EL INCESTO: La justicia argentina autorizó el casamiento entre madrastra e hijastra

Un juez de Familia de Rosario autorizó el casamiento entre una mujer y su hijastra de la misma edad al declarar inconstitucional el artículo del Código Civil que impide el matrimonio entre parientes políticos.

La noticia es fría, escueta y por demás chocante. Un juez de Familia de Rosario autorizó el casamiento entre una mujer y su hijastra de la misma edad al declarar inconstitucional el artículo del Código Civil que impide el matrimonio entre parientes políticos.

En un fallo sin precedentes, el juez de Familia Ricardo Dutto autorizó el matrimonio civil entre una mujer de 33 años y la hija de su excónyuge de 32, al entender que no hubo trato de madre/hija entre ambas por la similitud etaria y atento a que el vínculo con el hombre fallecido se extendió por apenas cuatro meses.

Para autorizar el "infrecuente" matrimonio "como lo menciona en el fallo-, el juez declaró la inconstitucionalidad del inciso C del artículo 403 del Código Civil, que impide las nupcias entre "parientes afines en línea recta".

En los fundamentos de su resolución, Dutto consideró el escaso vínculo entre ambas; que la madrastra no había tenido hijos con el su marido fallecido "lo cual diluye turbaciones familiares"; el "carácter personal y libre del consentimiento matrimonial y la dignidad de la persona humana".

Hasta aquí la explicación legal de la resolución tomada por la justicia. Pero sabemos que muchas veces lo legal no va de la mano de lo cultural y, justamente por eso, lo primero que se nos viene a la mente en este caso puntual es uno de los temas más espinosos de la ética humana: el incesto.

La regulación de las relaciones parentales son variables de acuerdo con los contextos culturales. Son conocidas la frecuente poliginia de los varones en las casas reales del antiguo Egipto y del Tiwantisuyo incaico, así como diversas prácticas que hoy denominaríamos incestuosas en muchas otras antiguas culturas americanas, de la Polinesia y del África. Por lo general esto ha sido explicado en razón de la intención de mantener concentrado el poder dinástico o de los grupos de poder, pero en verdad, lo que desde una visión etnocéntrica podemos leer como incesto, en otras culturas son comportamientos que no configuran necesariamente interdicciones sexuales, sino que definen otros papeles socialmente posibles o prohibiciones que sostienen otro tipo de regulaciones culturales.

No obstante, gran parte de las culturas, tanto de Occidente como de Oriente, en la actualidad consideran las relaciones sexuales entre parientes de primer o segundo grado como una falta (y en algunos países un delito), incluso si son practicadas con mutuo consentimiento entre mayores de edad, aunque varían en la determinación de la mayor o menor afinidad y en la consideración o no de la consanguineidad (cuando se prohíben, por ejemplo, las relaciones entre hermanos adoptivos).

Históricamente los grandes metarrelatos religiosos condenaron el incesto: la ley mosaica y, por ende, después las diversas Iglesias cristianas: "Ningún varón se llegue a parienta próxima alguna, para descubrir su desnudez" (Levítico 18: 6); consecuentemente el catolicismo: Accesuscarnalis ad consanguineam, vel affinem intra gradus ab Ecclesia prohibitos; el Islam: "Temed a Allah, en cuyo nombre os reclamáis vuestros derechos, y respetad los lazos de parentesco. Por cierto que Allah os observa" (Sura 4, Corán).

Especialmente en el mundo occidental, la secularización y la pérdida de eficacia de tales formaciones discursivas en la modernidad condujeron a que la medicina produjese el cierre parafrástico del "incesto" a partir de argumentos eugenésicos. El discurso médico vinculó las prácticas incestuosas con graves perturbaciones mentales o directamente con el campo genérico de la anormalidad, basado tanto en la explicación de los genes recesivos que causarían retrasos mentales como en la reducción de la variabilidad genética, necesaria para la supervivencia de la especie humana.

Las leyes que penalizan el incesto y/o lo consideran una falta grave no se mantienen hoy en muchos países, pero sí es una conducta delictiva, por ejemplo, en Alemania, y especialmente severa en Estados Unidos. En este último país existen algunos casos jurídicos paradigmáticos respecto al incesto. Una pareja de hermanos, Allen y Patricia Muth, mantuvieron una relación de adultos de la cual nacieron varios hijos. Por ello fueron procesados y condenados por el estado de Ohio. Apelaron, fundamentados en la resolución del veredicto del caso "Lawrence vs. Texas", en el cual el Tribunal Supremo, en un caso de relaciones homosexuales entre adultos, reconoció que éstos "tienen derecho al respeto a su vida privada" y que de acuerdo con la Decimocuarta Enmienda, "el Estado no puede gobernar su existencia o controlar su destino convirtiendo en crimen su conducta sexual en privado". No obstante, esta extensión del reconocimiento del incesto como materia de relaciones sexuales del ámbito privado no prosperó y el Tribunal falló en su contra.

