UNA "ZONCERA" MÁS PARA EL MANUAL

A propósito del último "Encuentro Nacional de Mujeres"

A propósito del bochornoso y lamentable “Encuentro Nacional de Mujeres” llevado a cabo hace muy pocos días en la Ciudad de Rosario, con el saldo de violencia, intolerancia y hasta alienación de muchas participantes, con consignas de incomprensible factura para una ocasión en la que se pretende reivindicar el rol de la mujer en la sociedad, consignas, si se quiere, que no reflejan para nada el sentir del ciudadano argentino, sino sólo la de un grupete de agitadoras profesionales, quien sabe bajo que oscuros propósitos o con qué tipo de finalidad, no puedo más que pensar el gran Arturo Jauretche y en una de sus obras más difundidas. Me estoy refiriendo al “Manual de Zonceras Argentinas” que tan bien reflejó la sociedad de su época, pero que, como el tango “Cambalache”, escrito a principios del siglo pasado, bien puede ser aplicado a estos tiempos que corren.

Don Arturo Jauretche, explicaba que la contradicción entre la famosa “viveza” criolla y las “zonceras” que obnubilan nuestra manera de pensar, se expresaba en el hecho de que los argentinos somos muy inteligentes para las cosas de corto alcance, ser vivos de ojo lo llamaba, pero zonzos de temperamento, es decir para aquello en relación a las cosas de todos, de las que hacen a la colectividad, a la vida social. Y no porque seamos una suerte de zonzos congénitos, sino porque mas bien nos agarran desde el destete. Un conocido refrán popular reza: “mama hágame grande que zonzo vengo solo”. Pero para Don Arturo esta es una zoncera más, porque en realidad, dice, nos hacen “zonzos” justamente para no dejarnos crecer. En efecto, desde la infancia, a través del sistema pedagógico, y luego a través de los grandes medios de información – o desinformación – cuando ya somos adultos, nos inculcan “verdades” en forma de axiomas, a partir del buen sentido, de la construcción del sentido común diríamos ahora en términos sociológicos, que nos impiden pensar las cosas del país. Pensar la realidad, los acontecimientos de la vida social, de la política, desde una perspectiva verdaderamente nacional.

La profundidad del pensamiento de Jauretche, residía en que él las analizaba después de darse cuenta como estas zonceras habían operado sobre su propia conciencia. Se sorprendía a sí mismo, pensando alguna zoncera, y bastaba analizarla un poco para percatarse de la obviedad de la misma, ya que justamente por serlo -decía- pasan tantas veces inadvertidas.

Zonceras de todo tipo: históricas, geográficas, económicas, políticas, culturales, etc. Y la mayoría tienen raíces lejanas y un prócer que las respalda. Porque la fuerza de una zoncera, no recae obviamente en su argumentación, sino precisamente en el arte de evadirla, actuando dogmáticamente, como un axioma machacado en nuestra inteligencia. Su eficacia no consiste entonces en su capacidad de soportar la discusión, sino precisamente en excluirla. Queda claro que la zoncera expuesta al análisis, pierde entidad, se descubre a sí misma, deja de serlo.

El objetivo de su obra, es pues, que además de ser vivos de ojo, aprendamos a ser vivos de temperamento. Así lo entendía el eminente pensador del campo nacional y popular, que convocaba a quienes se sintieran motivados a completar su lista, dejando abierto el reto para la posteridad.

El estudio de la génesis de cada zoncera, nos conducirá indefectiblemente a la historia, porque muchas nacieron con un fin pragmático, y aunque erróneas, pueden tener explicación. Pero su posterior deformación, otorgándole el carácter de principios, de abstracciones, responde a una suerte de pedagogía colonialista, de manera tal, que ante los hechos concretos, actuemos en función de una zoncera abstracta hecha principio. En otros casos las zonceras son el resultado de construcciones intelectuales. Como ejemplo citamos aquella de que: “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”. Bajo esta idea se llevó a cabo una política de disgregación del territorio del Río de La Plata. Y si bien, no por justificarlo claro está, eso tiene una explicación histórica, lo que no se puede explicar, logrados los objetivos que le dieron origen hace más de un siglo, es que hoy siga teniendo vigencia.

Las zonceras generalmente se basan, reposan, en la autoridad del que las formuló. Se establece una suerte de relación dialéctica entre el prestigio que la autoridad le da a la zoncera por un lado, y por el otro, el que recibe la autoridad por el hecho de haberla formulado.

Esto explica la falsificación de la historia cuyo objetivo es presentar nuestro pasado como una lucha maniquea entre santos y diablos, por lo que los actores de la historia pasan a ser bronces y mármoles intangibles, en el caso de los santos, claro, mientras que los diablos mayormente son los grandes olvidados por la historia oficial, o han sido deformados, transfigurados a la conveniencia de su falsificador.

¿Que se pierde con bajar del pedestal a los protagonistas de la historia? Nada, decía Don Arturo, por el contrario. Pero como el objetivo de la falsificación de la historia es justamente alimentar las zonceras, ver al hombre en su real dimensión relativiza su autoridad indiscutible, en la que se respalda la zoncera que se le quiere atribuir.

Jauretche, toma a Sarmiento como ejemplo, para él, uno de los más grandes sino el mejor prosista que haya dado la Argentina. Narrador extraordinario, aún de aquello que jamás conoció, como la pampa y el desierto, los retratos de personajes, al margen de su veracidad, son obras maestras de la literatura. Era un gran novelista al punto que sus creaciones imaginarias llegan a cobrar más vida que lo realmente existente. Y a este Sarmiento tremendo, gigantesco, se lo ha marginado casi completamente, para resaltar al pensador, al estadista, cuando sus ideas políticas, económicas, sociales o culturales, son de la misma naturaleza que sus novelas, es decir producto de su imaginación, más que del profundo análisis, del estudio o de la meditación.

Pero había que elevarlo a la categoría de Estadista, pensador, pedagogo incuestionable. No podía ser de otra manera, después de todo es él quien formuló la zoncera que las parió a todas las demás, a la madre de todas las zonceras: “Civilización y barbarie”.

Descubrir las zonceras es liberador, nos dice Don Arturo. Es como sacarse un entripado valiéndose de una medicina digestiva, porque una indigestión intelectual, tiene el mismo efecto que una estomacal. Es como confesarse o acudir a una sesión de terapia –que son formas de vomitar entripados- siendo uno mismo el confesor o el analista.

Las zonceras que Don Arturo enumera en su manual son cuarenta y cuatro, pero, con absoluta seguridad, de haber vivido en este tiempo, dicho manual se habría visto engrosado con una segunda o hasta una tercera saga, porque las zonceras siguen en aumento en nuestro país. Y si, como reza el dicho popular, “para muestra basta un botón”, la desnaturalización de una acción tan noble y encomiable, como es un “Encuentro”, o especie de “Congreso Abierto” de mujeres, para tratar y hacer públicos tantos padecimientos que han sufrido y siguen sufriendo, por el simple hecho de haber venido al mundo como féminas, configura, sin lugar a dudas, otra zoncera más en la larga lista de “zonceras argentinas” que parece dispuesta a seguir creciendo, por más que nos pese y a pesar del altísimo daño que nos sigue causando a “todos y a todas”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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