LA JOVEN DIRIGENCIA POLÍTICA ARGENTINA

Desacartonamiento, frescura, voluntad de trabajo y transparencia en contraposición a la confrontación revolucionaria de los jóvenes de los 60 y 70, o a la confrontación por la confrontación de poder de la juventud K

El escenario político argentino muestra hoy el ascenso de una joven dirigencia que pone esperanzas ciertas en lo relativo a la superación de problemas nacionales de vieja data.

Esa joven dirigencia está compuesta por autoridades y funcionarios que desempeñan su tarea tanto en ámbitos nacionales, provinciales y municipales.

Quizá, y sólo a modo ejemplificativo, se pueda citar a la actual Gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, quien se muestra como una de las figuras con mayor adhesión por parte de la ciudadanía de nuestro país.

Con su característico desempeño desacartonado, mostrando la persona de carne y hueso que hay detrás de la enorme figura política que representa, esta joven mujer nos devuelve, en cada una de sus intervenciones, la convicción de que no toda la política nacional se encuentra contaminada con los virus endémicos que durante décadas fueron el artífice del fracaso de cada uno de los proyectos prometedores en los cuales nos hemos embarcado.

La juventud es un invento de la segunda posguerra, sostiene Rossana Reguillo. La autora mexicana habla de que la idea de una juventud ligada al consumo, pero fundamentalmente con derechos y obligaciones institucionales, comienza a consolidarse a mediados del siglo XX. Anteriormente, es difuso el carácter juvenil de la vida. En la edad media, los jóvenes entraban al mercado de trabajo muy tempranamente, como también en los comienzos de la revolución industrial donde en los talleres realizaban labores de los mayores, no existiendo de modo manifiesto una juventud o una adolescencia diferenciada a la vida adulta en obligaciones y ocupaciones.

Desde comienzos del siglo XX, mediante el desarrollo y penetración de la institución escolar y su concomitante estratificación por edades, deberes y saberes, se contribuyó a la constitución de lo juvenil. A su vez, el servicio militar, la extensión de la escuela y de la vida detuvieron a un sector de la población antes del mercado de trabajo.

Alrededor de la década del cincuenta en adelante los jóvenes irrumpieron en el espacio público intentando diferenciarse de las generaciones anteriores, de la cultura “adulta” y en contra de la cultura dominante. Esta subalternidad se expresó en la contracultura estadounidense, la generación beat, el hippismo, los movimientos políticos y estudiantiles del 68 en Paris, Praga y Tlatelolco, sumándose luego el Cordobazo y la lucha armada en casos como Montoneros, y el episodio conocido como La noche de los lápices, de Argentina.

Todos pertenecientes a una misma generación que a la luz del devenir de la historia podría decirse que fracasó en la pretensión de mayor libertad y de igualdad dentro de un sistema que estructura las acciones, pero más aún en dejar un legado de esperanza por el cambio.

¿Qué sucedió en medio de la constitución de la subjetividad de los jóvenes de los 60 y 70 y la de los actuales? Aquellos jóvenes procuraban alcanzar una revolución, el fin del orden de cosas; los jóvenes que vislumbramos en el espacio público actual plantean reclamos ciudadanos: seguridad edilicia en las escuelas, calefacción, ventilación, completitud de los días de clase previstos en el ciclo lectivo. El reclamo es de institucionalidad.

En medio de aquella época y la actual transcurrieron numerosos episodios, estadios y eventos. Cada estadio histórico y social configura culturalmente qué es ser joven. Grosso modo, lo que sucedió entre aquella generación y esta es la Posmodernidad. La teoría filosófica de la Posmodernidad nos diría que el primer efecto devastador para la constitución de una nueva juventud, quizás escéptica, es el fracaso de las generaciones anteriores. Ese espejo adulto en el cual no quieren mirarse. De allí que se postule que luego de deglutir las experiencias contrarias, se ingrese a un estadio de relativismo en diversos órdenes de cosas como el conocimiento, la moral, la belleza y, por supuesto, del cual no escapa la política partidaria que puede ser entendida por muchos jóvenes posmodernos como fórmula, más de lo mismo, perteneciente a una cultura ajena.

La perspectiva posmoderna nos habla de la caída de los grandes relatos, el debilitamiento de las autoridades (partidos políticos, escuela, familia, instituciones en general), y con ellos configura la imagen de un joven rendido ante la industria cultural que lo comprende y le haba de igual a igual. Asimismo, esa banda de rock, esa telenovela, ese videojuego, ese club de fútbol que ocupa la atención que en otros jóvenes domina la conciencia política, se presentan como alternativa. De ello que también sea una postura ante la política no entenderla como un camino a seguir o en el cual creer.

La caída del Muro de Berlín como fin del “último Gran Relato” fue un punto inflexión para el nuevo despegue de un capitalismo, mutante y siempre aggiornado, que asentó la maximización de sus premisas bajo la forma del neoliberalismo. Desde 1989 en adelante, el único relato en pie propuso que la democracia y la igualdad eran el desiderátum de los pueblos. Sin embargo, este relato triunfador de la Guerra Fría impuso sus intereses económicos desde países centrales más fortalecidos, que vigorizaron el sistema y el mercado global, acompañado de otros relatos satélites míticos como el de la Sociedad de la Información, la Globalización y la amenaza terrorista, imaginarios asentados fundamentalmente en el mercado y en los medios de comunicación masiva.

