"LA BANALIDAD DEL MAL"

Hannah Arendt, el holocauso y el juicio a Eichmann
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La banalidad del mal” se contrapone a la presencia del mal “radical” conceptos elaborados y mencionados en “Los Orígenes del totalitarismo” El mal extremo adquiere una naturaleza inhumana por medio de eventos los cuales nunca debería repetirse. Desde el momento en que el Juicio de Eichmann es presentado como un reporte de hechos interpretados bajo la experiencia de su autora, ello le valió varías críticas que la acusaban de no ser objetiva, ya que no puede existir un divorcio entre el contexto y el individuo. Esta forma de pensamiento cuestiona seriamente la posibilidad de “una banalidad del mal” ya que los hechos no pueden experimentarse fuera de la historia. La banalidad del mal como concepto representa un comportamiento subjetivo que no implica perversidad sino complacencia. Si se parte de la base que el pensamiento cumple un rol esencial en los temas éticos, entonces el mal es definido por Arendt como la falta de pensamiento y juicio que es una de las características primordiales de los hombres “banales”. De esta forma, se advierte que el pensamiento protege a los hombres de las influencias de las ideologías. Lo que finalmente horroriza de Eichmann no son sus pensamientos sino la posibilidad de que sus actos hayan trascendido “lo que uno mismo puede comprender” moralmente.

Si para Arendt el espacio público es un lugar donde la acción y la comunicación se juntan, en Sloterdijk el hombre de la cultura moderna ha perdido su mirada crítica y con ella la posibilidad de vincularse con otros -fuera de la escena mediática-. La modernidad ha inventado al “perdedor” y al resentimiento como emoción paralizante. El espectáculo público, desdibujado en su esencia, parece hoy ser funcional al usufructo generado por el consumo y por las diversas frustraciones que transforma en resignación. En lugar de tomar espacio en el debate público, el hombre posmoderno se contenta con aumentar su poder o riqueza y autoestimularse con el consumo desmedido.

La posición de Arendt con respecto al mal parece clara a grandes rasgos, la despersonalización y el instrumentalismo pueden hacer más daño a una sociedad que cualquier otra cosa. La cuestión de lo maligno y el terror que ello despierta debe considerarse exclusivamente un problema político. Al respecto dice C. Robin “si a algún otro pensador le debemos nuestro agradecimiento, o nuestro escepticismo, por la noción de que el totalitarismo fue antes que nada una agresión contra la integridad del yo inspirada por una ideología, es sin dudas, a Hannah Arendt”. Pero sin lugar a dudas, Arendt es la contratara de T. Hobbes; si en el británico, el miedo lleva a la idea de una pacificación forzosa, en Arendt la sumisión se corresponde con una evidente falta de confianza personal. ¿De donde proviene tanta disparidad en el pensamiento de ambos filósofos?. Robin parece encontrar una respuesta tentativa asociada a la visión de un yo cada vez más fragmentado y débil. Entre Hobbes y Arendt, el “yo” había sufrido cambios sustanciales producto de revoluciones y contrarrevoluciones políticas. Las contribuciones de Tocqueville en la conformación de una idea que implica “la pequeñez del yo” frente a la libertad han permanecido en la forma de concebir el miedo político de Arendt.

El “terror total” se encontraba orientado a destruir de raíz la libertad y la responsabilidad por los propios actos en aras de la eficiencia racional. No es así, enfatiza Robin, la brutalidad de los crímenes cometidos por los Nazis o los Bolcheviques contra los disidentes, lo que hace al totalitarismo sino la impersonalidad y sistematicidad con que a diario se ejercían. El objetivo se presenta como externo al sistema ético-moral por voluntad del más fuerte. Esta forma de pensar, propia del existencialismo alemán del cual Arendt no se podía desprender, le causó serios dolores de cabeza ya que fue acusada por sus propios correligionarios judíos de “traidora”. Las respuestas culturalistas que apuntaban al holocausto y/o terror total como resultados de la herencia cultural alemana o rusa, no la convencían en absoluto. Ella sostenía, quizás erróneamente, quizás acertadamente,que lo sucedido en Alemania o Rusia podía ser replicado en cualquier otra nación. Fue así que en su desarrollo, Arendt presentaba a un Eichmann desprovisto de una “maldad extrema” casi diabólica, sino como un producto acabado de la lógica legal-racional cuya voluntad crítica había sido colapsada por la ideología Nacionalsocialista.

