HEBE DE BONAFINI Y LOS 40 LADRONES

El "orgullo" de la delincuente anciana

Argentina es un país que tiene el don, si se quiere llamarlo así, de sobresalir siempre.

Así, en cuestiones tan disímiles como las ciencias, las artes, la cultura popular, el deporte y, como no podía ser de otra manera, también en la política y en personajes nefastos que se valen de ella para hacer los descalabros más indignantes que repercuten en cada uno de los habitantes de la nación, los argentinos nos destacamos, para bien o para mal, dentro del concierto de países del mundo.

Supimos inventar desde el “dulce de leche” hasta el “baypass” coronario, pasando por el mate, la identificación por huellas dactilares, la transfusión sanguínea, la jeringa descartable y la birome.

Dimos al mundo cinco Premios Nobeles.

Fuimos y seguimos siendo uno de los más grandes semilleros de tenistas, basquetbolistas y, por supuesto, futbolistas del planeta. Maradona, Messi, Del Podro, Fangio, Froilan Gonzáles, Monzón, Ginobili, son sólo una muestra de la larga lista que la sola pronunciación de su nombre es sinónimo de argentinidad.

De estas tierras salió quién hoy es la máxima autoridad de la Iglesia Católica Apostólica Romana y sucesor en el trono de Pedro, el Papa Francisco.

Los argentinos también le planteamos al mundo académico internacional, seguramente sin siquiera quererlo, varios quebraderos de cabeza. Entre ellos, quizá el más importante haya sido la clasificación que el economista Paul Samuelson, Premio Nobel de Economía 1973, hizo de los países en relación a su nivel de desarrollo: para éste, a diferencia de las anteriores clasificaciones, en el mundo existen países desarrollados; países en vías de desarrollo, países subdesarrollados; y, como ya se podrán imaginar, la Argentina, que no encaja en ninguna de las nombradas en primer término.

Pero, así como solemos henchir el pecho cuando suenan las estrofas de nuestro Himno Nacional o cuando algún compatriota es galardonado por sus méritos, también sabemos que hemos sido para el mundo un ejemplo de todo aquello que no se debería volver a repetir por nadie.

De esta manera, somos campeones no solo de fútbol, de tenis, de automovilismo, de literatura y de cuanta disciplina destacable exista, sino que también lo somos en mostrarle a la humanidad cómo se puede transformar una noble causa en un oprobio que nos llena de vergüenza ante propios y ajenos.

Siempre hago incapié en que a la Argentina le falta políticas de Estado. Es decir, aquellas políticas que trascienden los gobiernos, por que dejan de pertenecer al proyecto político de un sector de la ciudadanía en particular, para convertirse en el proyecto de todos los habitantes de la Nación. Y, siempre hago la salvedad de que la única política de Estado que existe en el país es la cuestión por la soberanía Argentina en las Islas Malvinas. Pues bien, hasta este tema, que para la mayoría de nosotros es tan sagrado con la “vieja”, lo hemos manchado con la catástrofe de una guerra elucubrada por los efectos del alcohol, la cortedad de genio y el intento de entronizarse en el poder de un generalato castrense que llevó a la muerte a más de 600 jóvenes, mientras ellos, cobardemente, dormían muy abrigados en sus lechos. De más está decir que tampoco me olvido acá de el número, todavía en debate, después de más de treinta años, de los miles de muertos y desaparecidos por la última dictadura militar en el país.

Y, si se me permite, como frutilla del postre, hoy tenemos a esa “señora”, porque de alguna manera hay que llamarla a Hebe de Bonafini, que convirtió una de las más nobles organizaciones de lucha por los Derechos Humanos, las “Madres de Plaza de Mayo”, reconocida en el mundo entero, en un nido de estafadores de la peor calaña.

Esta anciana, que con toda seguridad ya no tiene todas sus facultades mentales en pleno funcionamiento, fue procesada en el día de ayer, por el Juez Federal Claudio bonadió, junto a otros personajes de largo prontuario delictivo, en la causa “Sueños compartidos”.

Justamente ella, que cada vez que abre la boca parece que se estarían abriendo las puertas de las más inmundas letrinas, dijo sentirse muy orgullosa de que el actual gobierno de “cambiemos” la procese.

Obviamente, esta mujer no tiene idea de que está procesada por un Poder Judicial que es absolutamente independiente, y que no se la está procesando por su filiación partidaria sino por los delitos que la justicia cree que cometió al frente de una entidad creada para beneficio de los más necesitados.

Resulta paradojal que, siendo la Argentina el primer país en el mundo que llevó a juicio y condenó a las juntas de gobierno de la última dictadura, sea también quien siente en el banquillo de los acusados a quien se erigió en un paladín por la lucha de los Derechos Humanos que esas mismas juntas vulneraron de la manera más atroz.

Ese “irónico” orgullo al que se refirió la muy “lengua larga” de Bonafini, que también sabe que por su edad, aún cuándo la justicia la encuentre culpable de los delitos que se le imputan, no va a sufrir pena carcelaría, es la misma que durante doce largos años utilizó la banda mafiosa que, enquistada en el poder, cometió la que será recordada como la estafa más grande a los sueños de millones de argentinos, por el sólo afán de fabricar fortunas personales con los dineros públicos.

Entonces, no parece tan ilógico que “Sueños Compartidos” resuma, tanto en su acabado plan delictuoso, como en la persona de su titular, los “sueños rotos” de una argentina que cada vez que tiene la oportunidad de despegar definitivamente, por gracia y obra de desquiciados o de facinerosos delincuentes, la desperdicie de la manera más inmoral que existe. Ósea, no por falta de capacidad, sino por la codicia y la avaricia desmedida de los inescrupulosos que siempre están al acecho y que tienen la capacidad para olfatear, cuál aves carroñeras, el para ellos irresistible aroma del dinero y las riquezas del Estado.

Finalmente, quiera la justicia y todo el pueblo argentino llegar hasta el fondo de cada uno de los delitos que se cometieron durante la tristemente célebre “década ganada”, para que cada uno de los que vivimos en este suelo podamos sentirnos verdaderamente orgullosos de todos los logros obtenidos y que, de seguro, seguiremos obteniendo, siendo un ejemplo de que el trabajo y el esfuerzo puestos al servicio de nobles fines nunca más va a ser convertido en motivo de vergüenza.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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