En este escenario de puro estímulo visual hacia la juventud, con Internet, la telefonía móvil y los videojuegos como paradigma, se crea una falsa conciencia alienada de la política donde se la entiende, en primer lugar como un espacio adulto, aburrido y repetitivo, y en segundo lugar, pocas veces emparentado con la acción hacia la igualdad y el bien común.

Argentina no escapa a esta lógica global. Transitó una década de los 90 neoliberal y los comienzos de los 2000 en medio de una crisis política partidaria que llevó a muchos actores sociales a generar una postura ante la política que en principio impugnaba todo tipo de acción política partidaria amparada en un descreimiento extremo. Luego, a raíz de una recuperación gradual del crecimiento económico y a través de la implementación de determinados programas, diversos sectores juveniles volvieron a entender a la política como la posibilidad de la acción concreta, al menos, hacia mejores sectoriales. Esta es la juventud como sujeto político en la Argentina contemporánea.

Los jóvenes de los 60 se enfrentaban al poder de diversas maneras. Contra la sociedad de consumo en la París del 68, como movimiento de estudiantes universitarios en Tlatelolco, contra el totalitarismo de izquierda en la Primavera de Praga; en apoyo a lucha de los trabajadores, durante el Cordobazo argentino. El común denominador de esas rebeliones parece ser una idea de cambio, de transformación; en definitiva, de revolución. Todos esos levantamientos se tocan no sólo por la implicación de una juventud que eleva la bandera de las luchas, sino en su tono comprometido, conciente de clase y de época. De allí que se cataloguen a esos actores jóvenes como “politizados”.

El mismo mote recae en la actualidad argentina en otros jóvenes, quienes reclaman mediante cortes de calles y tomas de establecimientos educativos por mejoras edilicias y de las condiciones estructurales del sistema educativo formal, como, así también, aquellos que forman parte de estructuras partidarias o que, como ya mencioné anteriormente, se encuentran ocupando importantísimos cargos y funciones dentro de la realidad política contemporánea de nuestro país.

¿Qué es esto de estar o ser “politizados”? La pregunta por el término sería al mismo tiempo una pregunta por la política. Jacques Rancière sostiene que la política sólo existe por la acción suplementaria de sujetos que constantemente reconfiguran el espacio común, los objetos que lo pueblan, las descripciones que pueden darse y los posibles que pueden ponerse en acto. Es entonces una definición activa y dinámica de la política. Ser o estar politizado sería, de este modo, pasar a algún tipo de acción que incida en el espacio común.

En la Argentina actual se suceden episodios que pueden ser entendidos en términos de “politización”: existen jóvenes, publicitados por los medios de comunicación, que interpelan al poder político de turno exhortándolo a reparar conflictos creados dentro de la propia gestión democrática: que a las escuelas no se les derrumben los techos y cuenten con calefacción, que se completen los días de clases estipulados en el calendario escolar, que los docentes sean bien pagos, es decir, que las instituciones, en este caso la educativa, funcionen . Esta “politización” juvenil es de otro cariz que la de otrora: los jóvenes no pretenden una revolución, un cambio radical en el orden de la vida, sino que su reclamo es ciudadano. Buscan ser escuchados y atendidos como sujetos de la política democrática: siguiendo a Rancière, como colectivos invisibilizados que pretenden ser vistos por el orden introduciendo un ruido.

Es interesante en el devenir de estas reflexiones apelar a las ideas de Chantal Mouffe con respecto a la democracia. Mouffe realiza principalmente una crítica a la democracia deliberativa por entender que “la deliberación pública libre e irrestricta de todos los ciudadanos sobre los asuntos de interés común es una imposibilidad conceptual, puesto que las formas de vida particulares que se presentan como sus “impedimentos” son precisamente su condición de posibilidad. Sin ellas, nunca podría producirse ninguna comunicación ni deliberación”.

La política argentina de la anterior arministración kirchnerista, catalogada por la mayoría de los analistas políticos como confrontativa y “crispada”, se asemeja a lo que Mouffe postula como el modelo agonístico de la democracia, propuesta teórica que plantea la existencia de posturas opuestas en el terreno político en una lucha extrema por el poder. Señala: “necesitamos un modelo democrático capaz de aprehender la naturaleza de lo político. Ello requiere desarrollar un enfoque que sitúe la cuestión del poder y el antagonismo en su mismo centro”. Fuera de este modelo se encuentra la idea de un consenso que, siguiendo a Rancière, se trata del “acuerdo sobre los datos sensibles de una situación, sobre las maneras de interpretar las causas y de deducir las formas de acción posibles”.

En contraposición a este último concepto, encontramos, como se dijo al comienzo, una dirigencia joven, tanto aquella que ocupa cargos y funciones públicas como la que se mueve dentro de las estructuras partidarias, y que prioriza metodologías como el consenso, el esfuerzo puesto en el trabajo al servicio de la comunidad, la comunicación directa con el ciudadano y la transparencia de la gestión, dejando de lado la confrontación ideológica como premisa en la lucha de poder, sin que por ello se haga a un lado la ideología.

En definitiva, esta es la dirigencia joven, fresca y con voluntad de trabajo que nuestro país necesita para, en primera instancia hacer frente a las enormes responsabilidades que la acción pública requiere, y, en segundo término obrar, por medio del ejemplo que necesariamente se dará, sobre quienes ven a la política con escepticismo, denostación o, directamente, como el ámbito de aquellos que arriban a ella con el ruin fin de obtener riquezas y poder.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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