¿PARA QUE SIRVE REALMENTE LA ÉTICA?

Reseña del libro de Adela Cortina

Quizás lo más propio de nuestro ser sea nuestro ser éticos; una condición de la que no podemos escapar jamás, ni con modificaciones genéticas ni con operaciones estéticas. La posibilidad de ser morales o inmorales, pero nunca amorales, es la base desde la cual la autora reivindica en esta obra nuestra irrenunciable tarea de reflexionar sobre aquello que nos constituye como seres morales, para potenciar lo mejor de nuestros dispares condicionamientos al tiempo que aplacamos los más bajos instintos. En eso consiste la tarea crítica que hay que exigir a individuos e instituciones: a los primeros porque por naturaleza (la de ser seres de cultura) estamos abocados al trato con el otro; y a las segundas porque, encarnando y promoviendo a la vez nuestra conciencia social, son las encargadas de regular y regir del mejor modo posible nuestra convivencia.


Ahondando en el método hermenéutico-crítico, la profesora Cortina aprovecha en esta obra para repasar exhaustivamente las bases de que la vida humana dispone para, a continuación, poder guiar correctamente nuestra irreductible vida ética. Una vida que, en su profundidad ética, deberá preocuparse de forjar un carácter virtuoso, de deliberar en busca de lo justo, de proporcionarse una existencia feliz y por ello digna, de cuidar de los propios sentimientos, de conducirse de forma autónoma y de valorar lo que de verdad merece la pena.


El lector se ve atraído por un esclarecedor y muy estimulante itinerario intelectual en el que múltiples estudios, experimentos, y atinadísimas referencias cinematográficas y literarias, tratan de mostrarnos y demostrarnos, persuadirnos y convencernos, de que estamos biológicamente preparados para cuidar y cooperar, para realizar acciones altruistas o para conmovernos. “¿Para qué sirve la ética?” Tras leer el libro dan ganas de responder que para no sucumbir a quienes tratan de retratarnos (y determinarnos) como meros egoístas racionales, aislados de nuestros congéneres, y para potenciar las mejores predisposiciones a las que está abierta nuestra vida, desde el resquicio de libertad que siempre le quedará a nuestro ser condicionado.


Comenzamos el libro con un llamamiento al valor de la integridad, que es lo que deberemos exigir a personas e instituciones si queremos apuntalar la base moral por antonomasia: la confianza. Mantener alta la moral de la sociedad requiere individuos que actúen como es debido, generando así un feedback de confianza e integridad que nos granjeará sustanciosos beneficios: si antes de la crisis nos hubiéramos comportado íntegramente (sobre todos aquellos que ostentaron cargos de mayor responsabilidad), habríamos abaratado costes en dinero y sufrimiento, invirtiéndolo en lo que vale la pena, sabiendo priorizar.


Nos adentramos luego en cómo sería posible forjar ese carácter íntegro que la confianza social demanda y que llevaría a quienes ostentan responsabilidades públicas a no conducirse con intereses espurios sino con valores. Si ser felices es estar altos de moral, será más fácil conducirnos íntegramente cuando seamos felices. De ahí que forjar un buen carácter, sobreponiéndose en lo posible a condicionamientos genéticos y sociales, sea la más noble empresa que un individuo (o una institución) pueda realizar. Desde la libertad consciente y la cordura, deberemos reconocer y potenciar las virtudes que necesita quien desea vivir bien y, si la fortuna acompaña, ser feliz.


A continuación, Cortina echará mano de las ciencias para contrarrestar la antropológica caracterización del egoísta inteligente: no somos simples egoístas racionales como describía Hobbes; somos, además, seres sociales evolucionados, genéticamente propensos al cuidado de los nuestros. La ética del cuidado, o la virtud del cuidador, parece el mejor remedio para los desmanes mercantilistas y burocratizadores de esa razón técnica orientada al dominio de las cosas. Una razón que olvida nuestro más profundo ser social y nos desgarra día a día. Pero, desveladas las bases biológicas que nos empujan a cuidar de nuestros seres más queridos –oxitocinas mediante– o a afrontar de distinta forma los dilemas personales y los impersonales, Cortina, apelando a ese resquicio de libertad consciente que nos convierte en seres capaces de valorar, preferir y escoger, advertirá críticamente que nuestro deber de compasión puede y debe trascender el círculo íntimo “biológicamente encomendado”. Eso es lo que demanda el nivel postconvencional de la teoría del desarrollo moral de Kolhberg, revisada y complementada por Gilligan.


