"SOCIEDAD TECNOLÓGICA"

La cotidianidad de lo social atrvesado por lo tecnológico

Por “Sociedad Tecnológica” (ST) hemos de entender un determinado tipo de socialidad humana que vendría determinada o condicionada por el avance tecnológico; es decir, la tecnología sería uno de los constituyentes relevantes de la socialidad contemporánea propia de aquellas sociedades cuyo desarrollo económico permite la incorporación de sus productos, derivados a su vez del avance, concomitante con dicho progreso económico, en los conocimientos científicos, en la cotidianidad de las relaciones sociales. Se trata de unas sociedades, en plural, cuyas economías generan la suficiente cantidad de riqueza material, de recursos, como para que una vez garantizada la satisfacción de las necesidades básicas de la vida, una parte de esos recursos puedan ser utilizados en inversiones adicionales, entre las cuales se encontrarían aquellas destinadas a la investigación científica y tecnológica. ST significaría, entonces, una determinada forma de unión entre la “sociedad” y la “Tecnología”, una unión manifiesta en lo cotidiano.

Esta cotidianidad de lo tecnológico en lo social se va instalando progresivamente en la conciencia de las gentes: electrodomésticos de todo tipo, automóviles, tarjetas electrónicas, cajeros automáticos, teléfonos celulares, ...pero, por encima de todo, las computadoras, la “informática”, son aditamentos con los cuales nos hemos tenido que ir progresivamente acostumbrando a vivir. Ya no se trata simplemente de artefactos que cumplen una función instrumental y nos hacen más fácil y cómoda nuestra vida, sino que esas herramientas se han ido instalando , en nuestro día a día, como intermediarias de las relaciones entre las personas, y que, por esa inmediatez cotidiana, van haciendo que se modifiquen nuestras pautas de conducta y nuestros modos de pensar y entender el mundo y a nosotros mismos.

La ST es una sociedad en la que la tecnología no es, sólo, un añadido que tiende a incrementar nuestra comodidad y a agilizar nuestras tareas, sino una realidad con la cual hay que aprender a convivir: diríase que ha traspasado el terreno de lo, directa o indirectamente, laboral o utilitario, y se ha incorporado al ámbito de las relaciones personales. Vivimos en un mundo cada vez más lleno de “artefactos”, y en el que éstos ya no son herramientas especializadas en manos de unos cuantos expertos que las utilizan en beneficio propio o colectivo, sino que se convierten ellos mismos en elementos constituyentes, cuando no facetas propiamente dichas, de nuestra comunicación y nuestras relaciones con los demás.

Por otra parte, y en estrecha vinculación con esta creciente convivencia con lo tecnológico, y con la modificación de los modos de relación interpersonales a que va dando lugar, se está generando una mentalidad específica y propia de esta ST. Desde un partido de fútbol, en el cual los avances en las técnicas de retransmisión audiovisual permiten siempre al espectador diferir su juicio -respecto a una decisión arbitral polémica, por ejemplo- hasta que las repeticiones y los primeros planos desde ángulos de visión privilegiados le den unas referencias de las que antes no disponía, pasando por las consultas médicas apoyadas en todo tipo de minuciosos análisis con aparatos y medios cada vez más sofisticados, hasta los dictámenes judiciales en los que las pruebas materiales pueden ser sometidas al más meticuloso de los estudios periciales, en esta sociedad, la ST, se va gestando una cierta mentalidad según la cual tendemos a hacer descansar nuestro juicio en “pruebas” de las que sabemos que vamos a poder disfrutar si esperamos lo suficiente: la tecnología, entre otras cosas, nos suministra respuestas para cuestiones que por nosotros mismos no nos creíamos en condiciones de responder, pero que con su ayuda, con el aporte de “evidencias” obtenidas por medios cada vez más sofisticados -y de los cuales, en la mayoría de las ocasiones, somos unos completos desconocedores-, sabemos que de un modo u otro, podremos eliminar una gran cantidad de dudas que en un principio dichas cuestiones nos suscitarían.

En resumen, la instrumentalidad de lo tecnológico, su uso diario y social, ha trascendido hace tiempo el campo de lo estrictamente material u operativo, para implantarse en el terreno de la decisión y del juicio. La tecnología ya no sólo facilita, aligera y agiliza las tareas a ejecutar, sino que pretendemos que haga lo propio con nuestras capacidades de enjuiciamiento y de decisión. Como herramienta, la tecnología está operando una instrumentalización de la racionalidad humana. O, para decirlo de mejor manera, la instrumentalización de nuestra razón, que ha ido siempre implantada en virtud de la mediación cada vez más decisiva que el mercado y la necesidad de intercambios con saldo favorable han supuesto en nuestras vidas. Esa instrumentalización, que nace de la mano de la sociedad capitalista y con ella se ha desarrollado, ahora se ve agudizada y exasperada por ese tipo particular de posición frente al mundo que la proliferación tecnológica tiende a consolidar: la convicción de que frente a cualquier problema, si se dispone de la información suficiente, y si su fiabilidad está debidamente garantizada, podremos encontrar la respuesta óptima, la mejor de todas las soluciones posibles, , y excluir todas las restantes alternativas sin temor a errar.

