EL PROGRESO

Praxis eficaz de transformación de lo real y no sólo un sueño profésito, redentor y esperanzador

El tema del progreso es, sin lugar a dudas, uno de los temas más controvertidos en la actualidad. Pero, al mismo tiempo, es también uno de los temas más vitales, pues en él se juega una concepción de la historia, del tiempo y del hombre.

Etimológicamente la palabra proviene del latín “pro” (hacia adelante) y “gradi” (paso). De tal modo que progresar es ir hacia adelante. Pero esto no nos dice mucho. Una noción rica e interesante, en cuanto es posible considerar que sintetiza lo fundamental sobre la manera dominante de abordar el tema, se encontra en un texto de John Gray, para quien la idea de progreso implica la fe en que el avance científico se repita o influya en la moral y la política. Es decir, esta idea nos remite a la creencia de que la acumulación de conocimientos científicos va de la mano del mejoramiento de la condición humana, en tanto que el conocimiento nos hará más racionales y más libres. En este sentido la noción de progreso está asociada al tiempo futuro, al tiempo por venir.

Ahora bien, esta idea nos ha llegado de lejos en el tiempo y en el espacio. Con diversos matices, la mayoría de los estudiosos está de acuerdo en que nuestra concepción moderna del progreso tiene sus raíces en una versión secular del tiempo judeocristiano, en una secularización del advenimiento del reino de Dios. Algunos además lo relacionan con el creciente poder de la ciencia. La importancia de esta concepción es que cambió la manera de concebir la historia: desde entonces se ha concebido que la historia tiene un sentido porque posee un “telos” de salvación, aunque terrenal. . Esta visión escatológica comprende al pasado a partir del futuro que lo ilumina y le da sentido, en otras palabras, es la realización del “Plan de Dios” para la salvación de la “humanidad”, ejemplo claro de ello es “La ciudad de Dios” de San Agustín de Hipona. También hay un acuerdo en que nuestra idea de progreso es relativamente reciente, pues toma fuerza a partir del siglo XVIII, ya que fueron la Revolución Francesa y Norteamericana las que revelaron que la filosofía podía transformar el presente. A partir de ese momento la filosofía comenzó a preguntarse si la razón podría tener una moral y una responsabilidad intrínsecas y si, sobre esa base, no debería de desarrollar una relación más activa y profunda con su actualidad histórica. Dicha concepción sigue en ascenso en el XIX y entra en crisis en el XX. Y podemos decir que es una idea que sigue en crisis en el siglo XXI.

Pero, nos podemos preguntar, la creencia en el progreso, ¿es una cuestión de fe o de razón? Nos atrevemos a decir que la mayoría de nosotros, hoy en día, estaría de acuerdo con Gray cuando escribe que “el progreso es una ilusión, una perspectiva de la historia que responde a las necesidades del sentimiento, no de la razón”. En oposición a esta consideración veremos que Kant no comparte esta opinión, pues sostiene que nuestra creencia es una cuestión de razón, de razón práctica o moral para ser más exactos. Pero, ¿podemos nosotros creer en el progreso? Después de varios sucesos del siglo XX, especialmente las atrocidades de la segunda guerra mundial (el holocausto), y de inicios del XXI más de uno se sentirá tentado a pensar que no. A pesar del clima nihilista y desencantado actual nos parece que no es tan claro el asunto, no es tan fácil renunciar a la idea de progreso; tal vez sea demasiado drástico. En todo caso lo que necesitamos es revisar a conciencia esta idea. Y en esta tarea creemos que los planteamientos de la filosofía práctica de Kant son un referente muy útil.

Sin duda el tema del progreso es un tema espinoso, polémico, pero que tenemos que reflexionar ineludiblemente. En él se juega una concepción de la historia y una concepción del hombre que están en crisis, pero dentro de las cuales nos seguimos pensando todavía. La concepción del hombre en Kant está en relación con un ideal de perfección, lo cual está implícito en sus reflexiones históricas y sobre el progreso. Léase como ejemplo lo siguiente: “Entre los animales, cada individuo alcanza su destino ya en esta vida. Entre los hombres, sólo la especie puede alcanzar el destino de la humanidad a través del relevo generacional, de modo que cada generación dé un nuevo paso en el camino de la ilustración con respecto a la precedente y logre transmitir un orden de cosas algo más perfecto”.

¿Es razonable aún creer en el progreso, en el avance de la civilización? Para bosquejar una posible respuesta quiero retomar un texto de John Gray quien, a pesar de considerar la idea del progreso como una ilusión sentimentaloide, termina su texto preguntando lo siguiente: “Sin la esperanza de un futuro mejor, ¿habríamos presenciado la abolición de la esclavitud, o la prohibición de la tortura? En lugar de renunciar a la idea de progreso, ¿por qué no revisarla a conciencia?”

En ese sentido, el mundo humanizado de la modernidad reflexionado por Kant, cuya pauta es el hombre concreto, inserta a la filosofía como el esfuerzo por dar cuenta de la realidad entera y darle sentido al ámbito de la libertad. En su escrito “Idea de una historia universal en sentido cosmopolita” leemos que: “La Naturaleza ha querido que el hombre logre completamente de sí mismo todo aquello que sobrepasa el ordenamiento mecánico de su existencia animal, y que participe de ninguna otra felicidad o perfección que la que él mismo, libre del instinto, se procure por la propia razón”.

Este esfuerzo por comprender e interpretar el sentido del acontecer humano será acaso la “esperanza” de que las cosas se transformen y la humanidad logre sus más altas metas. Realizar este ejercicio filosófico revela nuestra naturaleza y nuestro lugar en el mundo, es decir, el cómo nos comprendemos dentro de una comunidad y las perspectivas que tenemos dentro del devenir histórico. Pero también es una reflexión que separa trágicamente la condición humana de su idea perfecta, de la confederación de naciones mediada por el derecho o el espíritu absoluto hegeliano, “una perspectiva consoladora del futuro en la que se nos presente la especie humana en la lejanía cómo va llegando [… a] desarrollar por completo y puede cumplir con su destino en este mundo”. Esto exige sin lugar a dudas una praxis eficaz de transformación de lo real y no sólo un sueño profético, redentor y esperanzador.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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