"SOCIOFOBIA"

El cambio político en la era de la utopía digital
sociofobia

Con los reparos que luego señalaremos, no cabe dudar que “Sociofobia” es un libro interesante y, como luego explicaremos, es un texto necesario aunque se discrepe de sus tesis. Hacen falta ciertos conocimientos para comprenderlo por entero, pero el ensayo está construido de una manera inteligente, sembrado de símiles o ejemplos cercanos a la cultura popular, que lograrán que el lector no versado en las profundidades de la crisis de las ciencias sociales o en las sutilezas de la filosofía ética contemporánea no se sienta expulsado del libro. Rendueles desarrolla dos ideas clave, la sociofobia (una tendencia que, bajo disfraces comunitaristas, esconde a juicio del autor un profundo odio a lo que “de verdad” significaría la sociabilidad bien entendida), y el ciberfetichismo como falsa utopía digital de nuestro tiempo. Rendueles afronta bien el problema estructural (un sistema que hace aguas, pero que la sociedad no se atreve a cambiar por otro), y lo hace con solvencia intelectual y con puntual contundencia.


El ciberfetichismo, aunque Rendueles no nos brinda una definición, sino que va exponiendo sus componentes por partes, sería una tendencia difusa que ve en Internet la solución a muchos problemas, sin haber hecho una evaluación real de esos problemas. Una especie de solución que viene a ser un problema mayor. “El fetichismo de la red”, dice Rendueles, “elimina de la ecuación social los grandes conflictos modernos y, de este modo, pretende convertir un inmenso problema en una solución”. Estos fanáticos de la red sostendrían ideas insostenibles por completo, pero que son bien acogidas porque su falso utopismo parece ofrecer soluciones positivas a una realidad triste y en crisis que carece de ellas. Su presunta “democratización” esconde en realidad, según el autor, otras tendencias muy diversas y contradictorias, que no pocas veces tienen un inquietante aire de familia con la desregulación neoliberal. La cuestión es que estas ideas de Rendueles no son del todo nuevas; ya se sotenía hace varios años que “humanidad uniformada” por las nuevas tecnologías “no es lo mismo o es lo contrario que humanidad unida”. La interacción no implica afectividad ni ecumenismo, como no los implican las relaciones diarias (y tan estrechas) de “carcelero y preso”.


El pensamiento de “Sociofobia” es tan interesante –se esté o no de acuerdo con él– que merecía evitar, a rajatabla, cualquier síntoma de estar escrito para los iguales, para quienes ya están convencidos de lo que en él se dice. Por momentos el ensayo cae en ese vicio, aunque en otros, los mejores, se convierte en un texto con el que se puede y se debe discutir.


Uno de los momentos discutibles es el que aborda la sociabilidad. Rendueles, que está presente en una red social (Twitter), combate con denuedo la supuesta “sociabilidad” de las redes sociales. Y lo hace en un sentido similar a Jorge Riechmann, cuando expresaba en “Un mundo vulnerable” que “la opción por una tecnología socialmente definidora frente a otras implica elegir una forma posible de vida frente a otras, optar por un tipo determinado de sociedad frente a otros. No se trata por tanto de una decisión intranscendente”. A juicio de Rendueles, abandonar el concepto tradicional de una política presencial y sustituirla por una virtual es un error; también lo es entender que puede haber sociabilidad en línea. Pero mientras lo primero puede parecer evidente al lector, la segunda es una cuestión algo más problemática. Primero, porque el debate requeriría un ahondamiento conceptual (filosófico, sociológico, o ambos) sobre lo que sería la “sociabilidad”, y que requeriría un largo camino desde el manido “zook politikon” aristotélico a las comunidades virtuales de Rheingold, con las previsibles paradas en Platón, Rousseau, Hobbes, Kant, Marx, Honneth, Habermas y un interminable etcétera. Al no hacerse esto en el ensayo debemos entender que “sociabilidad” debe entenderse de una forma intuitiva y convencional. Y entonces comienzan los problemas. Porque, en tales circunstancias, a las plausibles hipótesis de Rendueles cabe oponer otras.


Rendueles explica: “nadie pretenderá que un amigo de Facebook o un seguidor de Twitter sea lo mismo que la verdadera amistad. (…) Internet no ha mejorado nuestra sociabilidad en un entorno poscomunitario, sencillamente ha rebajado nuestras expectativas respecto al vínculo social”.


La mejor parte del libro es la parte central dedicada a los delicados problemas del “copyright” y del “copyleft”, y a los contrasentidos históricos y las ramificaciones relacionadas con el consumo que los vertebran. Cualquiera que sea nuestra postura al respecto de la protección de la propiedad intelectual, el análisis de Rendueles elimina algunos apriorismos discutibles y nos pone frente a los verdaderos problemas: ¿cuál es el valor de intercambio de los productos intelectuales? ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por aquello que necesitamos? ¿Defiende la izquierda valores comunitaristas o altruistas? ¿Qué izquierda y en qué casos? ¿Es el “copyrigh” una auténtica defensa del creador, o de un estado capitalista de cosas? ¿Las lógicas de la relación social son egoístas o altruistas? ¿Hay diferencias entre ellas? ¿Cuál es el efecto de esas diferencias? Son cuestiones de bisturí conceptual fino, pero que traen inesperadas consecuencias ideológicas y prácticas. En este sentido, hay que agradecer que Rendueles se enfrente sin tapujos a cuestiones por las que la izquierda suele pasar de puntillas o con el pie cambiado, en aras de una clarificación que permita pensar en solucionar realmente los conflictos enquistados.


Sociofobia” es un libro importante, que profundiza en cuestiones substanciales, en general pasadas por alto: cuáles serían las pautas de la sociabilidad en nuestros días, qué se está haciendo con la justificación de ciertos ciberfetichismos, cómo combatirla, qué expectativas reales tiene hoy el antiguo ideal emancipatorio, cómo puede leerse de otro modo la protección del “copyright”, cuál es el origen la validez práctica de las teorías sobre los bienes comunes, cuál es el efecto individual y colectivo de nuestro modelo económico, por qué es tan necesaria (y lo es) la ética del cuidado, etc. Son preguntas de fondo, trascendentales, que nos afectan a cada uno de nosotros. Se esté de acuerdo o no con Rendueles, incluso y sobre todo “si no se está”, leer este libro es necesario y pertinente, porque obligará tanto a adversarios como a cómplices a repensar sus ideas sobre los problemas de fondo de nuestro tiempo. Y eso es, en sí, algo oportuno y valioso que hay que agradecer al autor

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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