INEFICIENCIA SOCIAL E ILEGALIDAD EN ARGENTINA

Corrupción, fiestas electrónicas ilegales, evasión impositiva, comercio informal y "vivieza criolla"
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Todos los días nos enteramos y, muchas veces nos vemos sacudidos, por las noticias de ilegalidades que se cometen en nuestro país y que, en la gran mayoría de los casos, se toman como cosas que simplemente suceden, sin preguntarse, siquiera, y mucho menos cuestionarse, acerca del porqué suceden y de la pasividad de las autoridades que deberían actuar de manera preventiva, asegurando con ello, en principio, los preceptos constitucionales que consagran la base fundamental del marco regulatorio de nuestra vida en sociedad.

Fiestas electrónicas no autorizadas, que sin embargo se realizan, y que en muchos casos dejan como saldo el costo de vidas tempranamente truncadas. Evasiones impositivas por doquier y a pedir del usuario, como si se tratase de un menú a la carta. Venta ilegal de mercadería “trucha” en las más de 600 “saladitas” que existen a lo largo y a lo ancho de todo el país, con el consecuente deterioro del comercio formal y, lo que es más preocupante aún, del empleo formal. Y, como esto no pretende constituir un listado taxativo, sino meramente ejemplificativo, la cereza del postre la podemos apreciar en la corrupción generalizada que se ha enquistado en todos los rincones de la Argentina y que, partiendo desde la misma Administración pública, baja a todos los estratos sociales e infecta con igual virulencia a todas las actividades de nuestro quehacer cotidiano.

Anomia” es un concepto teórico propio de la sociología que posee claras derivaciones de orden jurídico. Desde comienzos de los ‘90 Carlos Nino advertía que los científicos sociales no dedicaban esfuerzo alguno al estudio de la anomia en nuestro país. Y llama aún más la atención en estos días, en que nuestro país se debate ante graves problemas, que leamos y escuchemos en los medios de comunicación, acerca de este fenómeno social.

De alguna manera, el término anomia ha saltado a la fama mediática. El punto inicial, desde mi punto de vista, lo marca el texto de Carlos Nino. En él hipotetiza que la sociedad argentina muestra una tendencia recurrente, en especial de los factores de poder,, a la anomia en general y a la ilegalidad en particular, que reside en la inobservancia de normas jurídicas, morales y sociales.

Va más allá: dice que sorprende la visibilidad de esta tendencia hacia la ilegalidad y la estrecha vinculación entre anomia e ineficiencia social y entre ésta y la involución del desarrollo argentino. Agrega que estos hechos no han sido hasta ahora suficientemente estudiado por politicólogos, sociólogos, historiadores y economistas.

Nino expresa que, a pesar del papel central de la anomia para explicar muchos procesos sociales, hay una extraña ceguera normativa en muchos investigadores sociales que se resisten a tomar en cuenta este fenómeno como parte de la explicación de del subdesarrollo o del autoritarismo.

Hay una primera cuestión acerca del hecho de que existan niveles o grados de ilegalidad y/o anomia en nuestra sociedad argentina; en realidad podemos preguntarnos: ¿no resulta obvio enunciar estas cuestiones?, ¿no se hacen evidentes con sólo señalar ejemplos, como lo hace Nino (infracciones a los códigos de tránsito, urbano, evasión impositiva, corrupción en funcionarios públicos, etc.)?. Se puede citar una colección de ejemplos en el campo de la sociología acerca de la facilidad con que los hechos pueden identificarse tan pronto se presenta una idea teórica.

Creo que esto no es obvio y que, justamente este concepto teórico, anomia, resulta muy valioso al momento de analizar una sociedad. Fue introducido por Durkheim en “El Suicido”, pero ya figuraba en forma embrionaria en “Caminos de Salvación y Modos de Vida” de Max Weber. Es sumamente interesante en cuanto a las deducciones e interpretaciones sociológicas, políticas y filosóficas, porque analiza los comportamientos, como tipos ideales, del místico y del asceta , a quienes vemos generalmente como individuos de comportamiento social divergente.

