LA PROBLEMÁTICA DEL EMBARAZO ADOLESCENTE

Otra mirada sobre un tema muy complejo

La sexualidad, la fecundidad y la maternidad/paternidad de los y las jóvenes menores de 20 años vienen siendo estudiadas desde hace más de cuatro décadas. Las investigaciones abordan cuestiones tan variadas como la iniciación sexual, los comportamientos, prácticas y preferencias sexuales, el conocimiento y utilización de métodos anticonceptivos, las condiciones de acceso y uso de servicios de salud reproductiva, las trayectorias sexuales e historias reproductivas, los motivos para continuar o interrumpir embarazos, las prácticas abortivas y experiencias de maternidad/paternidad. La inmensa mayoría de los estudios intenta responder tres preguntas fundamentales: ¿cuáles son los factores que contribuyen a que los jóvenes inicien relaciones sexuales?, ¿cuáles son los factores que inciden en el uso inconsistente o el no uso de métodos anticonceptivos? y ¿cuáles son las causas y las consecuencias del embarazo, la maternidad y la paternidad en estas edades?


Las investigaciones desarrolladas en América Latina revelan que una proporción considerable de jóvenes sabe poco o nada sobre sexualidad y reproducción, carece de información suficiente sobre anticoncepción, tropieza con graves obstáculos cuando intenta acceder a los métodos y tiene grandes dificultades para adoptar medidas de protección en sus prácticas sexuales, quedando expuestos al riesgo de contraer infecciones de transmisión sexual, incluyendo el VIH, o a embarazarse sin quererlo. A la vez, se ha señalado que en nuestra región, la profundización de las inequidades sociales acentúa aún más el acceso desigual a recursos materiales y simbólicos necesarios para la apropiación y ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos y la construcción de ciudadanía en general.


En los últimos años, el análisis de las asimetrías de género y clase permitieron comenzar a “desempacar” la categoría genérica ‘adolescencia’ para reconocer y analizar un mosaico de situaciones disímiles. Sin embargo, los enfoques tradicionales sobre salud del adolescente, que aquí llamaremos hegemónicos, se apoyan explícita o implícitamente en un marco conceptual que opera en sentido inverso al descubrimiento de la diversidad. Señalan que, independientemente de otra consideración, todos los jóvenes comparten por igual una característica que opera catalizando negativamente los factores sociales: los jóvenes, se dice, aún no tienen la suficiente madurez psicológica y no poseen las capacidades necesarias para evaluar los costos de sus acciones: una infección de transmisión sexual, un embarazo “inoportuno” pero también un embarazo buscado o en cierto modo “planificado”.


Existe una tendencia a considerar que la situación del embarazo y la maternidad/paternidad durante la adolescencia no es adecuada, independientemente de si se producen o no efectos adversos en la salud, si la joven embarazada tiene doce, dieciséis o dieciocho años, si el mismo es resultado de un abuso o si fue buscado o querido. Mientras a otras edades el embarazo se considera un fenómeno normal y se entiende que proseguir con él o interrumpirlo es en última instancia una decisión personal o a dirimir –más o menos democráticamente– en el ámbito de la pareja, en el caso de los jóvenes el término ‘embarazo’ casi siempre va acompañado por el de ‘riesgo’, no ya como una probabilidad estadística de que ocurra un evento adverso sino que, se dice, la sexualidad de los adolescentes y el embarazo ‘son riesgosos’ en sí mismos, especialmente para las mujeres. La expresión ‘embarazo adolescente’ denota inmediatamente una valoración negativa y se entiende como un problema público sobre el cual la opinión de los adultos –padres, maestros, médicos, comunicadores, planificadores y políticos– tiene tanto o mayor peso que la de los propios jóvenes.


Pareciera que hallar los factores asociados al inicio de relaciones y a la ausencia de cuidados nos daría la clave para ‘concientizarlos’ sobre lo desventajoso de la maternidad/paternidad antes de los veinte años y por consiguiente estimular cambios de comportamientos. Si bien son claras las causas que motivan la preocupación por las infecciones de trasmisión sexual y el VIH-sida, la intensa ansiedad, a veces pánico, que generalmente despierta entre los adultos el embarazo de una joven no se justifica desde el punto de vista sanitario. La información disponible es concluyente en el sentido de que a partir de los 15 años –el grueso de los embarazos se producen a partir de entonces y no antes, especialmente después de los 17 años– los riesgos obstétricos no son superiores a los de una mujer de mayor edad o incluso se ha sugerido que son biológica y socialmente menores.


La mirada se dirige exclusivamente a los adolescentes pues se considera que todavía no han desarrollado cualidades (propias de los adultos) para enfrentar los riesgos potenciales que pudiera acarrear, no ya el embarazo sino la propia maternidad o paternidad. Habiendo descartado o minimizado los riesgos estrictamente médicos, ¿cuáles serían esos riesgos diferenciales? ¿Son iguales para todos los jóvenes por el mero hecho de no haber alcanzado el estatus legal de la mayoría de edad? ¿Se diferencian en algo de los que podrían enfrentar si postergasen cinco años la maternidad? ¿Tiene la maternidad o paternidad efectos exclusivamente negativos?