Resulta paradójico, no obstante, que en lo que se refiere a las “grandes cuestiones”, aquellas cuyo sentido es, fundamentalmente, histórico y filosófico, la tecnología no hay conducido sino a la apertura de más interrogantes de las que inicialmente había, esto es, cuando no se podían precisar tanto los términos en los que las preguntas debían ser formuladas. Paradójico porque poco a poco se va convirtiendo en una fe eso de que “finalmente, todas las preguntas podrán ser contestadas”, una fe en la capacidad del conocimiento que está detrás y en la base del progreso tecnológico, el conocimiento científico, de obtener tales respuestas, de obtener “todas” las respuestas. La mentalidad propia de la ST es una mentalidad en la que la idea de que las dudas pueden ser parte integrante de nuestra manera de enfrentarnos al mundo va tendiendo a desaparecer progresivamente; no se trata de que no tengamos que convivir, también, con la duda, sino de que parecemos creer que terminaremos no teniendo que hacerlo.

Un último ingrediente a tener en cuenta en este nexo cotidiano entre lo social y lo tecnológico característico de la ST sería el de los “miedos” que desencadenan en gran parte de sus miembros determinados avances tecnológicos, miedos provocados por los resultados o repercusiones que su aplicación -una aplicación que se opera en el más inmediato y cotidiano de los espacios de convivencia social- pudieran generar. Ejemplo palmario lo tenemos en las modernas técnicas de la Biogenética, que permite seleccionar, entre otros rasgos, que se convierten por ello en “manipulables”, el sexo del futuro hijo, o determinar en faces muy incipientes si la futura vida va a se o no “normal”, otorgando la posibilidad, una posibilidad que aquí hay que entender como posibilidad “legal”, de interrumpir un embarazo; las técnicas de clonación son otro buen ejemplo en este campo. Se trata, en este caso, de un miedo avalado por la historia reciente: miedo a que todos estos avances lleven aparejadas consecuencias perversas, imprevistas o imprevisibles.

Tenemos, así pues, dos facetas distintas de un mismo miedo: antes de la consolidación social de la tecnología, miedo a lo desconocido; una vez consolidada y extendida, miedo a los efectos perversos y reales, muy conocidos, que ha acarreado dicha utilización, y que en su momento no se supieron prever: todos vivimos inmersos en el miedo a la desertificación del planeta, al exceso de irradiación ultravioleta por efecto de la degradación de la capa de ozono, al deterioro, en general, del medio ambiente debido a una época de desmesurada euforia por el progreso material y por la aceleración del mismo que resultaba, y resulta, de la aplicación de todo tipo de innovaciones tecnológicas.

Los miedos no sólo han creado un elemento añadido a esa conciencia particular de la sociedad y el tiempo que vivimos, sino que han movilizado a la ciudadanía: esos miedos se han institucionalizado.

En la esfera política, la aparición de los grupos ecologistas, los “verdes”, es quizá la manifestación más evidente de que estos miedos se han trasladado de las conciencias de las gentes al plano de la acción social. Pero no sólo eso, sino que pudiera ser que, reactuando ahora de modo más firme sobre la conciencia y el sentir colectivos, supusiesen una reorientación tanto de la “convivencia”, como de la “mentalidad” y la “instrumentalidad” -los tres ámbitos en los cuales se puede desagregar este nuevo “modus” de lo social que llamamos ST- que se van gestando en torno a la implantación cotidiana de la tecnología en nuestra vidas.

En esta conjunción entre lo tecnológico y lo social, existe, dándole soporte, un presupuesto estructurante: la progresiva preeminencia de la tecnología en el ámbito de las relaciones sociales se debe a que ésta, y todos los artefactos, máquinas, instrumentos y conocimientos de carácter aplicado que la configuran como “realidad social”, es la concreción material de un tipo de conocimiento particular, el conocimiento científico, que a lo largo del siglo XX, aunque el proceso arranca ya en la época de la primera ilustración, se ha consolidado como la modalidad por excelencia del conocer. Es manifiesto que en nuestras sociedades occidentales actuales el veredicto de lo científico lleva las de ganar a la hora de enfrentarse a cualquier otro tipo de dictamen experto, incluso aunque aquello sobre lo que se haya de dictaminar no corresponda a los campos del saber propiamente científicos.

Es por ello que se puede señalar que, sobre todo en lo que se refiere a esa particular conciencia colectiva asociada a la ST que vivimos, la impregnación de las tareas y las relaciones cotidianas con las tecnologías de todo tipo que poco a poco van aumentando su espacio de visibilidad en nuestro entorno, está directamente asociada al hecho de que esos productos tecnológicos son la resultante material de los avances en el conocimiento científico. Y así, la asociación simbólica que activa esta tendencia a la fe incondicional en la resolución tecnológica de cualquier problema que nos pueda salir al paso es que, detrás de ella estará siempre “La Ciencia”, entendida como ese particular tipo de conocimiento que tiene la exclusiva de todas las certezas, el conocimiento que es entendido, valorado y sentido a nivel colectivo como su modalidad por antonomasia.

No obstante, en lo que al significado de la ST se refiere, es pertinente suponer que la pregunta más relevante que habría que tomar como punto de partida en cualquier debate sería: ¿Es la sociedad, “esta sociedad”, la que construye tecnología (s) o estamos en un estadio tal que de lo que se trata es de que ahora es la tecnología, la impregnación tecnológica de la vida cotidiana -una tecnología que se autoconstruiría a sí misma en un medio social especialmente predispuesto a aceptar esta especie de endogenia-, la que está construyendo un determinado modo de vivir lo social?

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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