El ascetismo, dice Weber, resulta negador del mundo, está orientado primariamente hacia la actividad, “tiene la relación interna negativa de una supuesta lucha contra el mundo ”.

El místico, en cambio, huye del mundo, “es la visión de...sentido del mundo, que no es capaz de comprender racionalmente porque lo concibe como una unidad fuera de toda realidad palpable ”.

El asceta contrasta su estado de gracia por el actuar. El místico vive de lo que espontáneamente le dan la naturaleza o los hombres .

Para el asceta se prueba la certidumbre de la salvación en la acción racional, unívoca según sentido, medios y fines, según principios y reglas”:...”Para el místico que está en posición anímica del bien de salvación, el anomismo −a-nomos, sin ley− puede ser la consecuencia de este estado: el sentimiento... de no hallarse vinculado a ninguna regla del obrar sino de conservar la certeza de la salvación, hágase lo que se haga”.

Esta definición primigenia, antecedente de posteriores teorizaciones sobre la anomia me pareció oportuna para interpretar algunos comportamientos sociales de los argentinos y resulta introductoria al planteo que nos interesa.

Nino comenta en la Introducción, (valiéndose de un recurso gracioso utilizado por mucha gente en la calle: “...el país es bárbaro, señora, lo que lo mata es la gente”), que la capacidad de una unidad política para satisfacer las expectativas de los individuos que son miembros de ella no depende fundamentalmente de sus condiciones físicas –como lo muestran los casos de Japón o Finlandia– sino de factores que tienen que ver con su sociedad; va más allá expresando que el nuestro ya es un país en pronunciadas vías de subdesarrollo, aclarando que se han señalado causas económicas y políticas para esta reversión del desarrollo argentino. Pero las razones de índole cultural, añade, se remontan a Alexis de Tocqueville, quien observaba en “La Democracia en América”, que a pesar de que las tierras sudamericanas eran tan ricas como las del norte, no se podría establecer la democracia ni generar los recursos necesarios para proveer a su felicidad debido a sus costumbres y al estado moral de su gente. Estas ideas son reforzadas por una referencia a Max Weber quien en la “Etica Protestante y el Espíritu del Capitalismo” señaló el camino que han seguido muchos sociólogos y politicólogos, cuando vinculó a la cultura asociada al calvinismo protestante con el desarrollo económico y político, en contraste con la influencia católica; esto lleva a Nino a reforzar el argumento de que la falta de una cultura del trabajo y de austeridad serían un factor determinante del pobre desarrollo capitalista de países como el nuestro.

En un trabajo que Jorge Vanossi se pueden encontrar algunas perlas: allí presenta Vanossi opiniones de personalidades (argentinos y extranjeros) vertidas en diferentes épocas sobre nuestra idiosincrasia y uno no puede dejar de sorprenderse al hallar en ellas indicios de anomia, de corrupción y de ilegalidad.

Reproduzco a continuación algunas de las más interesantes –muchas de ellas ácidas como apunta Vanossi– y podremos ver rasgos de los argentinos que se parecen mucho a los negros vaticinios que hiciera Tocqueville. Son rasgos fácilmente detectables y Vanossi, nuevamente, los percibe como anticipatorios de la decadencia argentina.

Mallea en “Meditación en la Costa”, dice refiriéndose al que viene del interior o del exterior: “pero aquel recién llegado... (a Buenos Aires) ...una ciudad nueva es un país de grandes distraídos, nadie tenía tiempo para cuestiones esenciales”, y se preguntaba: “¿No hay aquí un gran peligro de disgregación?”. Responde Mallea: “sí, tanto mayor cuanto que nadie quería detenerse, establecerse, hacer más fuerte esa fidelidad al espíritu de nación sin la cual un espíritu no persiste íntegro”.

