NI UNA MENOS

¿Quiénes son y cómo se comportan los hombres maltratadores?

Violencia de género, femicidio, feminicidio son términos que hoy están en la portada de todos los medios masivos de comunicación. Definir de qué se trata este flagelo que agobia a la sociedad en general, sin distinción de sexo, resulta de fundamental importancia para poder tener una mirada más certera sobre el tema. Reseñar estadísticas es un paso importantísimo en el camino de poner luz sobre algo que hasta hace no mucho tiempo era absolutamente oscuro. Pero, tanto las definiciones como los fríos números no lograrán que la mujeres puedan detectar a tiempo cuando se encuentran frente a un verdadera amenaza que puede hacerles perder hasta la propia vida.

Es por ello que, en coincidencia con la marcha convocada para el día de hoy, me he propuesto escribir sobre algo que pueda servirles a las futuras víctimas de ayuda en lo que se refiere a la posibilidad cierta de estar a punto de convertirse en una más de la larga lista de mujeres que engrosan los registros estadísticos.

¿Quiénes son y cómo se comportan los hombres maltratadores?

No resulta sencilla la aproximación al perfil del hombre maltratador. Las características personales y las causas por las que el hombre violento trata de perpetuar en el tiempo una relación basada en el abuso de poder pueden ser muy variadas. Hay que tener en cuenta un hecho importante: la violencia, bien de carácter físico o psicológico, es un modo muy eficaz de consecución de los objetivos deseados por parte del hombre que la utiliza. La violencia es una importante pauta de control de la relación y del comportamiento de la víctima. Como consecuencia, si el agresor consigue su objetivo, el ejercicio de la violencia refuerza que vuelva a reproducirse este comportamiento.

Sin embargo, la utilización de una u otra modalidad de agresión no es lo más relevante en la configuración de este tipo de relación. Las características de este comportamiento, su tempo, su grado de brutalidad o refinamiento, dependerá en muchas ocasiones de las características del sujeto. El tipo de violencia empleada puede depender de diferentes factores como la propia historia de aprendizaje del sujeto respecto al uso de la violencia, el grado de activación y tensión en el momento del incidente o la evaluación realizada por el hombre sobre la contundencia de su respuesta ante un comportamiento “inadecuado” de la mujer. Si el objetivo final es el mantenimiento de una posición de control y de dominio sobre la pareja, la elección de un tipo u otro de comportamiento, incluidos los comportamientos positivos y de seducción, estarán supeditados al mantenimiento de esta posición ventajosa.

El fin principal del comportamiento violento no es tanto el daño a la víctima como la intimidación. Sobre el daño psicológico el hombre no suele ser consciente y, respecto al daño físico, si lo hay, el hombre lo tiende a relatar como algo accidental. Si bien en un grupo de maltratadores se produce un patrón de escalada, en otro, el uso de una u otra estrategia violenta será selectivo y estará en función de los objetivos de control del maltratador. En cualquiera de los casos, el proceso de escalada de la violencia y su uso selectivo no son perspectivas excluyentes. El acoso, la intimidación y la amenaza desempeñan un papel esencial en el anclaje y desarrollo de la relación de violencia. Una de las características de la violencia de género es la de provocar una atmósfera de intimidación permanente de graves consecuencias para la víctima.

Es habitual la baja conciencia del problema que tienen estos hombres: no son conscientes de que su comportamiento sea problemático. Este hecho se convierte en una dificultad importante a la hora del plantear un tratamiento psicológico, puesto que al no ser conscientes de su problema es difícil que se planteen una petición de ayuda. La tendencia del hombre es negar o justificar dicho comportamiento tratando de eludir la responsabilidad sobre el mismo. Para ello, se utilizan estrategias como buscar excusas, alegar que se trata de un problema estrictamente familiar, hacer atribuciones externas, considerar lo que ocurre como normal en todas las familias o quitar importancia a las consecuencias negativas de esas conductas.

Los investigadores que han analizado las características de los hombres violentos hacia sus parejas se han centrado fundamentalmente en dos aspectos. El primero, ha tratado de identificar la existencia de características que diferencien a los hombres maltratadores de los que no lo son y que, de alguna manera, se han podido considerar como factores de riesgo. En este contexto se han analizado las variables socio - demográficas, la familia de origen y el proceso de socialización y las variables relacionadas con la psicopatología y el funcionamiento psicológico.

