Malditos peronistas

OPINIÓN 08/06/2017 Por
El Ser peronista es una incógnita para el mundo y para los propios argentinos. El justicialismo es la mayor fuerza política desde hace setenta años.
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En esta época del año, los peronistas se encuentran en plena etapa de reproducción. La ciencia demostró que este comportamiento no guarda relación con los primeros fríos invernales, sino con la excitación que les produce el ciclo bianual de las elecciones. En eso el General tenía razón, constituyen un tipo similar a los felinos: parece que se están peleando cuando se los oye gritar, pero en realidad hacen lo que deben para preservar la especie.
  El Ser peronista es una incógnita para el mundo y para los propios argentinos. El justicialismo es la mayor fuerza política desde hace setenta años. Llegó a la Casa Rosada en 1946 sin saber que era peronista, con la inspiración de un militar surgido de un golpe. Se convirtió en partido en el poder, en medio de la posguerra, de un gobierno con abundantes recursos económicos y un Estado de bienestar que dio futuro a los más humildes y el voto a las mujeres.
Desde entonces, representó la alianza socioeconómica entre la mayoría de la clase trabajadora y sectores altos de la sociedad (industriales, agropecuarios o financieros, según el momento histórico), a la cual se sumaron espasmódicamente estratos medios, como cierta pequeña burguesía durante los años 70 o el kirchnerismo.
Soportó persecuciones, golpes militares, mudanzas ideológicas y fracasos de gestión. Cuenta en su haber con un presidente exiliado (Perón), otro preso (Menem) y una multiprocesada (Cristina). Ganó infinidad de elecciones y perdió tres para presidente (contra Alfonsín, De la Rúa y Macri). Ahora es oposición, un estadio que suele estresar y angustiar a los peronistas.


El eterno retorno. Si no fuera por que el peronismo es de por sí cinematográfico, la escena de la última semana habría llamado más la atención: un peronista como Alberto Fernández en conferencia presentando los avales de un candidato peronista como Florencio Randazzo para competir en territorio bonaerense contra una peronista como Cristina Kirchner y otro peronista como Sergio Massa, con quien hasta hace poco Fernández hacía campaña.

Estamos tan anestesiados de peronismo que quizá se pasen por alto detalles que a un extranjero le sonarían increíbles. Como que todos ellos formaron parte del mismo gobierno, un kirchnerismo al que defendieron con uñas afiladas.

Alberto F. es el vértice perfecto de esta extraña diáspora. Fue jefe de Gabinete de los dos Kirchner. Lo fue cuando Cristina era presidenta, Randazzo ministro y Massa titular de la Anses. El propio Massa luego sucedió a Alberto F. en el cargo.

Una presidenta, dos jefes de ministros, un ministro de Interior que luego sumó Transporte. No eran personajes secundarios. Fueron parte esencial del fenómeno K y responsables, necesariamente, de sus éxitos y desbandes. Lo fueron por los altos cargos que ocuparon, pero también por el grado de exposición mediática que tuvieron y por la vehemencia con la que defendieron a esos gobiernos. Una vehemencia que en algunos casos alcanzó un peligroso nivel de agresividad con quienes pensaban distinto.

Mientras estuvieron unidos en el poder nunca se los escuchó críticos. Ninguno denunció casos de corrupción, no vieron algo sospechoso, una comisión en una obra pública, un bolso con pesos, un Jaime, Cristóbal, Lázaro, ni un José López. Fueron furibundos defensores cuando medios como este diario o la revista Noticias denunciaban lo que en la actualidad todos dan por cierto, incluso ellos, incluso Cristina en el caso de López.

El escritor Dalmiro Sáenz (“un peronista desde la razón, no desde el corazón”, se definía) describía al peronismo como intrínsecamente traidor. Lo decía como elogio, como parte de la evolución de esa especie.

Alberto F., por ejemplo, estaría guiado por ese gen. Cuando se fue del gobierno se convirtió en un duro opositor. Luego se alió con Massa (quien también se convirtió en un duro opositor) y más recientemente con Randazzo (otro nuevo duro opositor), a quien fantasea unir con Massa. Algunos kirchneristas aseguran que también quisiera unirlos a ellos, y que todo vuelva a ser como antes, sin rencores ni facturas.

El cristinismo no ve mal esa idea, pero la considera difícil de digerir para los propios Massa y Randazzo tras los esfuerzos por separarse de su ex jefa. Tampoco ellos aceptarían una alianza: el primero ya avanzó demasiado en su armado con Stolbizer y el segundo entiende que perdería la diferenciación que logró como el único que se atreve a competir con Cristina en las PASO.

60% peronismo. Hay cuatro encuestadores que ya sondean resultados provinciales (M&F, González-Valladares, Analogías y Haime). Según ellos, la diáspora K conseguiría un 60% de votos. En algunas encuestas gana Massa, en otras Cristina. Randazzo obtendría entre 5 y 10%. Ninguna de las cuatro da ganador a los eventuales postulantes oficialistas (Esteban Bullrich y Gladys González).

Sea el 60%, o puntos más o menos, la cifra impacta si se ve como lo que es: la suma de candidatos surgidos del boom kirchnerista. La imagen de aquellas gestiones hoy no parece la mejor, según los propios encuestadores. Tampoco lo es la imagen que reflejan a diario la mayoría de los medios.

Es cierto que los peronistas son expertos en el arte de la reproducción y en cambiar de piel para parecer otros, pero también es cierto que tras dos gestiones K, en 2011, un 54% de la sociedad vio aspectos buenos en Cristina para votar un tercer mandato kirchnerista. Algo hay en la forma de gestión del peronismo, en su relato, en sus resultados, que hace que el contrarrelato del latrocinio estructural y de la ineficacia económica no terminen de cuajar a fondo en grandes sectores sociales.

Eso parece tan así, como que hay otro amplio porcentaje de argentinos (¿el restante 40%?) que, incluso más allá de los Kirchner –aunque especialmente a partir de ellos– siente un rechazo atávico hacia el voto peronista. Estos son los que le interesan al Gobierno.

La mesa chica macrista cree que ese 60% peronista puede decir mucho sobre la sociedad, pero en cuanto a esta elección clave, lo que le importa no es la suma total, sino la dispersión. Estiman/desean que CFK no compita con Randazzo en las PASO, y que vayan con dos fórmulas distintas (o sea, uno de ellos por fuera del PJ): “Randazzo le sacaría votos a Cristina y Massa más a Cristina que a nosotros”, se ilusionan.

Señalan que es prematuro hablar de intención de voto, por eso sus investigaciones todavía se centran en sondear las imágenes de los potenciales candidatos, propios y ajenos. Con todo, los encuestadores oficiales afirman que Cambiemos aparece por arriba de Cristina, y Cristina por arriba del resto: “Lo único que nos complicaría –sostiene uno de los ideólogos de la campaña– sería que Cristina vaya presa. Con ella en prisión, sería más difícil ganar”.

La escuela duranbarbista sostiene que la influencia de las ideologías y de los partidos argentinos desapareció. Y que sólo una pequeña proporción aún se reconoce peronista. Por las dudas, Macri no deja de mencionar a Perón cada vez que puede. Esta semana lo trató de “sabio” y hasta se mostró compungido con su muerte: “Tuvimos mala suerte con su salud”.
Setenta años después, algunos pueden decir que los peronistas ya no existen. Pero que los hay los hay.

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