Macri y los empresarios: sin idilio pero con crédito abierto

ECONOMÍA 07/10/2016
Los dos bandos se conocen y se respetan pero esa empatía no se traduce ni en formales y masivas expresiones de apoyo de las entidades empresarias ni en inversiones tan rápidas como anhela el Gobierno.

La relación con la tribuna patronal es buena, de a ratos muy empática, pero lejos de la promiscuidad que muchos imaginaban antes de que el gobierno de Mauricio Macri iniciara su gestión con un gabinete poblado de CEOs.

‘Guillo’ y ‘Pancho’ son los ministros de Transporte, Guillermo Dietrich, y de Producción, Francisco Cabrera. Una familiaridad de trato entre funcionarios y empresarios que propicia el buen ánimo para los negocios. Aunque, tal como advierte un destacadísimo hombre de empresa, "a veces no hay peor astilla que la del propio palo".

A coro todos repiten que el signo distintivo de este tiempo es el diálogo fluido y la ductilidad de una administración capaz de rectificar el rumbo.

"Como nos conocemos todos, levantan el teléfono y nos llaman", celebra Miguel Blanco, titular del Foro de Convergencia Empresaria, quien recuerda como el Gobierno reaccionó rápido para vetar el proyecto que postulaba la doble indemnización por despido.

Esta entidad plurisectorial, que hasta diciembre lamentaba la supuesta falta de institucionalidad, está trabajando desde el tórrido enero pasado codo a codo con el staff macrista en una agenda que va desde la ley de lobby al bosquejo de un proyecto para mejorar la competitividad.

Desde la mira de los empresarios, fortalecerla implica reclamarle al Gobierno que mejore la infraestructura o, los más osados, el tipo de cambio. Pero también impone a las empresas un mea culpa. "Las que no invirtieron en tecnología, al igual que los sindicatos que defienden prerrogativas exageradas, tendrán que ajustarse", se anima el titular del Foro.

Con menor prurito que cuando en Economía estaba Axel Kicillof, las distintas cámaras empresarias empezaron a llevar a Producción documentos que detallan sus estructuras de costos a fin de compararlas con las de otros países competidores. Esta primer tarea para desmenuzar por qué la Argentina resulta menos competitiva que otros socios comerciales es una apuesta de confianza al poder administrador con el que sienten que pueden hablar de igual a igual.

"Este escenario es mucho mejor para los negocios. Al menos tenemos la certeza de que no nos pedirán algo a cambio de una decisión que nos beneficie", se entusiasma ante este diario un petrolero, que nunca dejó de frecuentar los despachos oficiales.

La Unión Industrial Argentina -la organización que más alfiles aportó a la gestión pública, empezando por el propio secretario de Industria, Martín Etchegoyen- resultó una consentida. "Cambiemos hizo suyos de inmediato los 20 puntos de política industrial que reclamamos", agradece Adrián Kaufmann, quien reconoce la asiduidad de las visitas oficiales a Balcarce 50.

En la Cámara Argentina de Comercio hay quienes le reconocen a la gestión macrista haber disminuido el contrabando, una forma de competencia desleal que los desvela. Y los constructores aprecian los malabares fiscales que hace el Gobierno para no recortar la inversión pública, a pesar de la estrechez fiscal y de la revisión exhaustiva de contratos para depurarlos de prácticas corruptas.

Aún con su heterogeneidad y los pesares de tamberos o productores más chicos, el campo fue el primer gran mimado por la política oficial y no lo niega.
Ese confort, sin embargo, no se traduce ni en formales y masivas expresiones de apoyo de las entidades empresarias ni en inversiones tan rápidas como anhela el Gobierno.

Amor infinito

Se dan palmadas amistosas pero no se funden en la proximidad de un abrazo. Después de diez meses, unos y otros aún se miran. Se escrutan. Se miden. Quizás por esto no hay ruptura ni loas públicas y las diferencias tratan de dirimirse en el ámbito más discreto de las reuniones frecuentes.
El Grupo de los Seis no logra ponerse en marcha. Después de una reunión de hace dos meses en la sede de los banqueros de Adeba, no hubo más que contactos informales y no prosperó la idea de Jorge Di Fiori (Cámara de Comercio) de revitalizarla con encuentros que sumen también a los vicepresidentes de cada entidad.

Evidentemente, el espanto activa y aglutina más que el amor.
Los hombres de negocios son prácticos y también saben del escaso rédito de una confrontación con el poder de turno, recurso reservado para una última instancia.

Por eso la UIA no levanta su voz contra la eventual apertura de las importaciones que, aunque está lejos de ser indiscriminada, los preocupa casi tanto como la depresión de Brasil, principal factor de caída de la industria.

