UN MUNDO FELIZ

Un clásico imperecedero de Aldous Huxley

En un futuro distante el mundo se ha transformado en un mecanismo perfectamente diseñado para el control de los individuos. La sociedad se haya dividida en clases bien diferenciadas que funcionan en aparente armonía, sin conflictos sociales de ningún tipo. La felicidad reina en un mundo sin peligros ni sobresaltos. Sin embargo, Bernard Marx no es feliz, se siente al margen de su propio mundo.

Leer Un mundo feliz ha resultado una experiencia sumamente interesante, es un libro plagado de ideas, conceptos y reflexiones que lo hacen una lectura apasionante y que sin duda justifican su estatus de clásico imperecedero. Pero lo cierto es que esta novela puede dejar mucho que desear respecto a sus cualidades literarias o artísticas, tanto la historia como los personajes que se mueven por ella resultan cuanto menos artificiales y hasta grotescos. Como novela filosófica que es, su contenido no es más que un vehículo para las tesis planteadas por Huxley, tal y como ocurre con otras novelas de la época con intenciones similares, como por ejemplo El Extranjero de Camus, no hay un excesivo esfuerzo por embellecer el texto, cuidar las descripciones o hacer más eficiente la narrativa o los diálogos, la principal intención es transmitir una idea de la forma más directa posible.

Por otro lado, se suele juzgar este libro como ciencia-ficción, pero hacerlo sin más, esperando que cumpla las cualidades que solemos suponer en ese género, puede ser un error que repercuta en su apreciación. Por ejemplo, se suele hablar mucho del acierto o no de las previsiones que Huxley lanzó sobre el futuro, incluso el propio autor habla de ellas en el prólogo (escrito veinte años después de la primera edición), señalando la ausencia de una descripción más detallada del uso de la energía nuclear.

Mediante una descripción de apariencia futurista, posible gracias a las licencias literarias de la ciencia-ficcción, el autor reflexiona sobre la sociedad capitalista de su momento, consiguiendo plasmar antes que muchos otros escritores (aunque es verdad que apoyándose en toda una vieja tradición de pensadores antagonistas, ya sea en un sentido progresista o reaccionario, al capitalismo) una crítica al sistema económico de occidente. El autor se sitúa así en una posición analítica que sorprende por su lucidez, especialmente en lo que respecta a la cuestión del desarrollo del fordismo (la fabricación en serie) como la clave para crear nuevas formas de dominación y control social. Huxley supo ver en esa determinada faceta de la industria de su tiempo el germen de un cambio generalizado que terminaría por colonizarlo todo.

Como otros pensadores de principios del siglo XX (como por ejemplo Walter Benjamin) Huxley dilucida el discurso demagógico (y tan americano) de que fabricar en serie es sinónimo de democratizar el mercado y el consumo, para extraer de ello una denuncia de la homogenización de la vida cotidiana en todos sus aspectos. Igualmente supo realizar un hiriente análisis de la no neutralidad de la ciencia y de como ésta se ha complementado interesadamente con el desarrollo del capitalismo. Doctrinas como la psicología conductista, las distintas teorías deterministas de clasificación fisiológica o genética, la aplicación de la cibernética a la economía, el desarrollo armamentístico gracias a la técnica, etc., no son casuales sino inherentes al régimen que los necesitaba para imponerse.

Si bien, como ya decíamos antes, el propio Huxley no tiene en excesiva consideración las consecuencias del uso de la energía nuclear, algo que ha sido crucial en el devenir del actual orden mundial, si lo hace con las aplicaciones de la ciencia en los medios de comunicación o en la farmacología. En Un Mundo feliz, capitalismo y ciencia se retroalimentan sin un límite claro donde separar una cosa de la otra, algo que podemos ver a nuestro alrededor en estos momentos, por ejemplo cuando alguien lee esta reseña en internet.

