Rafael Nadal Décimo, el inigualable

DEPORTES 11/06/2017
El mallorquín minimiza a Wawrinka (6-2, 6-3 y 6-1) y suma su décima corona en Roland Garros

Los puños de Muhammad Ali. Los seis anillos de Michael Jordan. El pie izquierdo de Leo Messi. Los 18 grandes de Jack Nicklaus. Los siete mundiales de Michael Schumacher. El Olimpo del deporte está lleno de grandes gestas, ninguna como la de Rafa Nadal, diez veces campeón en Roland Garros después de minimizar a Stan Wawrinka como si fuera un colegial en una final para la historia por 6-2, 6-3 y 6-1.

Resulta muy difícil imaginar a algún tenista acercarse en las próximas décadas al récord que ha logrado el mallorquín, coronado como Rafa Nadal Décimo, el inigualable, en París, donde los hitos del deporte español siempre saben mejor. El clínic tenístico que ofreció el de Manacor en la Philippe Chatrier está a la altura de sus mejores recitales sobre tierra y rubrica sus dos semanas más perfectas en Roland Garros.

Resulta difícil imaginar a un tenista igualando la gesta de Nadal en las próximas décadas

El triunfo de Nadal abre muchas incógnitas. Después de una larga época lastrado por las lesiones, el mallorquín ha igualado, sino superado, su mejor nivel de tenis de siempre sobre arcilla, y aventurar cuánta gasolina le queda a sus 31 años es tarea imposible. Federer ganó hace poco en Australia con 35, sumando su Grand Slam número 18. Ahora, Nadal ya tiene 15 y alcanzar al suizo es otro de los retos que deben alimentar sus últimos años en la elite.

El décimo Roland Garros del mallorquín también puede invitar a su tío Toni a replantearse su decisión de abandonar sus tareas como entrenador a final de año. Lejos de oxidarse, el tándem sigue funcionando y Wawrinka puede dar fe de ello.

El historial de Nadal sobre tierra es el más amplio y exitoso de la historia del tenis, y sus exhibiciones están en los anales de la raqueta. Por eso, el mérito de lo que ha conseguido este año sólo será debidamente valorado con el paso del tiempo. El juego del mallorquín en la final no tuvo fisuras y acabó desesperando a Wawrinka, que incluso llegó a romper una de sus raquetas por pura desesperación.

La raqueta rota de un desesperado Stan Wawrinka
La raqueta rota de un desesperado Stan Wawrinka (Gonzalo Fuentes / Reuters)

El único momento delicado del partido para Nadal llegó en el tercer juego, cuando tuvo que enfrentarse a un 30-40 con su servicio. Una situación que superó a la perfección, gritando su primer y único “¡vamos!” de todo el partido. Un ace y un punto directo de saque cerraron el juego. Dos breaks seguidos en el sexto y octavo juego finiquitaron el primer set por 6-2. Nadal era una vendaval y Wawrinka salía volando como una pequeña valla de jardín.

Asentados los dos tenistas sobre la arcilla de la central parisina, se presumía más igualdad en la segunda manga, sobre todo ante la buena versión que había dado hasta la final Wawrinka, verdugo de Murray en semifinales en cinco sets. Un triunfo cuya inyección moral compensó el cansancio. Pero el suizo no tuvo respuesta ante los golpes de Nadal, profundos y potentes. Intentaba presionar el revés del mallorquín con su derecha, pero la respuesta en forma de winners que recibía le obligó a desistir.

Las toallas de Rafa Nadal
Las toallas de Rafa Nadal (Tatyana Zenkovich / EFE)

Wawrinka perdió su primer servicio del segundo set en blanco y empezaba a asimilar que el devenir de la final apuntaba vez más hacia el centro de Mallorca. Los intercambios siempre caían del lado de Nadal y la impaciencia iba ganando terreno en la cabeza del suizo, que incluso no tuvo más remedio que aplaudir a su rival en el mejor punto del partido, que llegó en el sexto juego de la manga. Implacable con su servicio, el español cerró de nuevo el set con un 6-3 que no admitía dudas.

El décimo Roland Garros, hacer aún más historia en el mundo del tenis, escalar posiciones en el Olimpo del deporte, si es que le quedaba algún escalón por subir, estaba apenas a un set de distancia. Para cualquier humanoide, cerrar el partido es siempre lo que más cuesta. Es cuando aparece la presión y la pelota ya no corre tan rápido. Pero Rafa Nadal parece cada vez menos de este mundo y más del otro, y el tercer set lo encaró con la misma tranquilidad y la misma concentración que los dos anteriores. No había perdido ninguno en todo el torneo y no estaba dispuesto a manchar otra inmaculada estadística como esa en el peor momento.

La concentración de Nadal acabó por desesperar a un impotente Wawrinka

Nadal comenzó rompiendo el servicio de Wawrinka ya en el primer juego de la manga decisiva. Otro golpe en la mesa, quizás el definitivo, para que el suizo ya acabara de digerir del todo su sino en la final. Un escenario nuevo para él, que había vencido en las tres finales anteriores de Grand Slam que había alcanzado. Una, contra el propio Nadal, aunque en las antípodas literales de la tierra de París, en Australia. En la capital de la Galia se truncó esa racha, pero poco se le podrá reprochar porque fue pisoteado por la máquina de arcilla más perfecta construida jamás.

El mallorquín tuvo algún sobresalto con su servicio en el cuarto juego del tercer set, cuando Wawrinka se puso 0-30, pero su derecha encarriló la situación y mantuvo las diferencias en el marcador. Pero Nadal seguía siendo consciente de que enfrente tenía a uno de los tenistas más imprevisibles, capaces de levantar cualquier situación, por adversa que sea, y no bajaba la guardia ni regalaba un solo punto. No se lo podía permitir.

Así fue en el quinto juego del tercer set, en el que no cedió ante el empuje de Wawrinka con su servicio, salvando varios puntos decisivos y acabando por lograr un break que ya sería definitivo. Nadal cerró el set por 6-1 y el partido con uno de los mayores golpes en la mesa que haya dado nunca un deportista. Con diez Copas de los Mosqueteros en el salón de su casa en Manacor, quién es capaz ahora de no imaginar que añada alguna más. Veterano en el DNI, su cabeza parece de la un mocoso al que cada punto le importa como si le fuera la vida. Nadal es inigualable.

Fuente: La Vangiardia

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