LA VIOLENCIA INTRAFAMILIAR

Su impacto en la vida de las mujeres.

Muchas veces se cree que la violencia dentro de las familias se reduce a los efectos de las lesiones físicas, desestimando los serios daños psicosociales. Generalmente, la violencia casi se reduce en los registros cotidianos a los episodios sangrientos, explosivos y letales. Como si la vida sólo se alterara con su liquidación y no con una inmensa variedad de formas de entorpecerla, entristecerla, hacerla menos feliz, placentera y productiva.

La violencia intrafamiliar produce serios en la vida de las mujeres que la padecen. Miles están siendo silenciadas por el dolor y el agotamiento que produce vivir una cotidianidad en la que se es permanentemente discriminada, abandonada, maltratada, sufriendo la anulación constante de lo único que realmente se puede pensar que es de una misma: la integridad física y psicológica. La violencia intrafamiliar efectivamente se dirige contra el cuerpo de las personas del grupo familiar percibidos como más débiles y dependientes, pero ese cuerpo no es sólo físico, es un cuerpo psíquico y social, que se convierte en el ser de las personas, en una identidad que es dañada en su integridad, su imagen, su valor, patrimonio, aspiraciones, reconocimiento, sexualidad, sus relaciones interpersonales y su salud.

Tiene consecuencias directas no sólo para su propio bienestar, sino también para el de sus familias y comunidades. Además de el daño que puede producir en el cuerpo las agresiones físicas, el maltrato puede tener consecuencias para la salud mental como es la pérdida de la motivación y alegría, de la capacidad de crear, innovar, depresión, y hasta intentos de suicidio. La violencia que incluye además la agresión sexual puede poner en grave riesgo a las mujeres de ser contagiadas de alguna enfermedad de transmisión sexual, tener embarazos forzados o no deseados, abortos espontáneos.

La posibilidad de reaccionar ante una situación nos da la seguridad de que somos capaces de encontrar diferentes salidas. Si las soluciones encontradas no funcionan buscamos las razones por las cuales no resultaron y tratamos de corregir la estrategia, si no encontramos explicaciones asumimos que la situación era inevitable y que no pudimos controlarla. Es así como poco a poco vamos reconociendo situaciones que podemos controlar, así como situaciones que no podemos controlar.

La Dra. Lenore Walker, en su publicación “The Battered Woman”, comenta que experimentos de laboratorio con diferentes animales han demostrado que cuando estas criaturas experimentan en forma reiterativa situaciones que no pueden controlar, la motivación para seguir intentando encontrar soluciones se verá seriamente dañada. Incluso, aunque tenga la capacidad de actuar, no confiará en que la situación puede estar bajo su control, no creerá que las cosas puedan cambiar. Lo más serio, es que irá poco a poco no sólo perdiendo su capacidad de respuesta, sino su capacidad hasta de aprender nuevas formas de controlar las situación.

El investigador Martín Seligman tenía la hipótesis de que los organismos sometidos a continuas vivencias que no podían controlar podían aprender que su comportamiento voluntario no tenía efecto para controlar lo que pasaba. Si un estímulo agresivo se presentaba muchas veces, la motivación para responder sería disminuida.

La Dra. Walker comenta que para comprobar esta hipótesis, Seligman y sus investigadores colocaron perros en una jaula y les administraron choques eléctricos al azar y a diferentes intervalos. Al inicio de la experiencia los perros trataron de escapar, pero cuando reconocieron que nada de lo que hacían detenía los choques, dejaron de hacer intentos para salir y su conducta de resistencia, subversión y osadía cesaron para dar paso a la sumisión y pasividad. En síntesis, el investigador comprobó rápidamente que los perros aprendieron que sin importar la respuesta que ellos tuvieran, no podían controlar el choque.

El resultado más serio de esta investigación se observó cuando se dieron cuenta que aún y cuando eliminaron los estímulos agresivos e incluso abrieron la jaula, los perros no respondieron. Incluso se le tuvo que enseñar otra vez como salir arrastrándolos a la fuerza. Es a este proceso de pérdida de capacidad para rebelarse y controlar las situaciones que se le llamó invalidez aprendida, también conocida como impotencia aprendida o desesperanza aprendida.