Lo cierto es que el mundo que actualmente vivimos no es muy diferente (salvando los detalles más extremos o melodramáticos) de lo que propone Huxley, aplicando la misma lógica que en la fabricación en serie, la sociedad capitalista se ha desarrollado como un culto a la homogenización, donde lo fabricado en cadena es sinónimo de normalización y estabilidad. De igual manera la cultura, la sanidad, la administración del tiempo de ocio, y tantas más cosas, pero muy especialmente el mercado y el consumo, tienden a estar controlados por un espíritu de homogenización. Por ejemplo, el hecho de que millones de niños jueguen a la vez con la misma videoconsola y posiblemente con el mismo juego, o que millones de personas vean el mismo programa de televisión en el mismo momento, percibiendo las mismas imágenes y el mismo mensaje ideologizado, puede verse como todo un triunfo del espíritu fordista que no solo ha logrado fabricar y vender millones de aparatos idénticos, sino que para ello ha sabido condicionar los deseos y consciencias de millones de individuos.

En mi opinión esta novela se mantiene con más vigencia que esa otra célebre distopía que es 1984. Quizás sea porque Orwell describe un sistema totalitario mucho más claramente opresivo, un totalitarismo en un sentido muy literal que llevó inmediatamente a muchos críticos a identificarlo como metáfora del comunismo soviético o el nazismo, obviando en ese análisis (ya sea por comodidad o por interés) cuanto tiene de totalitario el sistema denominado democrático. Pero lo cierto es que tanto Orwell como Huxley aluden al totalitarismo basado en el subterfugio (en el caso del primero mediante la manipulación de la información o la ausencia de libertad, en el caso del segundo mediante el condicionamiento y el clasismo) que lleva a los individuos a aceptar de buen grado su condición de dominados. Orwell imagina un futuro de opresión mantenido mediante la satisfacción de artificiales sentimientos nacionalistas y de sumisión (el odio al eterno enemigo, la adoración al líder), ofreciendo con ello un efectivo análisis de la dominación ideológica que en principio es impuesta con la fuerza, después es mantenida con la vigilancia y finalmente es asumida voluntariamente por los propios dominados.

Así, la vida en 1984 está enteramente asfixiada por un sistema ideológico que ha logrado alterar el conocimiento de la historia, que ha manipulado el lenguaje y que ha logrado imponer el miedo hasta un punto en que que parece no haber alternativas. Por su parte, Huxley logró colar en la vida cultural de su época, normalmente tan aburguesada y complaciente, una potente crítica a las bases de la sociedad occidental que difícilmente puede equipararse a regímenes como el soviético o el nazismo, pues propone un tipo de sociedad que deja espacio para el placer o incluso para cierta libertad, aunque solo sirva ésta para satisfacer impulsos infantiles y faltos de responsabilidad.

Extrapolando el auge del hedonismo ya presente en la cultura de masas de su propia época, Huxley idea una sociedad que obliga a sus miembros a ser “felices” dentro de unas reglas precisas, que garantiza al individuo su solaz gracias al condicionamiento más extremo desde antes del propio nacimiento. Es una sociedad donde no hay oportunidad para la aventura o la rebelión, a cambio de la abolición de todo riesgo natural o social. Y más importante aun, los deseos han sido llevados a un grado de mediocridad que difícilmente pueden convertirse en motivo de conflicto. Así, a cambio de la voluntaria (y de hecho no consciente) homogenización y clasificación social, los individuos reciben placeres garantizados bajo una moral lo suficiente relajada como para propiciar el consumo de drogas o la promiscuidad sexual.

En comparación, la sociedad policial de 1984 impone un condicionamiento más limitado. Los individuos son forzados a la sumisión de una forma más explícita, el aparato policial es mucho más complejo. Según en que circunstancias de ruptura ideológica o existencial los individuos de 1984 pueden terminar por abrirse a deseos que podríamos considerar como naturales en el ser humano, provenientes del ansia de libertad y placer. Pero en Un mundo feliz difícilmente puede existir esa semilla de rebelión, puesto que el deseo es controlado mediante su inmediata banalización, las necesidades son diseñadas para que el individuo sea feliz con lo que se le ofrece por muy mediocre y homogenizado que sea.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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