HECHOS, NO PALABRAS

EDITORIAL 09/06/2017 Por
Una palabra puede salvarnos la vida o hundirnos en un pozo infinito. No se puede minimizar la importancia que tienen. Pero cuando se enfrentan a los hechos, éstos imponen su contundencia y zanjan cualquier cuestionamiento. El gobierno le debe a la ciudadanía una explicación sobre la forma en que piensa detener la bola de nieve de la deuda
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ISAIAS  Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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Si yo fuera gobierno y los expertos de todos los sectores del arco ideológico unieran sus voces para decirme que mi política económica conduce al desastre, no me preocuparía demasiado. Son cosas que a veces suceden, coincidencias, como los eclipses. Pero si a eso llegara a sumarse el apoyo explícito de Domingo Felipe Cavallo sí que me alarmaría, y mucho.


Cuando a Rogelio Julio Frigerio, el abuelo del actual ministro del interior y artífice de la llegada de Arturo Frondizi al poder, alguien le preguntaba sobre una particular situación y a él no le interesaba discutir el caso, solía decir “Los hechos hablan por sí solos”. Con esas palabras dejaba conforme a su interlocutor y zafaba de aquello en lo que no quería abundar.


La opinión de él era trascendente y tenía peso nacional e internacional. Lo que yo pueda decir en materia de administración no excede los límites del consorcio en el que habito. Tomo entonces la expresión de aquel referente de la historia de nuestro país del siglo XX, con raíces en la perdurable frase del senador romano Catón el Viejo: res non verba, hechos, no palabras.


La deuda pública nacional, provincial y municipal, y también la privada (la que en momentos catastróficos suele asumir también el Estado, o sea que tenemos que pagarla los ciudadanos) alcanza niveles alarmantes. Desde el oficialismo se alega que no es para tanto, en términos de porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) citando ejemplos de países en los que ese parámetro es muy superior al que exhibe nuestro país.


Sin entrar en ese tipo de comparaciones, y para simplificar, basta señalar lo que cae por su propio peso: no tiene sentido discutir si una deuda es chica o grande. Lo que cualquiera de nosotros sabe que importa es si la podemos pagar o no. Punto.


¿De dónde saca un país para pagar su deuda externa, incrementada a un ritmo vertiginoso desde la asunción del actual gobierno? Principalmente del resultado de su comercio exterior: se vende al exterior por tantos dólares y se compra a otros países por tantos otros. De lo que obtiene el Banco Central por estas transacciones hay que restarle las divisas que se van por diversas razones. En el momento actual tienen relevancia los montos que los particulares cambian en moneda extranjera para llevarlos a invertir o simplemente a resguardar más allá de nuestras fronteras, o invisibilizarlos en cajas de seguridad o dentro del colchón. También el turismo hacia otras latitudes (que podría incluirse en el rubro importaciones), las remesas de ganancias de compañías extranjeras y otros. El problema, aquí y ahora, es que ya la balanza comercial es deficitaria. En otras palabras nuestros bolsillos están vacíos de recursos genuinos, porque compramos más que lo que vendemos. Y los intereses de la deuda contraída previamente, más la nueva que se sigue tomando, se van acumulando en forma explosiva.


A más de la deuda externa, está la interna, cuya magnitud no augura tiempos venturosos en materia de equilibrio del sistema. Esta deuda, a diferencia de la anterior, se puede pagar con lo que obtiene el Estado en concepto de impuestos. Pero cuando lo que se recauda no alcanza (o sea cuando existe lo que se denomina déficit fiscal), se debe recurrir a acelerar el funcionamiento de las imprentas de donde salen los pesos, o el peor remedio, tomar más deuda del exterior. Pero esto de lanzar papel al mercado también tiene sus consecuencias, principalmente consistentes en alimentar la inflación, el gran enemigo de los economistas ortodoxos. De este modo, tanto en las cuentas externas como internas se entra en círculos viciosos de los cuales es muy difícil salir si no se hace al revés: impulsar la producción y el consumo interno. Pero éstas son soluciones que están lejos de las miras de la actual conducción económica. No serán las intenciones de los funcionarios, tal vez, pero es el resultado que se obtiene del conjunto de medidas que se implementan desde el comienzo de la nueva administración.


En resumidas cuentas, ciudadano, a Ud. lo quieren proteger de que la inflación se vaya comiendo su salario de una forma por lo menos curiosa: bajándoselo. Y a eso agregan otros pequeños efectos: por ejemplo que Ud. Se quede sin empleo, y que congelen las jubilaciones, si es que no las reducen, como ya lo hicieron y lo siguen haciendo. Pero no a todos les va mal, no se crea: hay quienes están festejando con champán importado.

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