Si vamos más atrás en el tiempo Lucio V. Mansilla denunciaba nuestra nativa negligencia y el desinterés por toda empresa de alto rumbo. Luego, Eduardo Wilde hablaba de la afanosa búsqueda de un acomodo, donde se trabaje poco y se gane mucho.

Estalisnao Zeballos, dijo: “Se vive en plena confusión de los medios con los ideales”.

Juan Agustín García, en “La Ciudad Indiana”, tiene un párrafo que Vanossi califica de muy impresionante: “La podredumbre se inicia en las clases superiores, desciende y se infiltra en todo el organismo social... todos viven en una atmósfera de mentiras, fraudes y cohechos. La sociedad se educa en el desprecio de la ley...”.

Juan Francisco Linares resumía este mismo párrafo en la sentencia: “culto al coraje, desprecio a la ley”.

Más atrás aún en la historia, Charles Darwin también se ocupó de los argentinos: le llamaba la atención que éstos ayudaran al delincuente a escapar y que fuera tan común el soborno a los funcionarios. Dice que parecería que el hombre ha pecado contra el gobierno, no contra el pueblo. Vanossi agrega: “Que es lo la que la corrupción o el acto de soborno viene a asumir en su proporción definitiva, es decir, un atentado a la sociedad y no una mera viveza criolla como señalamos precedentemente”.

Alfredo Ebelot, un francés que nos visitó a fines del siglo XIX señalaba tres rasgos: los argentinos son coimeros, entran muy a gusto en el peculado y cometen varias formas de la viveza como manera de eludir la legalidad; esto fue publicado en La Prensa, el 27 de octubre de 1891.

No podía estar ausente Ortega y Gasset y su famosa frase: “Argentinos a las cosas”. Pero Vanossi, después de analizar el texto de Ortega concluye que la frase precisa fue. “El argentino tiende a resbalar sobre toda ocupación o destino concreto. No se da a él con plenitud, se queda en reserva tras él, no se confunde con él”. Después viene aquello de que el argentino es el hombre a la defensiva y reflexiona Vanossi, es que vivimos, según Ortega, del “después”, de ahí viene esto de resbalar, por eso el “a las cosas”, es consecuencia y no causa.

A George Clemenceau se le adjudica la frase: la Argentina se salva gracias a que los políticos duermen y los gobernantes también; porque, entonces, roban menos horas al día. Vanossi no ha podido verificar si esto fue dicho realmente por Clemenceau, pero sí se sabe que ha expresado críticas fuertes a la clase política argentina.

Albert Einstein, que visitó nuestro país promediando la década del 20, no podía comprender cómo podía haber progreso con una desorganización tan grande en el sistema de gobierno, en la administración y en las relaciones culturales.

La pregunta que surge en esta instancia es: ¿quiénes fueron los que integraron en un principio nuestro país, como para que el resultado de sus acciones dieran lugar a visiones tan duras, o es que, finalmente Tocqueville tuvo razón en su predicción?.

José Luis Romero describe la “era aluvial”, que comienza aproximadamente en 1880. Llegan los inmigrantes y, al mezclarse con la sociedad criolla, la “conformación espiritual” de la nueva realidad social adquiere características de conglomerado, de masa informe. Para Romero, el motivo que impulsa a inmigrar es económico y provenía de la certidumbre de que la vida en estas tierras ofrecía posibilidades sin límite para el esfuerzo grande. Muchos triunfaron permitiendo el nacimiento de una clase adinerada en la que se fue formando cierta psicología caracterizada por la sobrestimación del éxito económico.

Pero esto no fue lo único que ocurrió; Romero dice que el inmigrante, al abandonar su tierra, abandonaba también su sistema de normas y principios. Como ciudadano y como hombre ético, era un desarraigado a quien este país no podía ofrecer una categórica estructura social y moral, debido a la escasa densidad de población y a la singular etapa de desarrollo en que se hallaba.

