PERMISIVIDAD O AUTORITARISMO

La conflictiva tríada educativa: "límites, disciplina, castigos"
ensenar-la-disciplina-a-los-ninos-01

Límites, disciplina, castigos es la tríada más conflictiva de la educación. Su cara más torva, que en el pasado siglo provocó encendidos e ideologizados debates. Por eso, es la que necesita una clarificación más cuidadosa. De una educación autoritaria se pasó a una educación permisiva. Durante siglos, la obediencia fue la virtud más alta en la familia, la escuela, la iglesia y la sociedad. Lo importante era “romper la voluntad del niño”. Todavía Durkheim consideraba que la primera misión de la escuela era inculcar el espíritu de disciplina. Como reacción, hubo una defensa a ultranza de la autonomía y la libertad como principales objetivos humanos. Françoise Dolto, una psiquiatra infantil que ejerció una inmensa influencia en la escuela francesa, sostenía que toda intervención educativa es castradora. “La educación debe fracasar, de lo contrario la autonomía del niño queda anulada”. Los padres se convierten en el enemigo potencial del niño, y lo mismo ocurrirá con todo educador. El niño debe decidir cuando irse a dormir. “El padre simplemente debe marcar las reglas: a partir de tal hora no hay que hacer ruido”. Debe comer cuando quiera y lo que quiera. Lo importante es tener una buena relación con el niño, y no inculcarle hábitos. Las madres deben saber, dice Dolto, que lavar a su hijo puede reducirle al estado de cosa. A los 16 meses no hay que lavarle. El se lavará solo, en su momento. Lo importante era el bienestar del niño. Bien conocida es la influencia que tuvo la obra del Dr. Benjamin Spock y su libro Common sense Book of Baby and Child Care”, publicado en 1946, en el que defendía una educación permisiva. Tras la Segunda Guerra Mundial había parecido un nuevo ideal de infancia. Los niños que crecen en un mundo libre, por oposición a los totalitarismos son más felices. Se definía como bueno para el niño lo que era placentero. Los manuales presentaban el disfrute del bebé como el mayor logro a alcanzar. Las recomendaciones de antes de la guerra –austeridad, disciplina exigente, preocupación por los problemas de salud– se transformaron en una educación indulgente, durante los años 50 y 60. El 68 francés puso de moda el eslogan “Prohibido prohibir”. Por otra parte, apareció el tema de la autoestima: lo importante era que el niño no perdiera su autoestima, y con la disciplina, la corrección o el castigo parecía inevitable que la perdiera.

En los años noventa, la actitud permisiva comenzó a observarse con recelo. Se detectó la aparición de “niños tiranos”, y los expertos empezaron a ver los problemas producidos por una excesiva insistencia en la autoestima del niño. “Si los niños escuchan constantemente lo maravillosos que son (como una forma de aumentar su autoestima) llegarán pronto a darse cuenta de que no es cierto (no son tan perfectos), o se creerán que en efecto son tan magníficos (sin serlo realmente) o sencillamente desconectarán de esos mensajes”. Los datos no parecen apoyar las virtudes terapéuticas de la autoestima. “Los adolescentes que llevan a cabo los comportamientos antisociales más graves –añade Damon– suelen dar en los test una medida muy alta de autoestima”.

Un psicólogo tan partidario de la psicología positiva como Martin Seligman ha formulado también una dura crítica: “Los padres se esfuerzan por inculcar la autoestima a los niños. Esto puede parecer bastante inocuo, pero el modo en que lo hacen a menudo erosiona el sentido del valor del niño. Al hacer hincapié en lo que el niño “siente”, a expensas de lo que “hace” –aprender, perseverar, superar la frustración y el aburrimiento, abordar los obstáculos–, padres y profesores están haciendo a esta generación de niños más vulnerables a la depresión”. Viniendo de uno de los grandes expertos mundiales en depresión, la advertencia hay que tomársela en serio. Por otra parte, la insistencia excesiva en “hay que quererse mucho a uno mismo” está favoreciendo la aparición de un narcisismo egoísta. Otros expertos, como McKay y Fanning nos dicen que, si eliminamos toda disciplina para que el niño “se sienta bien”, estamos hundiendo su verdadera autoestima, que no consiste en evitar todo sentimiento desagradable o doloroso, sino en saber enfrentarse a ellos cuando lleguen. Parece que la educación permisiva no confiere más autonomía a los niños y adolescentes, sino que los hace más vulnerables.

