SÍNDROME DE DESGASTE PROFESIONAL O "BURNOUT"

Descripto como la "epidemia del siglo XXI"

Los individuos de “a pie”, es decir los hombres y mujeres comunes y corrientes, estamos bastante preparados e informados para reconocer las típicas enfermedades y dolencias que durante milenios han afectado a nuestro cuerpo, pero cuando se trata de trastornos físicos derivados de afecciones psíquicas, que durante un lapso más o menos prolongado han ido produciendo, silenciosa pero sistemáticamente, un deterioro en nuestras aptitudes o capacidades, la cosa se vuelve mucho más difícil.

La vorágine y el vértigo de las sociedades modernas nos enfrentan a diario con expresiones que, hasta hace poco tiempo, estaban sólo reservadas para los más altos ámbitos académicos. Y saber qué significan y cómo reconocerlas en nosotros mismos, es el punto de partida para buscar la solución más adecuada en cada caso.

Si el impulso para el estudio del trauma psíquico ha venido siempre de los conflictos bélicos, el “campo de batalla” favorito del estrés crónico ha sido el medio laboral. Aunque es cierto que algunas ocupaciones facilitan la aparición de síndromes de estrés agudo de tipo traumático,como bomberos, militares, policías, servicios de urgencias sanitarias, etc., el riesgo principal de los trabajadores en general es el estrés crónico derivado de la sobrecarga psicosocial.

Definimos sobrecarga psicosocial como “una exigencia exagerada o desproporcionada que actúa de manera continuada, deriva de los procesos de integración del individuo en su entorno humano y puede ser contrarrestada durante largo tiempo por los mecanismos de afrontamiento y defensa, sin que se observen grandes efectos a corto plazo”.

Sus efectos pueden hacerse notar de manera larvada o de manera brusca, pero siempre después de una larga exposición a factores externos de estrés, a los que el individuo parece adaptarse bastante bien durante cierto tiempo. La evolución larvada se caracteriza por patología inespecífica, morbilidad psiquiátrica menor, sentimientos de desánimo y desesperanza, envejecimiento prematuro, disminución generalizada de la capacidad funcional, etc. La evolución brusca suele precederse de un periodo más o menos llamativo de evolución larvada, interrumpida con la eclosión repentina de síntomas de sufrimiento, agotamiento o rebelión, que pueden culminar en importantes alteraciones de la conducta o en fracasos psicosomáticos graves.

La sobrecarga laboral puede ser inespecífica, derivada de las propias condiciones de trabajo, es decir cuando éste es excesivo o apremiante, cuando debe realizarse en circunstancias de alta responsabilidad y de baja información o cuando los recursos son insuficientes o inapropiados para llevar a cabo la tarea asignada, o puede estar específicamente asociada a pautas de relaciones interpersonales anómalas o exigentes, en cuyo caso tenemos la sobrecarga psicosocial propiamente dicha. El estrés interpersonal puede proceder de dos fuentes:

a) Los receptores del esfuerzo laboral, o sea los clientes o las personas atendidas por el trabajador.

b) Los propios compañeros o la estructura organizativa en la que se encuadra su labor.

En el primer caso, puede desarrollarse el síndrome de desgaste profesional o “burnout”. En el segundo, el de acoso psicológico en el trabajo (APT) o “mobbing”, definido como “el mantenimiento persistente e intencional de pautas de maltrato psicológico que tienen lugar de manera injusta y desmedida, sin posibilidad de escape ni defensa, favorecidas o permitidas por el entorno en el que tiene lugar, y cuya finalidad última es eliminar al acosado o destruir su salud y sus capacidades”. En realidad, ambas situaciones son compatibles y es frecuente que coincidan. Las organizaciones que ofrecen adecuado apoyo institucional previenen y minimizan el desgaste profesional, mientras que aquellas que descuidan las necesidades emocionales de sus miembros lo favorecen, sobre todo si además permiten pautas de interacción laboral persecutorias, desconsideradas o malévolas.