Al mismo tiempo, la elite, que se sentía perpleja ante el proceso de transformación social, percibiendo que el conjunto criollo-inmigratorio daba origen a un proletariado y a una clase media de contornos definidos, sabía que, al ser poseedora de capital, podía cumplir un papel económico relevante en ese proceso. Se unían así el sentido de aristocracia y el afán de enriquecimiento. Los hábitos austeros de antes fueron desapareciendo ante la riqueza que alcanzaba el país y en “la pendiente hacia la riqueza”, frase que utiliza Romero para describir la situación, pronto aparecieron aventuras económicas con aspecto de oscuros negocios.

Al propio tiempo, para el ascenso social el dinero fue la llave y el alud inmigratorio tendió a desentenderse de los problemas propios de la convivencia social; el resultado fue una crisis moral.

Gino Germani en “Argentina, Sociedad de Masas”, recuerda: “En un libro publicado en 1942, F. Serret nos cuenta que su primer empleo en Buenos Aires fue desbarador en una fundición, luego pintor de letras, cuyo oficio no conocía, para tentar después el de profesor de matemáticas y francés con el mismo desenfado anterior. En una nueva y efímera experiencia tiene un conflicto con los alumnos y a los diez días será changador de bolsas de maíz en Zárate, por dos días. Pasa a ser mecánico de un aserradero en Córdoba, tendero, panadero, conductor de mulas, minero en Salta, empleado de farmacia, tapicero, pintor de arte, cocinero en la Quiaca y finalmente ingeniero, cargo al que llegó por un aviso en la prensa y para el que demuestra los mismos conocimientos que para los anteriores”.

Vanossi, a través de este trabajo revelador, enuncia las que considera fallas que nos han llevado a la decadencia. En este sentido concuerda con Nino; para Vanossi la guía de “los grandes inventos criollos” incluye la idea según la cual se puede distribuir hasta el infinito sin crear simultáneamente riqueza. El otro invento es crear una nueva ética en virtud de la cual es posible anotarse y suscribirse exclusivamente a los beneficios sin querer soportar y evadirse del riesgo.

Y el “invento criollo” enunciado por Vanossi que más nos interesa: se intenta vivir sin un sistema de premios y castigos. Violar la ley no es lo mismo que respetar la ley, dice, sino se entra en anomia.

¿Qué solución da Nino para maximizar la eficacia de las normas jurídicas de modo tal de contrarrestar la anomia?

Para neutralizar tanto la anomia institucional como la que se da en la vida social argentina en general, Nino enumera varios controles, pero hay un control que tiene particular interés: la educación normativa, que puede promover la observancia no sólo de normas jurídicas, sino también de convenciones y normas sociales y morales.

Se refiere a un proceso educativo que puede ser formal o informal; en esto coincide con Dahrendorf, quien considera a la enseñanza normativa imprescindible para la vida democrática.

La educación produciría la transformación de las preferencias de los individuos por los comportamientos no divergentes.

En realidad, la anomia es profundamente antidemocrática, ya que implica imponer a los demás los efectos de acciones avalados por normas que surgen de la decisión personal y no de la deliberación y decisión colectivas.

Por lo tanto, la defensa de un proceso democrático requiere de la adopción de procedimientos para hacer observables las normas que emergen de ese mismo proceso.

Todo esto debería realizarse una vez que se internalice la idea de que los niveles de anomia a que se ha llegado en la sociedad argentina son profundas y ponen en riesgo la perspectiva de lograr un desarrollo integral. ¿Cómo se internaliza esta idea?: promoviendo la investigación de estos temas en las ciencias sociales. Esta tarea de investigación deberá incluir no solamente la recolección de datos empíricos, sino también labor teórica; todo esto llevará a contrarrestar esta idea de que toda la sociedad argentina sufre uniformemente de anomia y echará algo de luz acerca de la disyunción que existe entre las metas culturales a las que aspira la gente y las posibilidades de vivir realmente de acuerdo a ellas.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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