REDES SOCIALES Y RELACIONES VIRTUALES

La "liviandad" de la palabra "amistad" en el contexto de las nuevas tecnologías
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Las redes sociales como Facebook o Twitter son un ámbito especialmente rico en ejemplos de la influencia de la terminología en nuestro comportamiento social. También son las plataformas que más atención han acaparado con respecto a nuevas costumbres y modos de interaccionar. Una de las cuestiones más estudiadas ha sido el nivel de autenticidad de las relaciones virtuales. Un descubrimiento clave desde la Psicología social ha sido el del concepto de “disclosure”, en referencia a la tendencia observada a desvelar información privada a través de las redes sociales. Este fenómeno muestra una evolución clara en paralelo a la popularización de Internet. Así como los primeros usuarios, aficionados a la informática, dieron una importancia especial al anonimato (con el uso, por ejemplo, de apodos y con la ausencia de datos reales), los actuales suelen utilizar la Red para publicar todo tipo de detalles personales, ya sean por escrito o gráficamente.

La transición no se explica solo con el cambio del tipo de usuario, de uno más técnico a otro más general. Las plataformas más populares hoy están diseñadas de forma que la “disclosure” deba producirse para que las relaciones virtuales sean exitosas. Por un lado, nos animan a los usuarios con recordatorios constantes de que debemos compartir detalles reales, desde el nombre y la fecha de nacimiento hasta las instituciones en las que hemos estudiado y trabajado, pasando por nuestros planes para formar pareja o los eventos a los que vamos a asistir. Por otro lado, el vocabulario que utilizan le da sentido a esta revelación de datos íntimos. En Facebook las relaciones son entre “amigos” y compartimos las cosas que “nos gustan”. En ambos casos se trata de palabras ya existentes en español, pero cuyo significado se ha matizado más allá de lo tecnológico. “Amigos”, según el Diccionario de la Real Academia Española, son quienes comparten un “afecto personal, puro y desinteresado que nace y se fortalece con el trato”. El término aplicado a la red social no implica necesariamente ninguna de estas características salvo la de ser una relación compartida. Obsérvese que la ausencia de este rasgo en otras redes, como Twitter, donde las relaciones son unidireccionales, ha hecho que optaran por nombres diferentes como el de “seguidor”.

El concepto de amistad tradicional implica ciertos comportamientos que, a pesar del cambio de contexto, no es posible obviar al utilizar el término “amigo” en Internet. Uno de los principales es el de la confianza: de un amigo se espera sinceridad. Denominar con este nombre, por lo tanto, a una relación en un entorno que ya es propicio a desvelar información privada no hace sino confirmar que ese es el comportamiento correcto. Nos hace olvidar rasgos que estas nuevas amistades no comparten con las tradicionales y que podrían ser relevantes a la hora de compartir datos. Obviamos, por ejemplo, que el espacio de las conversaciones no es privado, sino público, así como que el número de amigos receptores de nuestros mensajes suele ser muy superior al del mundo físico, a menudo centenares o incluso miles. Las nuevas definiciones del término “amistad”, que contemplan ya su nuevo uso desde la aparición de Facebook en 2005, son menos concretas que la citada del DRAE. La diferencia entre “amigo” y “conocido” era importante en nuestra sociedad hasta la llegada de Internet. Al interpretar nuestras relaciones en Facebook a través del término “amigo”, hemos terminado por redefinir la amistad vaciándola de sentido. Sage L. Graham, por ejemplo, lo reduce a que “la amistad se produce cuando dos personas se alinean la una con la otra”. Esta idea de “alineamiento” la define a su vez como algún grado de valores compartidos o experiencias comunes.

Las palabras “amigo” y “seguidor” han añadido últimamente otro elemento a su significado. Las redes sociales han dado un protagonismo especial al recuento de amigos y seguidores que tiene cada uno de sus usuarios. Ese número se ha convertido en uno de los datos personales esenciales en el ciberespacio. Es el índice de impacto de la autocomunicación de masas.

Verbos como “compartir” o “gustar” tienen en común que suelen utilizarse en contextos positivos. Son los elegidos por las redes sociales para animarnos a expresarnos. La idea no es solo que los mensajes respeten la máxima griceana de la calidad (que sean sinceros), sino que además sean abundantes. “Compartir” y “gustar” son las nuevas formas de estar en contacto. La evolución ha sido rápida. El origen está en los “weblogs” o “blogs”, término creado en 1999 por Jorn Barger para referirse a diarios digitales donde se relatan vivencias o pensamientos de interés. En español se utiliza también la traducción “bitácora”. En ambos casos, la referencia a los diarios (“logs” en inglés) enlaza con una tradición de escritura de entradas relativamente extensas utilizadas para la reflexión. De ahí hemos pasado al “microblogging” de las redes sociales, con textos muy breves donde es más importante la conexión que la profundidad del contenido. La expresión lingüística que utiliza Facebook para interrogarnos es “¿Qué tienes en mente?” mientras Twitter opta por “¿Qué está pasando?”. Ambas preguntas son marcadamente generales y aceptan cualquier repuesta. La pregunta no es “¿Tienes algo interesante en mente?” o “¿Está pasando algo que merezca la pena contar?”. El propio Jorn Barger advierte en su página personal que esta había empezado como “un sitio para publicar mis propios ensayos”, pero que ahora “ha evolucionado (o involucionado) a listas de enlaces y pensamientos breves”.

La pausa ha dado paso a la velocidad. El vocabulario de Internet no engaña tampoco a este respecto. La Red no es un lugar en el que estar, sino un ciberespacio que “navegar” o “surfear”. Las páginas se “visitan” como si fueran espacios físicos a los que ir de paso. Quienes lo hacemos somos “internautas” o “cibernautas”, términos derivados de un viejo vocablo griego que significa: las personas que ejercen su profesión navegando en el mar. En este ritmo, “gustar” pierde peso como le pasa al concepto de “amistad”, hasta significar apenas una conexión puntual.

La premura se ha intensificado en los últimos años en que hemos pasado de un “mundo virtual”, al que entrábamos y salíamos a conveniencia, a una fusión de éste con el físico, en un mundo único que hemos bautizado como “realidad aumentada”. Lo virtual ha pasado a ser parte de lo real. Los aparatos electrónicos actuales son “wearables” o “vestibles”, es decir, son parte de nuestra presencia física. Estando siempre presentes, obligan a una atención sobre ellos más rápida y esporádica. Como explica Manuel Castells al diferenciarlo de los medios de comunicación anteriores, “no vemos Internet como vemos la televisión”, sino que “los usuarios de Internet […] viven con Internet”.

Existe un desfase no resuelto entre lo fácil que nos ponen las plataformas el cambiar el estado de nuestras relaciones de amistad y el ritmo real emocional que esos cambios pueden requerir en las personas afectadas. La historia del concepto de amistad hace que las emociones implicadas sean muy complejas. El conflicto puede resolverse de dos maneras. Si somos conscientes del marco semántico que estamos construyendo con el significado original de “amistad” alterado por nuestra experiencia en las nuevas plataformas, deberíamos tener una actitud cautelosa al aplicar una palabra con una carga tan importante y delicada a unos procedimientos que son nuevos, están diseñados por una empresa comercial y se aplican globalmente a nivel planetario. Si no somos conscientes de todo esto, es esperable que sea el significado de “amistad” el que se amolde definitivamente a estos nuevos usos.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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