PERIODISMO PROFESIÓN VS. PERIODISMO EMPRESA

Cuando la noticia es mercancía de "compra - venta"

La ex Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, pasó ayer por los Tribunales Federales de Comodoro Py para que le fueran tomadas las huellas dactilares, tal como lo prescribe el procedimiento judicial con cualquier persona que se encuentre imputada en la comisión de un delito, y este hecho, más allá de la cobertura periodística que mostró el momento en que la ex mandataria entraba y salía de la sede judicial, no tuvo mayor repercusión. Es decir, no se infló la noticia o el hecho en sí, quizá, y esto tómese como una mera suposición, por la falta de predisposición de la imputada, seguramente muy bien calculada por ella y por los letrados que la asesoran, a no montar un espectáculo sobre un simple trámite, espectáculo que, vale aclarar, sí se montó en oportunidades anteriores. Dicho en otros términos, la concurrencia de Cristina Fernández de Kirchner por los tribunales no ofreció la posibilidad de ser un acontecimiento que pudiese retribuirle a los medios de comunicación una ganancia económica extra traducida en números de rating.

Por otro lado, la atención periodística mundial y local ayer estuvo centrada en la tragedia del accidente aéreo que le costó la vida a casi todo el plantel profesional del equipo Chapecoense de fútbol, en donde no faltaron las más impactantes imágenes, así como, también, el relato de insignificantes y tétricos detalles, con la gran carga emotiva que ello significa. Esta sí fue una noticia que “vendía”, y por ello, sin sopesar ningún tipo de autocontrol ético en la información, se sobrepasaron todos los límites que la función periodística impone.

Frecuentemente, la ocurrencia de ciertos hechos lamentables nos demuestran que estamos atravesando por una grave crisis de los valores tradicionales. De forma general se observa que principios fundamentales considerados antaño de carácter universal, han perdido vigencia como sistema de valores, incidiendo negativamente en las diferentes actividades sociales, donde el Periodismo en cuanto tal, no se encuentra ajeno al problema.


Los medios masivos efectúan una función mediadora entre la realidad y quien no tiene acceso directo o fácil a ella. Al reflejarla, los medios la interpretan y “ manipulan”; es decir, trabajan sobre ella, ya que no les viene totalmente dada, para ofrecérsela y explicársela a un público que la desconoce. Esta libertad para comunicar que tienen los medios, debe ajustarse a dos grandes limitaciones, si quieren ser respetuosos con los derechos básicos de cada cual: no debe perjudicar a la libertad de nadie, y debe utilizarse para bien y no para mal.

Sin embargo, la realidad nos muestra que son pocos los medios que se ajustan a dichas limitaciones. El mayor daño que los medios hacen consiste en informar de lo que no deben o en meterse donde no les está permitido hacerlo porque a nadie le hace falta que lo hagan. Publicar aquello que debe ser privado, con la intención de hacerlo más "vendible", se evidencia claramente que el derecho a la intimidad y a la propia imagen es uno de los derechos más amenazados por la libertad de expresión.

Podría afirmarse de que se trata de un “conflicto entre libertades”: la libertad del individuo a ser soberano en su ámbito privado, contra la libertad del medio a revelar lo que ocurre en ese ámbito cuando juzga que es de interés general. Vale decir, “derecho a la intimidad” frente a “libertad de expresión”.

La catedrática de Filosofía del Derecho, Moral y Política de la Universidad Autónoma de Barcelona, Victoria Camps, considera que cuando ambos derechos chocan entre sí, es porque se ha cruzado entre ellos el interés económico que es ciego frente a los derechos humanos.

Los medios de comunicación no son agrupaciones altruistas de profesionales con el único fin de informar correctamente de lo que ocurre. Son empresas con ánimo de lucro que deben responder al objetivo prioritario de maximizar sus beneficios. Por lo tanto, como cualquier otra empresa, tienen que cumplir con diversas funciones: Ser competitivas en el mercado, lanzar productos de calidad, aumentar la profesionalidad de sus empleados, generar beneficios y asegurar su capacidad de permanencia.


Así, se puede definir a la empresa informativa como “aquella que se dedica a la compra-venta de informaciones y, por consiguiente, abre un mercado de noticias, en el que la principal mercancía es la información”.