El instrumento de medida de la sobrecarga psicosocial laboral más conocido es el inventario de Maslach (MBI), específica mente concebido para detectar el desgaste profesional. El enfoque primordial de este cuestionario es la respuesta personal y los efectos que la situación tiene en el individuo. Otro cuestionario muy empleado es el de clima laboral de Moos, que pretende valorar factores externos relacionados con acontecimientos y estructuras del entorno laboral. El LlPT-60, o cuestionario de estrategias de acoso laboral, es específico para el “mobbíng”. Aplicando el instrumento de Moos, Pastora Cuevas, en un estudio realizado en 1996, ha demostrado la relación entre clima laboral y psicopatología, siendo ésta mayor cuanto peor es el primero. El índice de reactividad al estrés (IRE), variable propia del individuo, también tiene efecto sensibilizador, agravando las consecuencias del estrés psicosocial en general y del mal clima laboral en particular. Por el contrario, el apoyo social, que mide la calidad de las redes sociales extralaborales, tiene un claro efecto protector.

La expresión “burnout”, de antiguo uso popular en inglés, se aplica a estados de desánimo, fatiga, desilusión y pérdida de la vocación profesional. Un antecedente medieval es la acedia o pereza monástica, descrita en religiosos que perdían todo interés por sus prácticas y por la caridad cristiana. El famoso novelista Graham Greene relata en “A burnout case” la historia de un arquitecto que, en un arrebato de decepción con su vida cotidiana, lo abandona todo para retirarse a la selva africana, Freudenberger, psiquiatra en un centro de salud norteamericano, utilizó por primera vez el término en un contexto profesional en 1974, al describir de esta manera su propia experiencia y la de algunos de sus compañeros: «El diccionario define el verbo burnout como" desgastarse, quedar exhausto por excesiva exigencia de energía, esfuerzo o recursos". Y eso es exactamente lo que ocurre cuando un miembro del equipo se quema y se vuelve inoperante para toda intención y propósito ... Los signos físicos son fáciles de ver. Para empezar, hay un sentimiento de agotamiento y fatiga, incapacidad para superar un resfriado, dolores de cabeza frecuentes y molestias gastrointestinales, dificultad para dormir y ahogos ... Algunos signos adicionales son la facilidad para enfadarse y la irritación y frustración frecuentes. En cuanto a su manera de pensar, la persona se convierte en un libro cerrado, se vuelve excesivamente rígida, testaruda e inflexible ...»

Más o menos por la misma época, la psicóloga Cristina Maslach emprendió una extensa investigación en trabajadores de servicios sanitarios y asistencia social, entre los que detectó altos niveles de estrés. A partir de estos estudios, elaboró su instrumento de medida, bastante utilizado en la actualidad, y describió el “burnout” como un fenómeno característico de profesionales que, por la naturaleza de su trabajo, debían permanecer en contacto directo y continuado con personas necesitadas de atención o asistencia. Desde entonces, se ha reconocido de manera creciente la importancia del síndrome en diversos contextos laborales y profesionales. Otros constructos relacionados con el “burnout” son el “tedio laboral”, de Pines y Aronson, y el “desequilibrio esfuerzo-recompensa en el trabajo”, de Siegrist.

El “burnout” se denomina también “síndrome de desgaste profesional”, y se define como “el resultado de un estrés crónico experimentado en el contexto laboral, producido por una interacción negativa entre el trabajador, el lugar de trabajo, el equipo o unidad en que se integra, la estructura organizativa y la labor en sí misma”.

Desde los estudios iniciales, en los que se consideraba que el excesivo compromiso emocional con los pacientes o clientes era la causa principal del “burnout”, el concepto se ha ido ampliando para incluir otras posibilidades, como la manera en que el individuo encaja en la organización, las relaciones interpersonales entre el equipo, las presiones administrativas, las discrepancias entre motivación y expectativas del trabajador, por un lado, y la realidad de su contexto laboral, por otro. El resultado final de los conflictos e incoherencias en todas estas áreas es un síndrome multidimensional, en el que predominan el agotamiento y los estados disfóricos relacionados con la actividad laboral y con el lugar de trabajo.

La justicia de nuestro país ha aceptado, recién en un fallo de la Cámara Laboral de la Ciudad de Bariloche, en el año 2008, al “burnout” como un “accidente laboral” o “accidente de trabajo, entendido como “las enfermedades que no teniendo la consideración legal de enfermedad profesional, contraiga el trabajador con motivo de la realización de su trabajo, siempre que se pruebe que la enfermedad tuvo por causa exclusiva la ejecución del mismo”.

Desde esa fecha, el fallo referido ha sentado jurisprudencia en el ordenamiento jurídico argentino, siendo, en este momento, una de las causas más recurrentes en la que los tribunales se ven a diario obligados a intervenir, ya que las ART suelen minimizar sus consecuencias, resistiéndose a cubrir a los trabajadores a los que este mal afecta de manera sobreviniente.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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