LA JUSTICIA Y LA POLÍTICA DE LA DIFERENCIA

Del complejo del "patito feo" hacia un tratamiento político de la diferencia

Las formas de coexistencia pacífica o tolerancia nunca han sido tan abiertamente debatidas como los son en la actualidad, precisamente por la inmediación de la diferencia, el diario encuentro con lo distinto y porque no han sido experimentadas y enfrentadas de la manera en que hoy lo hacemos. De hecho, las diferencias existentes entre distintos grupos se han llegado a transformar en el origen de los conflictos más violentos y represivos que viven muchas de las sociedades actuales. Ante situaciones de esta naturaleza, una palabra permanece y persiste en medio de tales conflictos y es la existencia y reconocimiento de la diferencia como una entidad en sí misma que se constituye como causa — origen de las desavenencias entre distintas sociedades o grupos.

Cuando Hans Christian Andersen narra su historia de quien se transformaría en el mundialmente conocido “Patito Feo”, nos muestra, sin notarlo tal vez o con algún ánimo de criticar por medio de la narración el status quo de la época social en que lo escribe, el hecho de que en realidad el problema era que nuestro héroe fue objeto de una detallada y concatenada ola de prejuicios y rechazos generados por el hecho de no coincidir con un modelo predeterminado lo que no le permitía “insertarse socialmente”.

De esta manera, queda más que evidente que quienes le demostraban su rechazo no se lo hacían a propósito en virtud de su persona misma, sino que estaban evidenciando una particularidad especial de lo humano que está representada por el rechazo, casi automático para muchos, que genera el estar expuesto a lo que es diferente a uno mismo o al grupo al que se pertenece. Sin embargo, no todas son tribulaciones para nuestro héroe ya que, finalmente, se dará cuenta de que sus sufrimientos llegan a su fin cuando se encuentra con sus propios referentes, iguales, aquellos que no lo considerarán feo precisamente por ser iguales a él: los cisnes. Porque nuestro héroe, finalmente, no es un pato ni es feo, sino un cisne y así comienza una parte nueva en su historia personal influenciada por el hecho de unirse a un grupo de iguales donde estará protegido y será respetado por compartir las mismas características y donde, fundamentalmente, será feliz. Es aquí donde el cuento termina y espera dejar a todos los lectores contentos diciendo: “Y colorín colorado, este cuentito ha terminado”.

Sin embargo, y efectuando una interpretación bastante amplia, pareciera ser que éste es precisamente el punto de partida que utilizará Iris Marion Young en “Justice and the politics of difference”. Lo que, a primera vista, llama la atención en su obra, es precisamente el título mismo: la política de la diferencia. En efecto, menciono la última parte del título ya que es ella misma quien se encarga de aclarar desde el principio que si bien discutirá y criticará las concepciones sobre la justicia, no intentará construir una teoría sobre ella debido a que “el intento por desarrollar una teoría de la justicia que se mantiene independiente de un contexto social y que también intenta comprobar su justicia fracasará inevitablemente”.

Es en este proceso que limitará desde el principio el ámbito de desarrollo que dará a la concepción de la justicia al afirmar que la abordará efectuando un análisis guiado por la influencia provista por la teoría crítica donde podrá focalizarse en contextos situados histórica y socialmente, desechando la posibilidad de construir un sistema universal que albergue una teoría comprensiva de varias sociedades y realidades. Concomitante con esta idea, es bienvenida la aclaración sobre el punto de partida del cual surge esta producción bibliográfica.

Como no podía ser de otra manera, no deja de puntualizar que esta obra reconoce como antecedentes a los reclamos sobre dominación y opresión social que surgieron en Estados Unidos en el seno de los movimientos de izquierda que nacieron entre 1960 y 1970 y que, según nuestra autora, continúan apoyando el accionar de muchos individuos y organizaciones que actúan dentro del escenario y la vida política de su país, quienes continúan afirmando que la sociedad a la que pertenecen contiene y perpetúa injusticias institucionales profundas sin poder relacionarse con las teorías de la justicia en danza.

Sin criticarla abiertamente, se aleja de una postura como la propuesta por Rawls en su “Teoría de la Justicia”, ya que no parece concordar con el objetivo que se ha trazado alcanzar Young: para poder arribar a conclusiones y propuestas concretas que construyan una realidad efectivamente más justa se debe partir de premisas más sustantivas. La mayor parte de sus esfuerzos estarán orientados a lograr lo que denomina “un sentido positivo de la diferencia de grupo” y “una política que trata en vez de reprimir la noción de diferencia”.

En este proceso, comenzará presentando su visión sobre lo que llama el “paradigma distributivo”. Para nuestra autora, los temas de distribución son muy importantes pero el interés de la justicia se debe extender más allá de éstos para así llegar a incluir a lo político en sí mismo, entendido como comprensivo de los aspectos de la organización institucional que son objeto de ser sometidas al proceso de decisión colectiva. Así, los productos materiales, los procesos de toma de decisiones, la división social del trabajo y la cultura son todos aspectos importantes que conforman las cuestiones de justicia.

Para aquellos grupos y movimientos que con su accionar han guiado e inspirado, de alguna manera, el trabajo de nuestra autora sin duda existe un concepto que les es común: opresión. Reconociendo esta situación como así también el hecho de que no existe un análisis teórico sostenido del mismo, los define con una “familia de conceptos” enunciados como constitutivos de la misma. Así, la opresión consta de cinco aristas que son, a saber: la explotación, la marginación, la falta de poder, imperialismo cultural, y violencia. Las injusticias distributivas pueden contribuir a crear o resultar de alguna o varias formas de opresión. Para nuestra autora, ninguna es reducible sólo al paradigma de la distribución, sino que todas involucran estructuras sociales y relaciones que van más allá de la distribución.