Otro importante resultado de este estudio fue comprobar que entre más temprano en sus vidas los perros vivían este tipo de experiencia, más difícil era vencer los efectos de esta llamada invalidez o desesperanza aprendida. Sin embargo, también verificaron que una vez que los perros aprendían de nuevo que podían tener control sobre la situación, su invalidez o desesperanza desaparecía.

La fractura que se da en la capacidad de juicio o en la forma en que se representan las cosas es tan seria, que la expectativa o creencia puede o no ser exacta y la persona sigue creyendo que no tiene control sobre la situación. La situación real, las posibilidades reales que se tengan para resolver un hecho no importan ya que el mayor peso lo tendrá la creencia, la expectativa.

Cuando se escuchan las historias de vida de las mujeres agredidas se descubren importantes fortalezas y capacidades para resolver los problemas en la vida cotidiana, lo que sorprende es ver como desde su percepción sienten que no son capaces, y se les dificulta identificar sus fortalezas. Con frecuencia se miran más desvalidas de lo que son.

Este complejo proceso de desesperanza que se suma al poco apoyo social que tienen las mujeres agredidas debilita la capacidad para encontrar soluciones a los problemas de violencia.

Las diferentes formas de abuso (maltrato desde la infancia, aprendizaje identitario de ser sólo para otros, oídos sordos a sus solicitudes de ayuda, maltrato de la pareja, etc.) pueden obstaculizar la habilidad para aprender posibles alternativas de cambio, lo que reduce el número de respuestas que se puedan escoger, por esta razón algunas mujeres no sólo no perciben la soluciones, además percibirán con pesimismo e impotencia la posibilidad de aprender nuevas alternativas de vida.

A la mujeres - dice la Dra. Lenore Walker - se les enseña , sistemáticamente, que su valor personal, su supervivencia y autonomía no dependen de sus respuestas efectivas y creativas a las situaciones de la vida, sino más bien que dependen de su belleza física y su atractivo para los hombres. Aprenden que no tienen control directo sobre las circunstancias de su vida. Temprano en sus vidas, las niñas aprenden de sus padres y de la sociedad que deben ser más pasivas que los niños.”

Cada vez son más los investigadores que reconocen y denuncian las serias consecuencias que puede tener para la vida de las mujeres y los hombres este complejo sistema de construcción de género que define “destinos” y posibilidades o no de desarrollo. Y tristemente empiezan a verificar que sobre las diferencias sexuales que caracterizan a las personas, se montaron la desigualdad, inequidad y asimetría entre los hombres y las mujeres que legitiman y perpetúan la violencia intrafamiliar.

Las personas agredidas necesitan apoyo para fortalecerse. Es necesario acompañarlas para construir junto con ellas la confianza en sus habilidades para controlar sus vidas. Esta confianza sólo se podrá fortalecer cuando se les escuche, crea y se les dé apoyo. Cuando se empiece a examinar con ellas los mandatos que han recibido de ser-para-otros; los mensajes que las construyen como impotentes, fallidas, incapaces y dependientes.

Relaciones de pareja y con los diferentes miembros de la familia, en reciprocidad y simétricas , serán difícilmente construidas si existe en la relación una persona que esté constreñida a ser complemento de la otra, a ser dirigida, normada, controlada. Si se parte que amarse dentro de las diferentes relaciones, significa querer el bien de la otra persona, las necesidades del uno y del otro deberían tener igual peso y valor. Pero no se está enseñando en esta sociedad de poder de unos sobre otros la igualdad en la relación amorosa de pareja y en la familia; tristemente para muchas personas el amor ha sido, por definición, una relación asimétrica que raramente contempla la reciprocidad, la igualdad de oportunidades y la equidad.

Construir relaciones de igualdad y equidad con nuestra pareja y con nuestra familia es una tarea de todos los días que implica antes que nada reconocer que nadie merece ser maltratado, que nada justifica la violencia y sobre que somos personas no cosas y que por lo tanto tenemos el derecho a ser tratadas con respeto, libres de toda discriminación, coerción o manipulación.

Romper el silencio y empezar a rebelarse contra una vida de violencia será posible cuando se encuentren personas que escuchen, crean y no juzguen a las personas afectadas. Ellas necesitan un espacio donde sean apoyadas desde el respeto y la solidaridad.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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