"IRA Y TIEMPO"

Reflexiones sobre la obra filosófica de Peter Sloterdijk

La evaluación de la historia de Occidente que propone el filósofo Peter Sloterdijk en su obra “Ira y Tiempo”, devela el papel que ha tenido la presencia de la energía thimótica, tan importante en la mitología antigua y tan aparentemente olvidada en la cotidianidad. El “thymos” es esa parte de cada persona, una especie de órgano según el autor, del cual provienen las emociones relacionadas con el orgullo, la dignidad y el valor de sí mismo.

En la mitología antigua, las energías thimóticas dieron lugar a epopeyas que narraban los actos de los hombres en batalla, quienes poseídos por emociones incontrolables luchaban y daban su vida a cambio del honor. En el verso introductorio de “La Iliada”, considerada como el inicio de la tradición europea, aparece la palabra “ira”, descrita como causante del dolor de los aqueos, que embota al héroe Aquiles de una cólera incontrolable y lo conduce en su desenlace a la muerte. Esta historia tiene su rapsoda, Homero se encarga de cantar los versos que se narrarán a partir de entonces para que generación tras generación se mantenga el culto al héroe. A pesar de ello, el hombre de hoy, de oficina y corbata, está muy lejos de verse representado por dicha tradición: “Ningún hombre moderno puede retrotraerse a una época en la que los conceptos ‘guerra’ y ‘felicidad’ formaban una constelación llena de sentido”.

Sloterdijk no pretende hacer una crítica a los impulsos thimóticos ni una búsqueda del punto medio necesario que permitiría civilizarlo, a la manera en que lo ha propuesto Fukuyama en su libro sobre el fin de la historia, donde muestra cómo puede desatarse el “thymo” y salirse de control, desplegando en el hombre su deseo de dominar. Se trata de exponer el camino que ha llevado al hombre iracundo a cometer los actos más atroces de la humanidad, y que luego ha desaparecido como por arte de magia. ¿Dónde se esconde esa energía thimótica en el “homo oeconomicus”?

La sociedad capitalista se mueve por medio de otras energías ya no thimóticas sino eróticas, basadas en el afecto del querer tener, la actitud heroica del dar por dar libremente no funciona sino por medio de expiación de culpas. El consumismo permite al hombre moverse ya no a favor de su orgullo o su dignidad sino por la posesión materialista. Aún así, a pesar del control erótico del sistema económico, pueden verse vestigios del “thymos” en la búsqueda de autoafirmación, rebelión y ambición iracunda, emociones que serán tildadas por la psicología moderna como complejos neuróticos.

En la Grecia de Platón la aparición de la filosofía le da un vuelco a las virtudes heroico-griegas para transformarlas en cualidades ciudadano-burguesas; de pronto la sobria manía de la observación de las ideas –mejor conocida como filosofía- ha excluido a la ira del ámbito cultural. No se puede atribuir esto sólo al estoicismo cuyo eje central gira en torno al control de las emociones, es parte importante desde el inicio de los estudios éticos esa serenidad que aplaca las fuerzas emocionales por medio de ejercicios intelectuales; es la prudencia, la humildad, la templanza, lo que caracteriza al hombre valiente y maduro en la sociedad civilizada. De esta manera se presenta a la filosofía como pacificadora dentro de un mundo regido por la ley de la violencia.

En nuestros días, la psicología ha descrito la condición humana bajo la fuerza de los impulsos eróticos, dejando de lado el estudio del “thymos” como promotor de emociones tales como: orgullo, impulso de auto-afirmación, valor, dignidad, entre otros. Fukuyama, por su parte, afirma que este “sentido humano del valor de sí mismo” se ha camuflado en nuestros días bajo el término “auto-estima” y no es sino en su uso desmesurado que puede conllevar a la megalothymia, ese deseo de ser conocido como superior a otros; es decir, hacia un uso peligroso del mismo y que es precisamente este uso peligroso el que ha llevado a los filósofos a creer que es la fuente fundamental del mal en el hombre.

Aún así, Sloterdijk rescata el impulso thimótico del lado oscuro del hombre y lo pone a la luz de la historia como aquella “condición de substancia de la que se ha hecho el mundo”. El querer apartarlo de la condición humana es precisamente aquello que no permite comprender las actuaciones de los hombres en los momentos de mayor crisis de convivencia -la represión en la Rusia comunista, la Alemania nazi, la China de Mao-.

¿Por qué hacen los hombres algo y no más bien nada? Es la pregunta presente en las primeras páginas del libro que puede llevar al lector a meditar sobre si el autor ha elegido hacer una especie de analogía con la obra fundamental de la filosofía Heideggeriana “Ser y Tiempo”, llamando a su propia obra “Ira y tiempo” y relacionando el desarrollo del libro como espejo de aquella repetida pregunta ¿Por qué el ente y no más bien la nada?, tan presente en uno de los autores fundamentales de la filosofía del siglo XX.