¿Qué es un grupo social? ¿Qué pasa cuando un grupo social es víctima de alguna, varias o todas las aristas que conforman la opresión? Al formularse estas preguntas, intenta presentar respuestas propias ya que, según la autora, tanto la filosofía como la teoría social carecen de un concepto de grupo social que sea viable.

Al partir de la afirmación que “dentro de la sociedad moderna la diferencia de grupo se mantiene endémica”, Young llega a tocar uno de los temas centrales de su trabajo y, por qué no, de lo que podríamos intentar denominar como una de sus posibles propuestas: “la diferenciación de grupos es un aspecto inevitable y deseable de los procesos sociales modernos; la justicia social no exige que se dejen de lado las diferencias. Contrariamente, requiere instituciones que promuevan la reproducción y el respeto por las diferencias de grupos sin opresión”. Es decir, que la negación de la diferencia contribuye a perpetuar la opresión de grupos sociales y luchar por una política que reconozca la diferencia en lugar de reprimirla.

Una afirmación de tal entidad, nos lleva a decir que para Young, el concepto de justicia coexiste con el concepto de la política. En este tema, es crucial explorar las ideas que expone en el Capítulo IV donde se ocupa de lo que denomina “el ideal de la imparcialidad y el público cívico”. Aquí la idea de la imparcialidad aparecerá como el recurso que facilita el tránsito hacia la reducción de las diferencias hasta llegar a una unidad definitiva y única; logrando que sean los grupos dominantes y opresores, quienes claman por el sentido de la universalidad en interés y beneficio propios, para poder justificar la permanencia de estructuras jerárquicas de toma de decisiones.

Todo esto para llegar a enfatizar una crítica hacia la concepción de la “ciudadanía universal” que lo único que ha logrado fue excluir a las personas asociadas con el cuerpo y los sentimientos como es el caso de las mujeres. Según Diana Coole, por ejemplo, la femineidad era explicada por Rousseau como una combinación de modestia, castidad, docilidad, sumisión, coquetería e irracionalidad que eran reforzadas por una educación apropiada y por la guía de una mano masculina firme.

En este ámbito social, Rousseau excluyó a las mujeres del ámbito público por ser guardianas de la afectividad, del deseo y del cuerpo. Si dejáramos que las apelaciones a los deseos y a las necesidades corporales aparecieran en los debates públicos, estaríamos socavando la deliberación pública al fragmentar su unidad. En términos más amplios, cabe agregar que esto debe ser tomado como otro dato que complementa el hecho de que la universalidad de la ciudadanía concebida como generalidad no sólo excluyó a las mujeres sino también a otros grupos.

Como, de acuerdo a Iris Marion Young, tales prácticas continúan perpetuándose debido a la concepción de ciudadanía universal, es necesario definir nuevamente lo que entendemos por “público” para que se pueda exhibir la posibilidad de diferencias de grupos. Según sus palabras: “una repolitización de la vida pública no debiera exigir la creación de un ámbito público unificado en el que los ciudadanos/as dejen de lado sus afiliaciones, historias y necesidades grupales particulares para discutir un interés general o bien común. Ese deseo de unidad suprime pero no elimina las diferencias y tiende a excluir algunas perspectivas del ámbito de lo público. Lo que necesitamos, en lugar de una ciudadanía universal entendida como mayoría, es una ciudadanía diferenciada en función del grupo y, por tanto, un ámbito y un sector público heterogéneo. Así, el compromiso con la necesidad y el deseo de decidir conjuntamente las políticas de la sociedad alienta la comunicación por encima de esas diferencias”.

La idea de Young resulta muy clara: necesitamos asegurar que el proceso de deliberación se encuentre informado por la totalidad de fragmentaciones socio- grupales para así contribuir con una riqueza que proviene de la representación de la diversidad que sólo podría lograr de esta manera. Es precisamente en este aspecto donde su crítica a Rawls parece más clara ya que en este momento, los participantes de ese proceso deliberativo no estarían cubiertos por el “velo de ignorancia” y adoptando un punto de vista moral sino que totalmente desprovistos de ambos, contribuirían al proceso de toma de decisiones colectivo precisamente con total conciencia de la realidad que deviene de un contexto social determinado.

Si bien ese es el objetivo norte de su planteamiento teórico, el medio que propone se identifica con lo que podríamos denominar un sistema de gobierno republicano y democrático que proporcione mecanismos para la representación y reconocimiento efectivos de las distintas voces y perspectivas de aquellos grupos que se encuentran en desventaja u opresión. Sin embargo, esta propuesta debería ser tomada como un medio y no como un fin en sí misma como pareciera sugerírnoslo Young cuando da a entender que es posible que “en algún futuro utópico existirá una sociedad sin opresión y desventajas para algunos grupos”.

Al igual que Andersen, Young parte de la premisa de dibujar una realidad que da por cierto el hecho de que nuestras sociedades se encuentran pobladas por grupos diferenciados y que, aparentemente, continuaremos estándolo. Al igual que Andersen, la autora opta por buscar un final feliz que si bien no llega a lograr una integración utópica de la diversidad al menos intenta dar respuesta a una realidad en la que día tras día se encuentran quienes en situación de desventaja con respecto a otros grupos.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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