Tan similar en su argumento a los primeros frankfurtianos, Arendt insistía en que el miedo político se estructuraba alrededor del hombre-masa cuyos intereses son sacrificados a favor de un líder. Carente de expectativas, política y objetivos, la masa poseía una personalidad patológica de anomia y desarraigo. Esta desorganización era potencialmente funcional a los intereses a los caudillos totalitarios quienes brindaban (temporalmente) un alivio a la ansiedad del aislamiento. Lo cierto parece ser que: “así anunció Arendt desde muy pronto su orientación tocquevilliana; fue Tocqueville quien primero recurrió a la masa como fuente generadora de la tiranía moderna y quien argumentó que la experiencia primaria de la masa no era el miedo hobbesiano ni el terror de Montesquieu –ambos respuesta al poder superior- era más bien la ansiedad del desarraigo. Como Tocqueville, Arendt creía que la masa era el motor primario de la tiranía moderna y que la ansiedad anómica era el combustible. Si bien apreciaba que los gobernantes totalitarios como Stalin habían creado las condiciones sociales para esa ansiedad –y que otros regímenes totalitarios podían hacer lo mismo-, el impulso primario de su argumento fue que la ansiedad de la masa era resultado de una anomia persistente y que producía un movimiento a favor del terror totalitario”.

A diferencia de Tocqueville, quien asumía que la ansiedad era causa de la igualdad, Arendt la considera como derivante de la desestructuración de las clases sociales y el desempleo. A diferencia del aislamiento, el cual implicaba que el sujeto siguiera inserto en un ámbito laboral con relaciones ciertamente estables, la falta de empleo depreciaba la calidad humana confinándola a la desesperación, a la soledad. El problema central en la tesis de Arendt sobre el terror total es que despoja a los actores de toda responsabilidad ética y moral por sus actos. Convirtiéndolos en casi “niños de pecho” en busca de prestigio y estatus, nuestra filósofa desdibuja los límites entre el victimario y la víctima. El problema de la victimización, como convergencia entre victimario y victima, es abordado por la filósofa M. Pía-Lara quien en su libro “Narrar el Mal” toma las contribuciones de Arendt en el estudio del totalitarismo. Todo movimiento totalitario encierra un daño moral a la sociedad misma, que debe ser expiado y resarcido. Ese daño ha sido producto de un contexto específico y anclado en un momento del tiempo que jamás puede extrapolarse; no obstante, eso no implica renunciar a la memoria. Lara lleva el argumento de Arendt a una posición difícil, ¿cómo recordar hechos traumáticos del pasado, deshaciéndose de los prejuicios del hoy?. Una respuesta tentativa para quienes lean “Narrar el Mal”, es por medio del “Juicio Reflexionante”.

El juicio “reflexionante” no solo ayuda a la gente a comprender los desastres morales como Auschwitz, sino a reconstruir una historia integradora de la subjetividad, y no una versión subjetiva de la historia. Al igual que Arendt, Lara acepta que la crueldad ha sido una pasión humana demostrada a lo largo de siglos y siglos de historia, pero en otro ángulo, argumenta que el sobreviviente y su versión ayudan a comprender el evento, y lo que es más importante, la mayor cantidad de voces (de esos sobrevivientes) permiten la construcción de una memoria amplia sobre el pasado. La banalidad del mal en Arendt, admite Lara, coincide con el rol del poder como silenciador de la “consciencia moral” ya que sin ella, el totalitarismo no sería posible. Los movimientos totalitarios son un producto de una versión sesgada del pasado que lleva a cosificar al ciudadano, unilateralizarlo en una cuestión de todo o nada. Los totalitarismos también se nutren del sufrimiento ya que pueden legitimarse por la búsqueda constantes de “chivos expiatorios”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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