EL CEREBRO HUMANO

El gran enigma que está sobre nuestros hombros
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¿Qué factores deciden nuestra capacidad de aprender? ¿Qué impulsa nuestra creatividad? ¿Qué es aquello que nos induce a sentir o a soñar? El estudio del cerebro, el dilema de la consciencia humana, es quizá, junto con la teoría de unificación de fuerzas de la física y el Proyecto Genoma Humano, uno de los baluartes que conquistar para la ciencia del siglo XXI.


Shakespeare decía que el hombre está hecho de la materia de sus propios sueños. Nuestra mente está asentada en el órgano físico del cerebro, un complejo sistema de aproximadamente 1300 gr.

Lo que determina la capacidad pensante es el córtex cerebral, un sistema de aproximadamente 3 mm de espesor, donde tiene lugar el juego de las relaciones neuronales.

Nuestro cerebro consume el 20% del oxígeno y de la energía de nuestro organismo. Un órgano que apenas constituye el 2% de nuestro peso corporal tiene una energía tal que si conectásemos un electrodo a nuestro cerebro podríamos encender una bombilla de 60 vatios.

Tenemos en nuestro cerebro más de 100.000 millones de neuronas, elementos de conexión electroquímica, microscópicos, de tan solo unas centésimas de milímetro, que realizan más de 50.000 conexiones cada una de ellas con su vecina, células incapaces de reproducirse, aunque hoy ya se están realizando experimentos de reproducción de neuronas.

Este es uno de los grandes problemas de la biología moderna: ¿Cómo, a partir de mecanismos nerviosos simples, pudo llegar a regir todo el comportamiento humano? ¿Cómo puede una neurona dar lugar a un pensamiento? ¿Dónde están los recuerdos? El gran salto evolutivo, ¿ocurrió por la capacidad del lenguaje o por el refinamiento del córtex cerebral? ¿Para qué tenemos cerebro?

Cada célula de nuestro cuerpo procede, por sucesivas divisiones, de una única célula madre. Ese óvulo fertilizado se dividió en numerosos procesos embriológicos centuplicando el conjunto de instrucciones genéticas. Dichas instrucciones constituyen nuestra biblioteca genética, que conoce todo lo que el cuerpo sabe hacer por sí mismo: reír, estornudar o comernos una manzana.


Sin embargo, hay cuestiones que exceden la complejidad de esta biblioteca genética. Seguimos necesitando un gran acumulador de datos y un generador de información. Ese es nuestro cerebro, capaz de recomponer programas a partir de fragmentos inconexos con asombrosa eficacia. El cerebro es el módulo de nuestra supervivencia física, emocional, ideológica, y la base de nuestra memoria. Curiosamente, para los griegos, la memoria era Mnemosine, que engendró a las musas, responsables de las ciencias y de las artes.

La evolución del cerebro es como la de una ciudad. Se desarrolla a partir de un pequeño centro; crece y cambia lentamente, dejando a veces de funcionar muchas partes antiguas. Este casco antiguo sería el tallo encefálico y el llamado complejo R, nuestro cerebro ancestral, sede de nuestros miedos e instintos agresivos, un centro de territorialidad heredado de las primeras formas rectilíneas que poblaron la Tierra. Porque así como en una ciudad hay canalizaciones de agua del siglo pasado, también hay redes eléctricas de este siglo. Es en el córtex donde aparecen localizadas las funciones más elevadas del ser humano: la intuición, el análisis, el lenguaje, la memoria, todo dispuesto en esos valles y montañas que son las circunvoluciones, que han evolucionado así para aumentar la superficie disponible.

En gran medida, somos responsables de nuestra labor cerebral. Hay que hacer uso de las formas viejas como lo haríamos de una antigua canalización de agua en una ciudad. No se pueden suplir, ya que están encargadas de demasiadas funciones importantes, pero es necesario dar primacía a las funciones modernas a través de una buena higiene mental.

Estas funciones que atiende el córtex cerebral son muy antiguas en la historia de la evolución humana. En los descubrimientos de la sierra de Atapuerca, en Burgos, donde convergieron más de treinta individuos de más de 300.000 años de antigüedad, se sabe que ellos ya tenían símbolos y enterraban a sus muertos, o sea, que concebían la existencia de un “más allá”. Y lo que todavía es más extraordinario es que tenían desarrollado lo que se conoce como el Área de Brocka, especialidad del cerebro que permite comunicarnos verbalmente. Es muy probable que estos hombres tuviesen, pues, un lenguaje articulado, lo cual nos permite especular que hablaban, y si hablaban, pensaban, reflexionaban, ordenaban ideas y por tanto, se comunicaban.

Nuestro cerebro tiene funciones localizadas en determinadas áreas, pero también funcionan como un todo integrado. Por eso hay funciones, como la movilidad, que en ocasiones pueden ser reemplazadas por otras vías. Hoy en día hay terapias para minusválidos que les permiten suplir zonas motoras del córtex por otras. Esta red entretejida de las neuronas hace que, en ocasiones, pacientes afásicos puedan, sin embargo, cantar y entonar melodías sin dificultad.


Nuestros sentidos también están correlacionados, de manera que se dan casos de ciegos de nacimiento que cuando son curados de su ceguera tienen que tocar los objetos con las manos para identificarlos, ya que su cerebro su acostumbró a memorizar el mundo a través del tacto.

Cuando escuchamos la actuación de una coral, difícilmente podemos remitirnos a cada una de las voces; la belleza está en el conjunto. Así es como funciona nuestro cerebro, como un fantástico holograma que integra funciones en todas y cada una de las redes neuronales.

¿Cómo encaran los neurólogos el tema de la consciencia humana? Para ellos la consciencia es el conocimiento subjetivo que tenemos del mundo y de nosotros mismos. Hoy se sondea el cerebro con instrumentos cada vez más potentes, que obtienen imágenes de los procesos mentales, bien por resonancia magnética o por tomografía de emisión computarizada, analizando con soluciones de glucosa con isótopos las zonas del cerebro más activas.

La sabiduría tradicional nos explica que nuestro cerebro no es el que piensa, sino que es traductor de nuestro ego. Una especie de sintonizador con lo que nosotros somos realmente. Quizá esto explique las paradojas que se producen al creer que es el cerebro el que se piensa a sí mismo.

Pero, con todo, nuestra capacidad mental superior es un regalo envenenado. Cuanta más consciencia, más dolor, más responsabilidad. Menos mal que la muerte es inevitable, o hubiésemos pasado toda nuestra vida intentando evitarla. Probablemente, no habríamos arriesgado nada ni construido nada. De ahí que seamos hipercreativos. Nuestro “hardware” es creativo, a diferencia del de un ordenador. En otras palabras, nuestro cerebro es una fábrica de ordenadores que fabrican ordenadores. Herramientas que hacen herramientas.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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