Para extender el cuidado urgirá en seguida “transitar del egoísmo estúpido a la cooperación inteligente” o prudencial, la propia del “hombre reciprocador” que llevamos dentro (como muestran diversos ejemplos de altruismo recíproco). Aquí, las reflexiones filosóficas, sociológicas y científicas, por las que la autora nos conduce con finura, muestran que los lazos sociales que conforman a la persona desmienten las ensoñaciones del individualismo posesivo. Somos siempre con el otro. Por ello, si queremos apostar por lo más inteligente y salir ganando siempre, más nos valdría cooperar, generando confianza mutua y “capital social”. No es inteligente, como demuestra la crisis y como ya advirtió Kant al “pueblo de demonios”, tratar de sacar provecho, “caiga quien caiga”. Integrar esta idea, más allá de la coacción de la ley, sería más que conveniente para evitar la corrupción de quien no es vigilado. Pero al tiempo convendrá estar vigilantes al conformismo al que propenden los grupos cooperantes: la dejación del espíritu crítico y la exclusión de quien no puede reciprocar son dos riesgos moralmente inasumibles.


Por ello, aunque biológicamente no dejemos de ser “seres vinculados a nuestros antecesores por nuestra radical vulnerabilidad, y a aquellos de los que debemos cuidarnos, por el compromiso”, la ética tiene también la fundamental tarea de enseñorearnos, es decir, de enseñarnos a cada uno a conquistar nuestra autonomía. De ese vínculo, lo que se deriva es nuestro deber de conquistar solidariamente la libertad. Y es que, aunque conquistemos la libertad gracias a los otros (a sus aportaciones, a su mirada) y a la experiencia de la vida en común, será la toma de decisiones libres y conscientes lo que brinda a los humanos la autorrealización y la felicidad. La libertad ya no puede ser reducida al romo individualismo liberal de la no-interferencia (independencia), pero tampoco a la simple participación pública de presupuestos comunitaristas (más o menos velados). Ambas facetas son fundamentales, como se recuerda con Constant: sin libertades jamás podríamos escrutar el camino de la felicidad y sin participación acabaremos perdiendo las estructuras políticas que garantizan nuestras libertades. Ambas, juntas, deberán sintetizar el ideal republicano de la no-dominación. Ésa es la línea que conduce al “reino de fines” kantiano, donde al ser humano se le reconoce dignidad y por ello valor, pero no precio. “En semejante reino los costes de transacción serían bajísimos y las relaciones estarían presididas por la confianza en que nadie propone dañar, sino ayudar”, dice la autora, tratando de mostrarnos la brújula a seguir.


Hacernos a nosotros mismos, como muestra la historia del monstruo de Frankenstein y demuestran los experimentos de Piaget o la psicología social de G. H. Mead, es una tarea que no podemos desarrollar por nosotros mismos sino algo que requiere de la mirada y reconocimiento de los demás: un otro generalizado que cada vez debe ser más amplio y abstracto. El adquirido sentido de dignidad, cuando no es respetado por los otros, produce la humillación que impele al homo reciprocante a luchar por el reconocimiento. Una posición de dependencia y vulnerabilidad que debe despertar de una vez el valor y la virtud de la compasión. Más allá de la archimentada empatía, instrumento neutro, la autora de una “Ética de la razón cordial” vindica la compasión desde la cordura, una virtud que englobaría prudencia, justicia y kardía o “virtud del corazón lúcido”.


