LA DIFERENCIA ENTRE EL "PIROPO" Y EL "ACOSO CALLEJERO"

Separando la paja del trigo
foto5-art14

Hubo un tiempo en la ciudad de Córdoba que las mujeres eran agasajadas en plena vía pública por un señor de curioso atuendo y vocabulario, apodado como “Jardín Florido”.

Fernando Albiero Bertapelle, más conocido como “Jardín Florido”, mote puesto por algún ingenioso cultor del humor repentista que tanto caracterizan a la “Docta”, en relación con la infaltable flor con que adornaba su solapa, fue un excéntrico personaje de la capital cordobesa, que se hizo popular a mediados del siglo pasado. Vestido de frack, galera y lustroso bastón en mano, solía recorrer las calles céntricas de la Docta, profiriendo ingeniosos y delicados piropos a cuanta dama se le cruzase por delante.

Imitación paródica de los antiguos caballeros de ley, su galantería y exagerado refinamiento impresionaba a señoras y señoritas, quienes no dejaban de sonreír ante sus poéticas y sutiles frases. Maestro en el arte de piropear, siempre se expresaba respetuosamente mediante el uso de un lenguaje pomposo y culterano.

Por propia voluntad, “Jardín Florido” devino en una suerte de adorno viviente de la ciudad. Sus “perfomances” formaban parte de la escena cotidiana cordobesa, siendo reconocido por los transeúntes que circulaban por el centro. Casi a modo de ritual, transitaba diariamente la concurrida calle 9 de Julio (entre Rivera Indarte y San Martín), con la intención de halagar al público femenino que por allí pasase.

Icono urbano y leyenda viviente de la cultura cordobesa del siglo XX, “Jardín Florido” mantuvo sus actitudes corteses y caballerescas hasta los últimos días de su vida. Fallecido a los 88 años el 9 de julio de 1963, supo engalanar las esquinas céntricas de la Córdoba de antaño a lo largo de 30 años.
En la actualidad, casas de comida, quinielas y kioscos llevan su nombre. También es recordado en letras musicales, poemas y modestos monumentos dispersos por el centro. No obstante, su mejor descripción se encuentra plasmada en el vals criollo “Caballero de Ley”, interpretado por el grupo de folklore Los del Suquía.

Por estos días, un proyecto que se debate en el Consejo Deliberante de la Ciudad de Córdoba ha levantado mucha polvareda. Se trata de una iniciativa que tiene por objeto honrar con la colocación de un monumento, en una especie de “paseo de la fama”, a personajes que se destacaron en distintas áreas del quehacer ciudadano. Entre los propuestos se encuentra, en un lugar sobresaliente, Don “Jardín Florido”. Pero, decía que está iniciativa ha devenido en gran polémica, ya que un grupo de Consejalas del cuerpo deliberativo se oponen al homenaje con que se intenta preservar con una estatua la memoria del “caballero piropeador”, argumentando que el piropo es un “acoso callejero”.

Los tiempos han cambiado, las costumbres ya no son las mismas, y por eso es necesario separar “la paja del trigo”.

El llamado piropo suele ser una frase ingeniosa, que exalta las características positivas del que las recibe tanto en lo referente a la belleza física como a sus modales. Su objetivo inmediato es producir una sensación placentera en el receptor y, eventualmente, servirse de esa buena predisposición para concretar un encuentro. Aunque en muchos casos el acercamiento no se concrete, el objetivo del piropo queda cumplido con la simple sensación de satisfacción de quien lo recibe.

Por el contrario, el acoso verbal no exalta las virtudes estéticas de quien lo recibe sino su intimidad sexual. Suele contener referencias explícitas a las zonas genitales de la mujer o describirla en situaciones íntimas imaginadas por el emisor. En muchos casos, las referencias sexuales vienen acompañadas de expresiones agresivas o de amenazas violentas.

Es que mientras el piropo (generalmente dicho de un hombre a una mujer, aunque existen de todas clases) persigue fines de cortejo, el llamado acoso verbal callejero desde su enunciación abandona este objetivo. No es usual, por no decir imposible, que una mujer que reciba en la vía pública una frase agresiva concrete un encuentro con el acosador por voluntad propia.
Y es que el encuentro íntimo voluntario es improbable porque en la enunciación de la propuesta, la gran ausente es la invitación. El acosador lo sabe, y en ningún caso espera que la mujer intente un acercamiento.

El acoso callejero es una práctica social muy corriente. Basa su legitimidad en ideas socialmente muy arraigadas como la culpa de la mujer por excitar sexualmente al hombre. Es muy común escuchar justificaciones del tipo "¿Cómo quiere que no le digan groserías si se viste de manera provocativa?”