El locuaz Cristiano Ratazzi, titular de Fiat, sólo admite en un diálogo informal que le vendría bien un dólar más alto y no lo pide a viva voz porque no hay condiciones fiscales que habiliten la devaluación. Al mismo tiempo, apunta como misión oficial pendiente la de ayudar a abrir otros mercados alternativos al brasileño y hacer algo para propiciar una baja en los costos internos.

En off the récord, encumbrados dirigentes empresarios le reconocen al Gabinete tanta destreza para administrar como torpeza política en manejos y pronunciamientos. Las marchas y contramarchas en los aumentos de las tarifas de gas y algunas declaraciones crudamente honestas sobre sus consecuencias, ubican al ministro de Energía, Juan José Aranguren, en el podio de los menos duchos en estas lides, aunque no el único al que se le reprocha esa falta.

El titular de Edesur, Maurizio Bezzeccheri, considera el affaire tarifario una prueba de que la Argentina "no tiene seguridad jurídica", más allá de quien esté en la Casa Rosada.
Junto a los economistas que los asesoran, algunos empresarios empezaron a cuestionarle a Macri no hacer un ajuste más drástico del gasto público y le recriminan la decisión de mejorar las jubilaciones con el plan de reparación histórica. Razonan que, tomar deuda externa para cubrir el déficit podría desembocar en una depreciación del dólar, algo antipático para los sectores económicos que postulan la devaluación como la vía rápida para achicar costos recortando el salario real.

Ese perfil de Macri de a ratos se torna difuso. Ya no se ve, necesariamente, como el garante del mercado y de las salidas más ortodoxas.
Pero al mismo tiempo, en la troupe empresaria se especula que, si no logra controlar la inflación, puede abrir en serio las fronteras para ponerle un tope a los precios internos con la competencia extranjera.

Finalmente, para el empresario argentino típico no hay noche más oscura que la de tener que disputar el mercado con sus pares sin amparo estatal. De alguna manera, para ese emprendedor o ejecutivo promedio es más fácil conseguir paraguas a su negocio en un mano a mano con un funcionario, sea éste del signo que fuere. Pocos los confesarán en público, pero más de uno lo reconoce en privado.

El recato que mostraron las empresas durante el kirchnerismo estuvo inspirada en la intención de evitar represalias por sus críticas públicas. Lo que equivale a decir que para ellas es mejor no poner en risego lo que está bien fuera de la intimidad de una negociación.

Las remarcaciones importantes de los precios en los primeros meses de gestión fue una de las primeras grandes decepciones que sufrió el Presidente de parte de los hombres con los que él mismo compartió encuentros amistosos, negocios y lógica económica. La voracidad de los formadores de precios, lo puso realmente nervioso y abrió una brecha que no se cierra.
Instalados en una oficina pública, los otrora CEOs abrazaron la causa pública y quedaron en otra vereda. Por convicción, por afán de retener el poder, en busca del bronce o por todo eso.

Temor a lo desconocido

Cuando aún el ballotage de noviembre del 2015 no había consagrado a Cambiemos, los empresarios miraban con similar curiosidad a Macri y a Daniel Scioli (Frente Para la Victoria) y repartían aportes de campaña de modo equitativo, para congraciarse en simultáneo con el futuro ganador y con la oposición. Finalmente, descontaban que las grandes líneas de acción serían las mismas y que, en cualquier caso, podría oxigenarse el clima político.
 

Macri se intuía más amigable pero abría muchas incógnitas sobre qué medidas concretas tomaría y sobre su capacidad de mantener la gobernabilidad. Esta última duda fue despejada pero la otra subsiste.
Lo que de algún modo atenúa el temor a lo desconocido son las buenas perspectivas económicas que se avizoran para los próximos meses por varias razones.

La administración empezó a ordenarse y tiene más tiempo para atender cuestiones puntuales. Con los precios más contenidos, es posible pensar en la reanimación del consumo y medidas como el blanqueo estarían condenadas al éxito. "No tanto porque el Gobierno haga las cosas bien sino porque es una tendencia mundial", conjetura un dirigente fabril. Pero lo que más anima a industriales, campo, petroleros o banqueros es que podría avanzarse de modo generalizado en la discusión de salarios por productividad, un viejo anhelo empresario que tendría todo el apoyo oficial, incluyendo a los miembros más políticos del Gabinete.

Mauricio no fulminó las paritarias como exageraban sus detractores en la víspera electoral. No sólo por el costado presuntamente peronista del corazón presidencial sino por un pragmatismo básico: no habría sustentabilidad política con semejante embate.

Más cómodo le resultará empujar un cambio de reglas que ponga coto a las demandas sindicales y arbitre en la puja distributiva a favor de los empresarios. En este punto de la agenda próxima habrá un encuentro natural entre unos y otros. Un conspicuo dirigente patronal da una pista de ese acercamiento previsible. "Este gobierno es inexperto pero representa un cambio de época. Y si fracasa, ¿qué vendría?

Fuente: Cronista

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