Las perspectivas culturalistas de las ciencias sociales ponen el énfasis en la regulación cultural de las conductas incestuosas y, más precisamente del incesto, como la primera regla que funda la cultura humana. Desde el campo del discurso antropológico, Lévi–Strauss fijó el comportamiento exogámico como patrón necesario para el surgimiento mismo de la cultura. Para Lévi–Strauss, la "regla del tabú del incesto" es omnipresente en todas las culturas, algo "constante en todos los hombres", lo que le otorga su carácter "universal". Pero, claramente, no la distingue como una regla más, sino como la única regla natural que implica el paso de la naturaleza a la cultura. En este proceso cada cultura establece una particular "semántica", por ello también la visión peyorativa del incesto en Occidente no es extensible a todas las culturas. Lévi–Strauss establece una diferencia entre el incesto biológico y el social, pues lo que hace el tabú es prohibir y/o permitir en forma indistinta uno u otro. Así, por ejemplo, en ciertas culturas pueden casarse los primos cruzados, pero no los primos paralelos. No obstante, todas lo regulan (crean la cultura), siendo el incesto el principio del orden social. La cultura precisamente supone la intervención a partir de la prohibición incestuosa, el paso del azar a la regulación.

El psicoanálisis comparte con la antropología estructuralista el interés en la universalidad del tabú del incesto. Freud también sostiene el carácter universal de este tabú y su carácter de límite de lo animal a lo humano.

¿Qué es lo que explicaría el horror al incesto a pesar de su relativa frecuencia como experiencia en la sociedad? Freud, después de descartar una serie de hipótesis de gran fuerza, desenvuelve una explicación histórico–conjetural. Desde una visión darwinista, Freud plantea un hombre que vivía originalmente en hordas, al estilo de los simios, cuya organización se establecía en virtud de la fuerza del macho más poderoso. Éste se apoderaba de todas las hembras del mismo grupo y el resto de los machos, sus hijos, debían salir a buscar hembras en otros grupos.

En una segunda instancia, la ambivalencia entre amor y odio de los hijos hacia el padre se resuelve en la matanza del padre y la subsecuente culpa, que reagrupa y une a los hijos, estableciendo leyes para su organización: la primera reza "no matarás a tu hermano", y la segunda, "no te casarás con las mujeres de tu grupo".

Si el incesto es analizado simplemente desde el deseo, el afecto y el placer sexual consentido, cualquiera de los argumentos en su contra no se sostiene y necesariamente hay que apelar nuevamente o a criterios metafísicos o a las emociones que subyacen detrás de esta interdicción: la repugnancia y la indignación, para su condena. Pero, más allá de cualquier teoría, ¿qué podemos leer detrás de las emociones que constituyen el horror al incesto? O mejor dicho, ¿qué es lo que las sustenta?

En general, la gente que fue consultada sobre qué le suscitaba el incesto respondió con una multiplicidad de epítetos: bizarro, aberración, repugnante, porquería, cosa de animales que no razonan, horroroso, vergonzoso, triste, asco, abominable, horrible, bestial, reprobable, de eso ni hablar, no existe, crimen. Lo más reiterativo fue "repugnancia", "asco" y "aberración".

Lo repugnante nos sitúa en el campo del asco, de aquello que nos remite a lo pútrido de la muerte, al no ser. Quizás por eso la conexión con la idea del incesto active esa repugnancia. No ya desde lo fétido en sí, sino por la asociación con el no ser, con la idea de ser animal (precisamente el límite entre cultura y naturaleza), o con lo contaminado e impuro que supone la violación del precepto divino por excelencia: no hacer lo que sólo les está reservado a los dioses. En definitiva, la emoción no sería algo innato en sí mismo sino efecto discursivo de las particulares formaciones ideológicas que sustentan la regulación del incesto, sea porque las relaciones parentales son necesarias para el sostenimiento de un orden posible o, precisamente, para la reproducción de las relaciones de producción de tal orden.

En un sentido más abstracto podemos considerar al incesto como una metáfora de la abyección. Lo abyecto se construye como una metáfora absolutamente polisémica. El ser abyecto es precisamente la otredad, un universal, significante vacío por contraste, siempre ficcionalmente representado desde el universal hegemónico que fija el sentido dominante. Un telos que intenta representar lo irrepresentable. Contrastes que sin ser otra cosa, comprenden todos los posibles sentidos que la sutura —en su relación de alteridad— estableció, dio nombre y constituyó como diferencia —formaciones discursivas subalternas— e, incluso, aquellos posibles sentidos, actitudes, comportamientos que puedan surgir. Por eso, cuando en una encuesta realizada en España en el marco de un proyecto de investigación se preguntó, desde un criterio geográfico, con quiénes se relacionaba el incesto, los entrevistados respondieron (en verdad más prejuiciosa que geográficamente): "indios", "chinos", "negros", "orientales" y "tribus de la selva". Nótese el criterio de extranjería, de los "otros" y lo racial llenando de sentido al incesto.

Es así como la abyección y la repugnancia se constituyen históricamente de acuerdo con las condiciones de producción del otro subalterno. En este sentido debe ser interpretada la repugnancia al incesto no en abstracto, ni como producto del instinto ni de genes culturalmente activados, sino como un universal vacío de las posibles y múltiples asociaciones semánticas de lo otro abyecto para cada tiempo y espacio particulares.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

Te puede interesar