EL TOTALITARISMO

Incidencia de factores sociales y actitudinales. La obra de Hannah Arendt - Segunda Parte.

Arendt se encuentra abocada a estudiar y expandir la comprensión del totalitarismo a través de dos movimientos típicos de su época, el nacionalsocialismo y el estalinismo. Su categoría de análisis es el “imperialismo continental” por medio del cual explica la consolidación del movimiento totalitario. Claro que, para que éste régimen pueda llevarse a cabo, uno debe preguntarse por el papel de la propaganda y los medios comunicativos. En efecto, los totalitarismos llegan al poder a través del discurso conspirativo, la presencia de un mal que amenaza el bienestar de la población y de los más vulnerables, mujeres y niños. Esta conspiración, en el caso del nacionalsocialismo del pueblo judío y del estalinismo del capital, corresponde a tácticas que deshumanizan al otro y lo reducen cosificándolo de despojarlo de su dignidad. La función de este mecanismo es la expansión del poder de una forma “patológica y enfermiza”. No obstante, al igual que otros como Fromm, Arendt advierte que el peligro del totalitarismo no se aplica sólo a Alemania y Rusia, sino también a los Estados Unidos y la forma de vida capitalista. El proceso totalitario es posible cuando el ciudadano se convierte en un consumidor trivial anulando su consciencia y su capacidad para ejercer el pensamiento crítico.

El totalitarismo se desprende de las normas éticas so pretexto de servir al pueblo, pero en el fondo sacrifica a sus propios adherentes. Muchos nacionalsocialistas y comunistas denunciaban estar en manos de una conspiración internacional, pero no dudaban en entregar a sus propios familiares para ganar mayor estatus y prestigio frente a los ojos de sus correligionarios dentro del partido. Los totalitarismos, admite Arendt, no son un mero producto de la propaganda, aun cuando sus discursos son reforzados por medio de narrativas que apelan a la emocionalidad, por el contrario los totalitarismos descansan en “la desconfianza, el idealismo y la conformidad”. En líneas generales, dichos movimientos descansan en los siguientes puntos centrales:

a) La sociedad es organizada mediante a artilugios que desdibujan la clásica división de clases.

b) Existe un fuerte apego del líder con la masa de ciudadanos quienes rápidamente lo olvidan una vez muerto o depuesto el régimen.

c) A diferencia de los Estados autoritarios, los totalitarios tienen control completo de la vida de sus ciudadanos y el espacio público.

d) Desprecio por la vida humana o Infra-valorización de grupos minoritarios.

e) Los desacuerdos en las ideas son presentados como ajenos a la razón y producto de fuerzas naturales anclados en una visión tergiversada de la historia. Por ser biológicamente antagónicos, sólo el derecho del más fuerte puede resolver dichos conflictos.

f) La creencia en que el pueblo había tomado parte activa no solo en el Gobierno sino en la forma de hacer la historia.

Los grupos totalitarios antes de llegar al poder no atacan en forma directa a la democracia sino que la van minando desde dentro. Su discurso se encuentra orientado a hacer creer a la población que la República ha sido en el pasado la causante de las miserias y privaciones del presente, ya que ignoran el principio de igualdad ciudadana ante la ley, rompiendo así con el sistema de estratificación social. Sabemos, dice Arendt, “los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirlas. Esto es algo más que maligna astucia por parte de los dirigentes o estupidez infantil por parte de las masas. Las libertades democráticas pueden hallarse basadas en igualdad de todos los ciudadanos ante la ley; sin embargo, adquieren su significado y funcionan orgánicamente sólo allí donde los ciudadanos pertenecen a grupos y son representados por éstos o donde forman una jerarquía social y política”. Tanto en la Alemania nazi como la Rusia de Stalin la falta de una jerarquización social significaría en asenso del totalitarismo como forma hegemónica de gobierno. Tres fases han precedido a la creación de los gobiernos absolutos, el antisemitismo propio de la Europa medieval y moderna, el imperialismo surgido a raíz de “la falsa modestia” de la burguesía que confirió el ejercicio del poder a las aristocracias, y por último, el totalitarismo nacido de la incapacidad de esas aristocracias para involucrarse en la arena política de la República.

Ahora bien, ¿en que se diferencian los absolutistas del siglo XIX con los movimientos de masas de los años 30?, o ¿puede por ejemplo homologarse Otto Von Bismark con Adolfo Hitler?. Arendt afirma que mientras existen estructuras autoritarias donde se fagocita la lucha individual por los propios intereses, los totalitarismos tienen la habilidad de subsumir al individuo y hacerlo renunciar hasta de sus propios privilegios e intereses; este mecanismo conlleva la idea de anular la voluntad subjetiva. Mientras para los primeros, la indiferencia política puede tranquilamente ser un subterfugio tolerable, para los segundos, es algo inadmisible signo de traición al resto de la comunidad. El totalitarismo rompe con la subjetividad.