El tema es, pues, importante y confuso. Con demasiada frecuencia se trata con más fervor ideológico que rigor científico. Por eso inquieta tanto. Robert Brooks, un especialista en este tema, profesor de la Harvard Medical School, y con un larga experiencia práctica, comenta que la “plétora de libros sobre este asunto escritos (y vendidos) demuestra su interés para los padres”. A pesar de este interés, cunde la idea de que los padres no están cumpliendo bien sus funciones. Tony Wagner, codirector del The Change Leadership Group, de Harvard, tras revisar los estudios acerca de las preocupaciones de los docentes, afirma: “Ocho de cada diez docentes, consideran un serio problema que los padres fallen en poner límites y no se esfuercen en que sus hijos se hagan responsables de su conducta o de sus resultados académicos. Por su parte, la mayoría de los padres considera que no tienen los conocimientos suficientes para educar, porque es una tarea que resulta más difícil ahora”. Didier Pleux, un psicólogo clínico que ha estudiado el efecto de la educación permisiva, escribe: “Muchos padres no se atreven a mostrarse exigentes con sus niños, tienen miedo de entrar en conflicto con ellos. Se encuentran confusos y no osan afirmarse cuando se trata de regular los problemas de comportamiento. La autoridad, cuando se utiliza, se convierte en una fuente de dudas y de culpabilidad. No se sabe ya aplicar ciertas reglas inevitables. Se educa de puntillas. No se osa ser padres”. Nauori, un famoso psiquiatra infantil francés, muestra también la confusión de esta época de transición. En su libro Padres permisivos, hijos tiranos”, culpa de los serios problemas de comportamiento de los niños de hoy a la incapacidad de los padres para ejercer su autoridad, y a la ausencia del padre. Aboga por una educación autoritaria y critica el modelo democrático de crianza citando una frase que dice frecuentemente a los padres: “Si ustedes educan como demócratas a sus hijos es muy probable que más tarde se conviertan en fascistas, mientras que si los educan de una manera más o menos fascista, seguro que se convertirán en demócratas”.

Para fijar una posición clara sobre el tema de los límites hemos de recordar el objetivo de la educación y sus fundamentos psicológicos. Hay buenas razones para afirmar que la educación debe fomentar la autonomía, la capacidad de decisión y la libertad en todas las personas. Pero hay que añadir que es preciso fomentar también la vinculación social, y el respeto a las normas de convivencia. Ausubel, en su “Psicología pedagógica”, proporciona un buen análisis de la situación. “La disciplina es un fenómeno cultural universal que tiene importantes funciones en la formación de un individuo joven: 1) es necesaria para la socialización porque permite aprender normas de conducta; 2) es necesaria para la maduración de la personalidad; 3) es necesaria para la internalización de normas; 4) es necesaria para la seguridad emocional de los niños; y 5) En el aula es necesaria para regular eficazmente las actividades de clase”.

El primer objetivo, pues, es pasar del control exterior de la conducta (inevitable en el niño) al control interior, es decir, de pasar de la disciplina a la autodisciplina. El niño necesita límites y disciplina no para limitar su libertad, sino para hacerla posible. Tiene que aprender los mecanismos de autocontrol. Allan Sroufe, un prestigioso psicólogo infantil, escribe: “La tarea que ocupa los primeros años del niño es el paso de una regulación diádica, entre el niño y su cuidador, a una autorregulación del afecto”. Se trata de una tarea larga: “En contraste con la situación del bebé, a la que paradójicamente se denomina autorregulación guiada, en la edad preescolar se espera que el niño de nuestra cultura asuma un papel mayor en la autorregulación de sus emociones e impulsos. La tarea comienza conteniendo, modificando o redirigiendo los impulsos, aunque sea brevemente, sin una supervisión inmediata del adulto. Tienen que internalizar las normas para el control de la conducta y comportarse de acuerdo con estas normas, incluso inhibiendo impulsos poderosos”.

Kant tenía razón al decir que la disciplina nos hace seres humanos. Hay una perversión del lenguaje que ha convertido la palabra “disciplina” –derivada de “discere”, aprender– en un método punitivo. La disciplina es, ante todo, una parte de la pedagogía. Un niño aislado del resto de la humanidad no sabría liberarse de la tiranía del estímulo. La inteligencia humana se construye dialógicamente. El niño aprende a controlarse obedeciendo las órdenes de su madre. Al crecer, conserva la estructura dual de control (emisor de órdenes-receptor de órdenes), pero la mantiene dentro de sí mismo. Él es quien ordena y él quien obedece. Eso es lo que etimológicamente significa la palabra “autonomía”: el que se da reglas a sí mismo. El lenguaje adquiere un protagonismo esencial en este proceso. Con razón, Vigotski consideraba que el gran salto de la inteligencia se consigue mediante el aprendizaje social de los instrumentos para controlar nuestra conducta, en especial de los signos. “Un signo –escribió– es siempre originariamente un instrumento usado para fines sociales, un instrumento para influir en los demás y sólo más tarde se convierte en un instrumento para influir en uno mismo”.

Finalmente, en los últimos años, el tema del aprendizaje del autocontrol ha adquirido una enorme importancia. El asunto es de relevancia porque un déficit en autocontrol se relaciona con problemas de conducta, agresividad, crimen y violencia, consumo de alcohol y drogas, problemas emocionales, abandono escolar y problemas de convivencia.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

Te puede interesar