Y es que la mujer, con su apariencia física, puede intentar gustar, agradar, pero en ningún caso, ser agredida. La vestimenta de una mujer habla de lo que considera parte de su intimidad, de lo que no expone ni a la mirada ni a los comentarios del otro. El hecho de que una mujer camine por la calle con sus partes íntimas cubiertas, dice a la sociedad que esas partes pertenecen a su intimidad, no son públicas y mucho menos son causal de agresiones. Sin embargo, la idea ancestral de la propiedad del hombre sobre las mujeres deriva en algunos casos en que el sujeto se sienta con pleno derecho social a referirse a su intimidad, incluso agresivamente.

En el proceso evolutivo es normal que los hombres busquen construir su masculinidad. Por lo general todos crecemos feminizados por la crianza materna, y es normal que los varones a medida que evolucionan vayan asumiendo los roles sociales que le pertenecen, entre ellos, los de dominación de la mujer. A medida que vaya evolucionando, irá comprendiendo que la masculinidad no se construye desde un rol de dominación.

Sin embargo, entre el niño que presumiendo empuja o agrede a la niña, y el adulto que desarrolla relaciones no perversas con las mujeres, hay un proceso de aprendizaje. Ese aprendizaje por lo general se va nutriendo de los contactos que el hombre va teniendo con mujeres a lo largo de su vida, del proceso de identificación secundaria, de encontrar la propia masculinidad a partir de la mujer no ya como objeto, sino como sujeto. En cambio, quien no ha recorrido ese camino, o no ha tenido suficiente experiencia con las mujeres, suele quedar en la etapa de la agresión como forma de resaltar su masculinidad.

Es muy difícil sentenciar que todos los hombres que ejercen violencia verbal contra las mujeres en la calle padecen algún tipo de patología. La práctica es socialmente tan aceptada, que hay quienes viven el acoso como una forma de obtener placer, y hay quienes lo hacen simplemente por integración al grupo, por imitación o por costumbre. Lo cierto es que ni uno ni otro reciben ningún tipo de sanción social.

La pregunta es: si la sociedad no pena de manera alguna estas conductas ¿Por qué inferimos que son negativas? La respuesta es sencilla: por el sufrimiento que provoca en la víctima.
Cuando hablamos de víctima, quizás el término suene exagerado, porque la sociedad consciente el acoso callejero. Y si la sociedad no considera que es un acto reprochable, mucho menos se refiere a la mujer como víctima.

Sin embargo, el efecto que produce en la mujer es sumamente negativo, aunque sea frecuente y forme parte de su cotidianeidad. Curiosamente – o no tanto-, la primera sensación que la ataca es la de vergüenza: su intimidad queda expuesta públicamente sin su consentimiento. También son comunes las sensaciones de temor cuando el acoso va acompañado de amenazas de concretar lo que se dice y, por último, de enojo.

El enojo suele ser la forma más sana de reacción ante el acoso verbal callejero. Invierte los roles de víctima y victimario y legitima a la mujer a responder a la agresión, sancionando al provocador, elevándola del lugar desvalorizado en que el acosador la coloca.

Cuando una mujer responde a la agresión está encaminada a asumir internamente que el equivocado es el otro y dirige una sanción a una conducta censurable. De esta manera, el objetivo de ubicarla en una posición desvalorizada no se cumple, o va en camino a no cumplirse.

Aunque es difícil y hasta pueda llegar a ser riesgoso, lo aconsejable es reaccionar, siempre que se trate de un lugar público en el que los demás puedan eventualmente detener al acosador si reacciona con violencia.

De la misma manera en que el derecho no pena el acoso verbal callejero, la sociedad está lejos de hacerlo. Aún existe en el imaginario colectivo la idea de que el acoso callejero es parte de la cotidianeidad. Y en muchos casos, los testigos suelen condenar a la mujer que responde la agresión por "no aceptar un piropo”.

Y en esto último radica la diferencia, mencionada más arriba, entre piropo y acoso verbal. Una cosa es recibir el alago por parte del otro, que puede ser de una persona de distinto sexo o de una del mismo sexo, y otra muy diferente es la frase procaz, guaranga e insultante, que coloca a quien la recibe en una situación incómoda y hasta puede llegar a sentir que amenaza su integridad moral y física.

Pero, y para ir cerrando estas líneas, quien haya tenido la oportunidad de conocer a Don “Jardín Florido” puede dar testimonio del personaje que representaba, en una época en que ser un “caballero” aún era considerado como una gran virtud. De ninguna manera, sea cual fuere el color del cristal con que se lo mire, puede confundirse aquella gala de caballerosidad con la actual y cotidiana falta de respeto hacía la condición femenina, de quien acosa verbalmente con el fin de sentirse dominador de una situación y de una persona a la que considera un objeto.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

Te puede interesar