La indiferencia política es considerada una forma de traición para la mente totalitaria. Con la ruptura del sistema de clases, murieron también gran parte de los partidos europeos y la posibilidad de mejorar la acción deliberativa. Ese fue el motivo por el cual, incluso los más ilustrados se vieron desprovistos de crítica y se abandonaron a la masa. Arendt, en este punto, indaga sobre las fuerzas sociales que fundamentaron el nazismo y no sobre la filosofía hermenéutica del sujeto. Este salto cualitativo es de importancia para seguir la lectura que hacen la autora sobre los totalitarismos. Más todavía ¿Por qué la educación no fue una barrera para frenar la barbarie?. La característica del “hombre-masa” es precisamente su falta de apego a los grupos y sus estatutos. La dicotomización o fragmentación social producida por la modernidad generó cierto desamparo que fue corregido por una fe ciega, de obediencia extrema y de odio hacia si mismos como nunca antes se vio, todos ellos sentimientos dispersos y articulados por imposición de la ideología. Esta última opera en todos los niveles de la acción social, pero mayor éxito consigue cuando los vínculos están disgregados y disminuido el yo. Los intelectuales, sin ir más lejos, casi siempre olvidados o de espaldas al mundo, parecen ser presa fácil para las garras del totalitarismo (cooptación).

La psicología del totalitario puede verse plasmada en el uso que el régimen hace del terror y la propaganda; Arendt va a admitir que “la propaganda es, desde luego, parte inevitable de la guerra psicológica, pero el terror lo es más. El terror sigue siendo utilizado por los regímenes totalitarios incluso cuando ya han sido logrados sus objetivos psicológicos: su verdadero horror estriba en que reina sobre una población completamente sometida. Alí donde es llevado a la perfección el dominio del terror, como en los campos de concentración, la propaganda desaparece por completo”. En esta parte de su obra, el terror es concebido como la parte complementaria pero contrastante a la propaganda; mientras la segunda disuade, por medio de discursos emotivos, la segunda paraliza cerrando todas las alternativas de resistencia. La paradoja radica en que el sentimiento de inseguridad que propugna no es tal, pero sirve a sus fines, y una vez en el poder, generan un estado de desastre real que nadie percibe.

Siguiendo este argumento, L. Rodríguez Suárez enfatiza en que Arendt ha contribuido a poder visualizar y comprender con claridad fenómenos de nuestro tiempo que sólo aconteció en el siglo XX. En tanto testigo privilegiado, su pensamiento apunta a comprender el significado de la razón por medio de la disociación entre pensamiento y conocimiento, los cuales además guardan diferentes funciones. El primero se refiere a la capacidad para llegar a un significado, mientras el segundo permite construir conocimiento. La razón es funcional al significado pero no necesariamente al conocimiento. Ese es el motivo por el cual a los filósofos les cuesta identificar a tiempo y comprender al totalitarismo. El pensamiento occidental se torna al totalitarismo sólo por sus causas descuidando la trascendencia del fenómeno en cuanto a significado. La segunda gran contribución de Arendt es que ha permitido indagar en la fenomenología de la acción humana y su conexión con la modernidad en forma brillante. La crisis de las instituciones democráticas son progresivas y resultado del socavamiento de valores de la modernidad. Este proceso alienante transforma ciudadanos en simples consumidores, generando una crisis donde se combinan la impersonalidad y la ruptura de la autoridad. En la antigüedad clásica por ejemplo, la autoridad daba respuesta al vacío, o brecha, entre la coacción (reino de la fuerza) y la persuasión (razón) como necesidad de dar un fundamento a la gobernabilidad. Empero, si la autoridad era una alternativa entre ley y voluntad, podemos entender que la política implicaba un sentimiento de sumisión y obediencia entre los diferentes actores a la polis. Por el contrario, la modernidad ha fragmentado la autoridad de la política y del espacio público confiriendo al Estado mayor capacidad de ejercer coacción. La crisis de la autoridad, que deviene de la falta de pensamiento crítico, se replica por medio de una educación sistemática, automatizada y despersonalizada que empuja al hombre hacia la inseguridad y el totalitarismo.

Entonces, el totalitarismo sería una respuesta a la “demanda incesante” de situaciones o experiencias (seguridad) las cuales al no poder ser satisfechas por el Estado deben descansar en el instrumentalismo de la modernidad (mercado). Esta demanda “paranoica” sería resultado de la desintegración del yo que puede hacer del ser humano una maquina cosificada. Esta idea última cierra todo el desarrollo de Arendt en cuanto a la necesidad de la condición humana, la instrumentalidad y crisis de la república, la dictadura y la banalidad del mal. La agudeza de Arendt sobre estos temas da muchas respuestas pero también dejan preguntas. Ahora bien, si democracia, política y mal son categorías pos-metafísicas ¿hasta que punto su argumento es superador de Hobbes?, ¿es posible volver a una democracia ateniense antigua que permita trascender el instrumentalismo moderno?, ¿no es la visión de Arendt utópica e imposible?, ¿no es la búsqueda incesante de la república pérdida o la democracia ideal aquella que por su imposibilidad lleva a la dictadura misma?, ¿es humana una política sin ejercicio de la violencia?. Todas estas preguntas deben ser respondidas; pero lo claro debe ser que Arendt complementa, no socava la posición de los neo-hobessianos sobre temas asociados a la seguridad; en ese contexto, sus aportes aún siguen siendo oportunos y estando vigentes.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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