¿Sloterdijk está elevando tácitamente a la ira a la condición del ser? Cuando habla del hombre del “Palacio de Cristal”, el de la post-historia, como el hombre aburrido a quien se le ha quitado la libertad de actuar, de hacer cualquier cosa que no sea consumir y participar de la dinámica capitalista, no parece descabellado pensar que con esta analogía quiera adjudicar que aquello que requiere el hombre post-histórico para volver a “ser”, sea precisamente la ira enterrada subconscientemente en la psique de todo consumidor. Es la thimótica lo que lleva al hombre a querer afirmar lo que tiene, lo que es y lo que puede llegar a ser, mientras que el erotismo sólo muestra el deseo hacia aquello que nos falta y nos complementa. Qué tipo de hombre evalúa la psicología para conseguir los prototipos de la condición humana sino hombres sin orgullo, como Edipo y Narciso, mientras la cólera de Aquiles permanece inaceptable:

Sólo si la meta consiste en retratar al ser humano ab ovo como títere del amor, entonces podrían declarar al adorador de la propia imagen y al mísero amante de la propia madre como modelos de existencia humana”.

Los “inconvenientes” de la democracia liberal presentados por su defensor Francis Fukuyama se relacionan con el nivel de satisfacción que es capaz de generar el sistema. En el “núcleo de su orden liberal” no consigue ningún problema de fondo, sino simples reajustes que deben aplicarse para adaptarse a las apetencias de los ciudadanos. Mientras tanto, Sloterdijk señala otro tipo de problemas presente en la post-historia, proponiendo que la envidia es característica importante en el hombre del sistema liberal a quien a pesar de haberle sido reconocidos sus derechos, no logra dejar de aspirar a reconocimientos más específicos en cuanto al bienestar, ventajas sexuales y superioridad intelectual; bienes que permanecen reducidos y que su escasez conlleva a la acumulación de envidia ampliando el bando de perdedores que se suman a aquellos que sí son perjudicados y marginados “de facto”.

De esta manera, si cuando el mundo era guiado claramente por fuerzas thimóticas se relacionaban los hombres bajo la dinámica del esclavo y el amo, en la modernidad ha surgido otro tipo de relación: ganadores y perdedores. Lo que no pasaría a ser más peligroso que un complejo neurótico tratado bajo terapias psicoanalíticas si no existieran movilizaciones que recogen depósitos de insatisfacciones y ofrecen como recompensa la posibilidad de venganza de los afectados. Así lo muestra Hans Magnus Enzensberger en su obra titulada “El perdedor radical”, en la que describe la manera en la que grupos como “Al-Qaeda” recogen esta energía de resentimiento concentrada y la utilizan para desestabilizar el sistema por medio de políticas que promueven el terror.

El terrorismo se vale del perdedor y de la falta de valoración que tiene por su propia vida, y por tanto, de la falta de valor por la vida de los demás. Le brinda el detonador ideológico que hará estallar su resentimiento y lo ingresa en una lucha que no pretende conquistar al mundo, sino exterminarlo. Le gana la batalla al sistema cuando le presenta el mayor de sus miedos, el miedo a la muerte. El terrorista hace de su vida, un arma y de su muerte, una carta blanca que le permite salir ileso de culpas luego del acto cometido.

Además de que encontrará en los medios de comunicación la ventaja necesaria para conquistar a la sociedad del espectáculo, ya que los ataques terroristas superan incluso las cuotas de audiencia de un mundial de futbol. Así la televisión publicita su acto, esparciendo el terror de manera virulenta y conquista a potenciales adeptos al movimiento terrorista. La ira de aquellos marginados del sistema es utilizada por este posmoderno tipo de violencia que se vale de la adicción del aburrido hombre del Palacio.

Peter Sloterdijk no ve en el terrorismo islámico la vuelta al mundo thimótico, al contrario, considera que este tipo de violencia se adapta perfectamente al mundo post-histórico en el que vivimos. Los ataques del 11 de septiembre en Nueva York sirvieron como excusa al sistema dominante para intensificar el régimen de seguridad incluso entre los ciudadanos bien posicionados. Además de que la famosa guerra contra el terror no se proyecta como una vuelta a las guerras vividas años atrás, sino que sirve como controlador universalizado de protección del “Palacio de Cristal” o del mundo post-histórico, tiene la característica fundamental de que como no puede ganarse nunca, no podrá tampoco acabarse nunca, no se trata del retorno de la lucha entre oposiciones militantes sino de la corroboración de la improbabilidad de una nueva guerra mundial.

En principio, el movimiento thimótico tiene que ver con el deseo de ser reconocido por los otros, además del orgullo personal, hace falta el reconocimiento colectivo. Pero dentro del marco de la economía capitalista, el orgullo por el propio valer no es lo que mueve a la gente, sino más bien una satisfacción por la necesidad de poseer. Si la conciencia del viejo mundo llegaba mediante la lógica del esclavo y el siervo, en la modernidad es la figura del perdedor la que es capaz de movilizar al inconforme.

Con la nueva metodología comunicativa y bajo declaraciones argumentadas sobre el propio estado de injusticia sufrido, el perdedor puede pretender hacer valer su situación de víctima como ticket gratis a la era del reconocimiento de las culpas, el valerse del sufrimiento y utilizar la bandera de la humillación para pretender exigir una recompensa también consigue en los noticiarios televisados su mejor aliado. De hecho se transforma en campaña publicitaria que influencia de tal manera la opinión del ciudadano común hasta el punto de distorsionar la magnitud del suceso, sobre todo frente a otros sucesos de igual o mayor alcance.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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