Corsi identificó distintas características comportamentales, cognitivas, emocionales e interaccionales en el modo de actuar de los maltratadores. Desde el punto de vista del comportamiento, identifico antecedentes de violencia con otras parejas, resistencia al cambio, el fenómeno de la “doble fachada” y abuso de sustancias, entre ellas, de forma significativa el alcohol. En el plano cognitivo observó definiciones rígidas de masculinidad y feminidad, distorsiones cognitivas (generalización, minimización, justificación y negación del maltrato). Emocionalmente, se detecto baja autoestima, racionalización emocional, falta de habilidades, racionalización de sentimientos, dependencia e inseguridad. Por ultimo, en la dinámica de relación del agresor con su víctima, se producían diferentes conductas de control, de manipulación, de aislamiento de las redes de apoyo de la víctima y de falta de habilidades de resolución de conflictos.

El segundo aspecto investigado ha pretendido la agrupación de los maltratadores mediante la elaboración de tipologías, partiendo de sus características personales y de sus estilos de violencia. Holtzworth-Munroe y Stuart definieron tres tipos de hombres maltratadores: el primero de ellos se correspondería con aquellos hombres únicamente violentos en el entorno familiar y caracterizado por presentar bajos niveles de violencia dentro y fuera de la familia y apenas psicopatología. El segundo tipo de hombres, bordeline/disfórico presentaría niveles moderados o severos de violencia con la pareja y bajos niveles de violencia en otros contextos. Mostrarían, asimismo, dificultades psicológicas y características de personalidad límite. Por último, el tercer tipo, antisocial/violento ejercería niveles moderados o severos de violencia con la pareja, altos niveles de violencia general y desórdenes característicos de las personalidades antisociales. Es clásica también la tipología de Dutton y Golant. Estos autores identificaron tres tipos generales de agresores: 1) los psicopáticos, 2) los hipercontrolados, cuyo rasgo más distintivo es el distanciamiento emocional, presentando un perfil de evitación y agresión pasiva y 3) los cíclicos/emocionalmente inestables, que se caracterizan por cometer actos de violencia de forma esporádica y únicamente son violentos con su pareja.

En cualquiera de los casos, hasta la fecha no ha sido posible determinar un perfil sociodemográfico específico de los hombres maltratadores y no ha sido encontrado ninguna característica o factor que, de manera indiscutible, identifique al maltratador o pueda predecir un episodio de violencia. Estos hombres no constituyen un grupo homogéneo, lo que será necesario tener muy presente en la planificación de la intervención y en las posibles medidas de protección de las víctimas.

No obstante, dentro de los problemas psicopatológicos que algunos hombres sí presentan, el abuso de sustancias y los celos se encuentran en un lugar destacado. En cuanto al tipo de sustancias consumidas en relación con el desarrollo de incidentes está asociada, fundamentalmente, al consumo de drogas estimulantes del sistema nervioso central. No obstante parece que las estructuras disfuncionales de género desempeñan un papel esencial y representan el “mar de fondo” de las relaciones de violencia, desde este punto de vista se puede entender el comportamiento del “maltratador” como una consecuencia de una patología social, fruto de la intervención de un conjunto de esquemas distorsionados de género.

Las marchas, las campañas que se realizan a través de las redes sociales, el identificarse y solidarizarse con las víctimas de la violencia de género o con quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad es un buen punto de partida para ejercer presión sobre las autoridades, a fin de que se implementen políticas generales para la prevención de un mal que acecha a nuestras hijas, hermanas, madres, amigas y a toda mujer por igual. Pero, debemos ser conscientes que no es algo que se pueda arreglar de la noche a la mañana. Es así que, en el mientras tanto, debemos tomar todos los recaudos necesarios para que la detección del posible agresor pueda ser hecha por la también posible víctima. Y esto sólo se podrá lograr a través de una adecuada información que tienda a educar y orientar sobre los diferentes aspectos que este monstruo de “mil cabezas” puede adquirir.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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