Una aplicación buena y necesaria de ese carácter virtuoso, cuyas múltiples facetas la autora viene desgranando capítulo a capítulo (en el orden en que lo exponemos), es la que recae en la formación de los buenos profesionales, elemento nuclear de la sociedad civil. Frente a los adalides de la cultura científico-técnica, Adela Cortina recuerda, con Aristóteles, que la cultura está formada de fines y valores que deben enmarcar ciencia y técnica. Y sólo la reflexión e integración de esos fines y valores puede evitar que sigamos incidiendo en la deriva formativa de esos simples técnicos, quienes, teniendo atrofiada su capacidad de valorar, defendieron alegremente los ciegos, cortoplacistas e injustos intereses de sus empresas, sumergiéndonos en la actual la crisis. Aprenderemos que la sincera preocupación por los “bienes internos” de las actividades “prácticas” (las que nos ofrecen con su buen hacer los profesionales) será el mejor modo de combatir las constricciones que arrostra nuestra libertad, desveladas por la teoría de sistemas, y sus perturbaciones sobre la confianza mutua y la justicia social. En realidad, sólo si coinciden con la meta de mi profesión los motivos se convierten realmente en razones que, por lo tanto, puedan ser legítimamente secundadas. Si pretendemos universalizar la excelencia deberemos tener esto en cuenta: extender la educación o la formación no puede entenderse sin una mejora de la calidad ciudadana; y viceversa.


Llegando al final de este itinerario que pretende desvelarnos la utilidad de la ética, descubrimos cómo el buen ciudadano, el íntegro, el cuerdo, el compasivo, etc., será también el que sepa indignarse cuando la situación lo requiera. El que se indigna ante la injusticia para tratar de restablecer la justicia. Sólo con ciudadanos virtuosos de este calibre podrá la autora enfrentarse a la democracia representativa de mercado (o agregativa) ofrecida en su día por un Schumpeter que pretendía analizar con realismo nuestra auto-organización política y cuadrar fácilmente representación y autonomía ciudadana (entendida, sesgadamente, como no-interferencia). Bastaba con que unos partidos políticos amalgamasen a los votantes en torno a unos programas. Desechar este modelo conservador y elitista sin encantarse tampoco con el ideal de democracia directa (donde el pueblo es pasto para demagogos que buscan mover los sentimientos más que las razones), conduce inexorablemente a un tercer modelo que supera a ambos: la democracia deliberativa y crítica, que sea gobierno del pueblo. Un cuerpo ciudadano, en el que la confianza funcionaría como “mano intangible” que promueve la amistad cívica, es el compuesto por quienes conforman socialmente sus intereses y deliberan para tender hacia una especie de “voluntad común” ideal antes de votar (como requiere la regla mayoritaria que necesariamente caracteriza a la democracia) por lo que acaban creyendo que es justo. No obstante, puesto que no todos los ciudadanos participarán en el debate, apremia centrarse en mejorar las instituciones (prioritariamente la representación política) y, al mismo tiempo, fomentar una vívida sociedad civil que delibere en comisiones o comités institucionalizados de acuerdo con la simetría que refleja la “situación ideal de diálogo”.


En el último capítulo descubrimos que no se puede llamar justo a un sistema que impida a la gente desarrollar una vida plena y que difícilmente los ciudadanos pueden ser felices en un sistema injusto. De ahí que la función del gobierno (y de las instituciones del sistema democrático mismo) sea siempre la de promover la justicia. Tras rechazar por totalitaria a toda propuesta política que hable de hacernos “felices”, la profesora Cortina prefiere exigir al Estado que garantice las condiciones materiales básicas (la justicia a la que apela con su famosa “Ética mínima”, compuesta principalmente por los derechos fundamentales) para proporcionar a la ciudadanía un bienestar básico, más o menos objetivable, que empondere a cada cual para escrutar su camino a la felicidad, su “ética de máximos”. Una felicidad de la que deberemos encargarnos críticamente nosotros mismos, sin sucumbir al hipnotismo mercantilista de quienes, para salvaguardar sus intereses, pretenden que confundamos con el culto al consumo.


Para promover “el florecimiento de todas nuestras mejores potencialidades y capacidades” y para salir así de esta rueda autodestructiva en la que nos encontramos; para eso sirve la ética. Y el libro, para aprender esto y mucho más; y para disfrutar.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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