Precisamente este peculiar producto es el que le otorga a la empresa periodística su carácter especial, justificando la índole particular de los deberes éticos de quienes la gerencian o son sus dueños, y su primordial responsabilidad respecto del público en general. La ética de la empresa no intentaría cambiar o controlar la conducta de las personas, sino que más bien estaría dedicada a las estrategias para la toma de las decisiones; es decir, entraría en el proceso de reflexión sobre las razones que existen para adoptar un determinado curso de acción entre posibles alternativas.

Dentro de esta ética empresarial, la empresa informativa no sería una organización económica, sino que sería concebida como una corporación con fuerza para el cambio social, una institución social, que tiene una responsabilidad con la sociedad, además de con los accionistas y empleados.

Sin embargo, la realidad nos demuestra que esa anhelada ética que debería regir los medios de comunicación no deja de ser una utopía. Resulta repudiable leer, escuchar y ver cómo algunos mensajes degradan la prensa en sus niveles de credibilidad, anteponiendo el valor del dinero como objetivo fundamental.


Pareciera que el único fin es vender, recabar audiencias, y que ésta es la mejor forma de servir a un público extenso e indiscriminado.

La ecuación es muy sencilla y puramente numérica: a más ventas, más acierto y más prestigio profesional. Parece una ecuación válida, pero es falsa. La sociedad de consumo produce en exceso y tiene que vender todo lo que produce. Para ello ha de crear la necesidad del consumo y la necesidad de unos productos, la mayoría de los cuales son perfectamente inútiles. Sin embargo, el consumidor acaba verificando la veracidad de las ofertas, y termina por cansarse de los fraudes y los engaños.

El afán de informar primero y más vivamente que los competidores sacrificando la confirmación de los hechos, apelar al sensacionalismo, desfigurar la realidad para hacerla más apetecible y por ende más “vendible”, son unas de las razones por las que el ejercicio profesional del Periodismo, ha sido colocado en el banco de las críticas del gran público en general.


En efecto, la creciente competencia entre noticieros y periódicos lleva a veces a que quien se considera dueño de una primicia la exagere, con el fin de atraer más la atención de los receptores.

Este tipo de intervenciones que atentan contra la prensa seria y respetable se encuadran dentro de la llamada prensa amarilla, la cual reconocemos como la antítesis del Periodismo serio, riguroso, objetivo y transportador de la verdad. Prensa capaz de provocar la noticia aún cuando no existe y de deformar la información con el fin de hacerla más atractiva y comercial, para el crédulo lector.

Precisamente, uno de los vicios del sensacionalismo es la magnificación: al inflar una noticia más allá de sus justas proporciones, se pueden obtener dividendos en la expectativa y en la atención que el tema logre crear. La experiencia demuestra hasta qué punto es posible contradecir el principio periodístico de la verdad conceptual con hechos magnificados.

Es posible que el sensacionalismo y el escándalo produzcan una rentabilidad económica inmediata. Sin embargo, tarde o temprano gran parte del público consumidor acaba dándose cuenta de la baja calidad de los productos que los medios ofrecen. Cuando esto sucede, cuando se descubre que el público discrimina más de lo que pudiera sospecharse o creerse, se apela a la ética.

La apelación a la ética, tiene, pues, una explicación pragmática, de eficacia. El engaño, la falta de contrastación de las fuentes, la ocultación de datos, la verdad a medias, el dar gato por liebre, redundan en la falta de confianza y de credibilidad. De un modo u otro se reconoce que la fidelidad a unos principios y el autocontrol –y en eso consiste la ética- es también rentable: otorga credibilidad y da prestigio.

La información y el entretenimiento que los medios de comunicación ofrezcan a sus públicos, deben cimentarse en el respeto a los derechos fundamentales. Hay demasiado insulto, demasiado rumor expresado como hecho cierto, demasiada explotación del dolor ajeno, demasiada irresponsabilidad. No es lícito informar de cualquier modo, como no es lícito entretener de cualquier manera.

No es lícito hacer una u otra cosa sin el respeto debido a la dignidad de cada persona, sea cual sea su rango o su lugar en la sociedad. No todo se puede convertir en mercancía.

Si los productos que más atentan cada día contra la ética fueran siempre los que más se vendieran, significaría, entonces, que la sociedad está enferma.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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