus ciudadanos o por otros motivos excepcionales, sino porque la cultura norteamericana hace un verdadero culto de ese éxito económico y en que todo el mundo puede y debe aspirar al mismo; pero, a la vez, la realidad social incluye diferencias estructurales que bloquean las oportunidades lícitas de muchos individuos. De este modo muchos recurren a medios ilegales para lograr un objetivo que se les presentan como necesario del modo que sea.

Asimismo, las “teorías de la frustración” han experimentado un resurgimiento, con ciertas innovaciones. Agnew afirma que estas teorías, así como los test de las mismas, se han centrado tradicionalmente en la frustración derivada del bloqueo de oportunidades, pero que en realidad existen otras fuentes relevantes de frustración, como es el caso del bloqueo del comportamiento dirigido a la evitación de situaciones dolorosas. Por ejemplo, los adolescentes pueden verse obligados a permanecer en ambientes, como la escuela, que les disgustan, pero a la vez no pueden desplegar acciones destinadas a evitar dichas situaciones, lo cual tenderá a producirles frustración, y ello puede conducirles al delito.

La “Teoría General de la Frustración” ha sido propuesta por el propio Agnew. Se trata de una teoría elaborada a nivel micro que recurre a variables referidas a los individuos para explicar el comportamiento delictivo de los mismos. La clave de la teoría general de la frustración es que ésta se centra en “relaciones negativas con otros: relaciones en las que el individuo no es tratado como él o ella quieren ser tratados” y que el delito se explica por la presión que ejercen “estados afectivos negativos” tales como la ira y otros semejantes que a menudo resultan de relaciones negativas”.

Esta teoría general reconoce tres fuentes principales de frustración que encuentran su origen siempre en relaciones negativas con otros:

1) La frustración puede aparecer en primer lugar cuando no se logran metas valoradas positivamente que uno se ha propuesto. Esto puede acontecer cuando existe una diferencia entre las aspiraciones y las expectativas de uno, esto es cuando lo que se espera conseguir no se aproxima a lo uno quiere; también puede aparecer cuando se produce un desgaste entre las aspiraciones o expectativas de alguien y lo que realmente consigue o sus logros; por último, este tipo de frustración se puede dar cuando lo que uno considera un resultado justo o equitativo no coincide con lo que realmente logra.

2) La frustración puede producirse cuando a uno le quitan o amenazan con quitarle estímulos valorados positivamente.

3) Una fuente de frustración más es la exposición o amenaza de exposición a estímulos valorados negativamente. Esto puede tener lugar cuando se sufren abusos en la infancia, cuando se es víctima de un delito, cuando se tienen relaciones relativas con iguales u otras personas cercanas o malas experiencias con los pares.

Un punto crítico de la teoría general de la frustración es la de aclarar cuándo un sujeto tenderá a recurrir al delito ante una situación negativa, ya que tiene otras alternativas. La decisión de delinquir, como estrategia de afrontar una situación adversa, se encuentra determinada, según la teoría, por una serie de limitaciones y disposiciones al delito y al comportamiento licito.

El recurso al delito puede verse asimismo favorecido por que el individuo tenga una especial disposición hacia el mismo. Agnew afirma expresamente que “esta disposición es una función de ciertas variables del temperamento, del aprendizaje previo, de las creencias”; rematando con que “una variable básica que afecta a varios de los factores anteriores es la asociación con pares delincuentes” .

Pues bien, teniendo en cuenta todo lo explicado, no parece tan ligero ni tan simple hablar de que los argentinos estamos padeciendo los efectos de una “sociedad frustrada”. Quizá, sería mucho más razonable ponerse a discutir cuáles han sido las razones por las que los hechos violentos, los actos de corrupción, el delito asociado con adicciones como la droga y un sinnúmero más de actos reprobables han ido en franco aumento durante las últimas tres décadas en el país, posicionándonos como ciudadanos de un mundo que también ha experimentado aumentos en esos mismos niveles, pero de manera mucho más alarmante y pronunciada que la sociedad vernácula en la que vivimos.

Finalmente, el mundo, como es harto conocido, ha dejado hace mucho tiempo de ser un lugar seguro para cualquier persona. Los atentados y los hechos de corrupción política e institucional que a diario se producen apuntan a hacer más cierta esa afirmación, pero no por ello menos dolorosa. Compadecernos de la sociedad, de la cual formamos parte, no va a llevarnos a formular la solución que necesitamos para atacar nuestros males.

Decir que estamos en una “sociedad frustrada” no es más que describir la imagen que nos devuelve el espejo cada vez que nos miramos en él. Lo importante es plantear y ocuparse de aportar, desde esa misma erudicción que se trata de mostrar, los posibles caminos a seguir para cambiar el actual panorama. De lo contrario, solo se estará planteando un problema y nunca una posible salida. Y los argentinos ya estamos muy “cascoteados” con problemas, como para que tanto “erudito” suelto que anda por la vida nos siga describiendo las grandes fallas que tenemos y se guarde para sí los caminos a seguir para encausar esta sociedad, si es que en verdad los conoce.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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