La literatura en su conjunto identifica una asociación entre condiciones de vida y trayectorias adversas en algunos estratos sociales. Sin embargo, desde hace más de treinta años, el punto de discusión es cómo interpretar esa asociación o, dicho en otros términos: ¿se trata de correlación o causalidad? Y en el último caso: ¿en qué dirección? ¿La maternidad y la paternidad condenan a los jóvenes a permanecer o caer en la pobreza ya que al asumir responsabilidades de cuidado y manutención de sus hijos quedan impedidos de proseguir con la formación requerida por un mercado laboral cada vez más exigente? ¿O es la pobreza y la respuesta de los adultos la que genera condiciones adversas para las madres y padres jóvenes independientemente de su edad?


Preguntarse por qué todo embarazo que involucre a un adolescente es necesariamente un problema parece desafiar al sentido común. Sin embargo, como señala Heilborn, “vale recordar que aquello que hoy se incluye bajo el título embarazo en la adolescencia, se refiere a una franja etaria de 14 a 18 años que, por mucho tiempo y especialmente en su último segmento, fue considerada la etapa ideal para que la mujer tuviera hijos”. Por otro lado, esta pregunta viene formulándose desde hace más de treinta años y ha sido respondida en reiteradas ocasiones, aunque, al decir de una investigadora, las respuestas menos dramáticas no han tenido el mismo espacio en los medios que la visión opuesta.


En efecto, al menos en el ámbito académico, la hipótesis según la cual el embarazo temprano es el pasaporte a la pobreza, idea que dominó el panorama intelectual en los años ‘60 y ‘70, se ha ido diluyendo. Inclusive los investigadores escépticos con los nuevos consensos reconocen que, si bien existen desventajas entre las adolescentes madres en comparación con otras que no lo son pero que están en igual condición socio-económica, este efecto, al menos a largo plazo, es mucho menos importante de lo que tradicionalmente se había pensado.


Por otro lado, los estudios a nivel micro, además de documentar los efectos negativos han comenzado a prestar atención a los efectos positivos que puede tener la maternidad en jóvenes de sectores populares. Pero más importante aún, en los últimos años, los análisis han ilustrado la relación entre las prácticas sexuales y reproductivas de las jóvenes y los factores culturales, políticos y económicos que producen los procesos de vulnerabilización. Gracias a ello cada vez es mayor el consenso en el sentido de que difícilmente se pueda incidir sobre las conductas de los jóvenes si no se transforman las estructuras de desigualdad social que determinan la ocurrencia, el significado y los resultados de dichas prácticas.


Pese a este cambio de perspectiva en “la academia”, el embarazo sigue siendo presentado por los medios de comunicación y los responsables políticos mediante un “discurso victimizador, homogeneizador y alarmista en el cual el evento asume un carácter siempre negativo, instaurador de cambios radicales en la vida de las adolescentes y de sus familias”


Un buen punto de partida sería considerar que el ‘problema embarazo adolescente’ está fuertemente atado a la o las formas en que pensamos la propia adolescencia y la juventud. Diversos autores indican que los grupos en mejor posición socio-económica en la sociedad y algunos actores del campo científico y político ponen en circulación discursos que estigmatizan el embarazo en la adolescencia como un modo de controlar la sexualidad, especialmente la de las mujeres, y los ciclos reproductivos de los jóvenes en función de sus necesidades políticas y económicas. Así, su punto de vista sobre el embarazo de las adolescentes no necesariamente se apoya en evidencia científica. Aun cuando el discurso en muchos servicios de salud es que el embarazo en la adolescencia debería prevenirse, estas instituciones no son capaces de articular estrategias efectivas para que las jóvenes que deseen postergar la maternidad cuenten con los recursos para hacerlo.


Lo antedicho no pretende minimizar la importancia de algunos problemas que los profesionales de la salud ven cotidianamente en sus interacciones con adolescentes y jóvenes. Por el contrario, esta postura intenta observarlos bajo una luz diferente ya que para resolverlos es necesario primero entenderlos en su complejidad. Distintas deberían ser las acciones que se sigan según los problemas (de salud o no) de una joven y sus hijos sean atribuidos a una causa individual –su ‘naturaleza’ inmadura, su comportamiento irresponsable, su ‘proclividad’ al riesgo, el descuido o abandono de sus padres–, a una causalidad social –condiciones de exclusión y de miseria estructural que en muchos casos no permiten proyectar un futuro diferente, expectativas culturales que imponen ciertas metas sin brindar los medios para alcanzarlas, mensajes contradictorios que esconden una doble moral–, o se intente entender la compleja articulación entre las diversas dimensiones en el marco de contextos históricos, políticos y económicos concretos.


Al enfatizar las dimensiones colectivas tampoco se le resta importancia a las variables biológicas y psicoevolutivas. Sin embargo, antes que hablar de adolescencia en general, se debería considerar la existencia de una diversidad de grupos de jóvenes con experiencias, significaciones y prácticas diferentes en relación con la maternidad y la paternidad. A su turno, las condiciones que generan la vulnerabilidad tanto como los efectos adversos antes mencionados pueden ser de distinto orden según la posición social de los jóvenes en cuestión.


El concepto de vulnerabilidad nos permite apreciar con mayor claridad la compleja interacción de las diferentes dimensiones pues articula la experiencia individual con las condiciones macro en las que se desenvuelve la existencia social de cada sujeto y grupo social.


Así, las características de cada joven serán, en definitiva, resultado de las articulaciones dialécticas entre lo individual y lo colectivo, lo universal y lo particular. Cómo son los jóvenes y cuáles son sus necesidades específicas deberá surgir del diálogo en el nivel local entre los propios jóvenes, la comunidad en la que viven, y los agentes de salud, profesionales o no, que integren dicha comunidad.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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