"LILITA" CARRIÓ

Qué sucedería si “Lilita” se viese obligada por las circunstancias de su salud a desaparecer de la escena pública.

Cuando nos enteramos de que la Diputada Nacional Elisa Carrió fue internada en un sanatorio de la Ciudad de Buenos Aires para que se le practicara una intervención quirúrgica por una dolencia cardíaca, más allá de la obvia preocupación que ese hecho suscitó en gran parte de la sociedad argentina, muchos comenzamos a pensar, Dios no lo quiera, qué sucedería si “Lilita” se viese obligada por las circunstancias de su salud a desaparecer de la escena pública.

Y eso es así por que, de un tiempo a esta parte, Elisa Carrió se ha convertido en la gran “fiscal” de la Nación, sin que nadie, de manera oficial, la haya instituido en ese cargo, sino que es la propia ciudadanía quien se ha encargado de erigirla en una suerte de “oráculo” de la política argentina, como fruto de la infinidad de investigaciones y consiguientes denuncias que viene llevando a cabo, denuncias que le valieron las más peyorativas calificaciones, pero que a la postre siempre se han confirmado con un gran índice de certeza.

Esto último tiene que ver con uno de los valores que menos se ven en quienes abrazan el arte de la política, pero que en la Diputada Carrió se aprecia de manera ostensible: su credibilidad.

El ejercicio de la política requiere una serie de actitudes para poderla desempeñar. La credibilidad es una de las más importantes porque la política es abiertamente pública.

Algo curioso le ha sucedido a la política en las sociedades de fin del siglo pasado y principios del presente. Hace treinta años se elogiaba a las sociedades occidentales por haber “resuelto sus problemas”; se hablaba de armonía, de credibilidad, de crecimiento o, por lo menos, de reconciliación.. Las palabras claves ahora son estancamiento, inmovilismo, opciones restringidas, círculos cerrados, escepticismo. Este desplazamiento de un optimismo resplandeciente hacia un pesimismo creciente, puede advertirse en casi todos los ámbitos de la vida, desde un conflicto social hasta las consecuencias del desarrollo tecnológico.

Ahora bien, este fenómeno es más notable en el ámbito de la credibilidad en los escenarios políticos, quizá por la desconfianza en sus instituciones y por un marcado cambio en las creencias y valores acerca de la imposibilidad de construir espacios de deliberación en la democracia. El hecho es que existe desafectación y malestar por la política. En medio de la incertidumbre generada por esta situación, los ciudadanos se preguntan: ¿en qué creer?, ¿en quién creer?

La credibilidad política no sólo debe entenderse como un fenómeno, sino como un proceso. La confianza es el efecto prolongado de creer. Para ello debe existir congruencia en los principios que la sustentan. Cada sistema político traduce su propia imagen de credibilidad, esperando crear opiniones favorables a sí mismo. En este sentido, indagar sobre la credibilidad en política supone orientar los esfuerzos prácticos para diseñar estrategias encaminadas a su construcción.

El asunto de la credibilidad presenta un aspecto cultural relacionado fundamentalmente con los valores. En principio, identificamos a la credibilidad como un tema de carácter axiológico, por lo tanto su espacio será el mismo que comparte culturalmente una comunidad.

Recuérdese que la cultura involucra aspectos que le son inherentes al ser humano; el entorno se los impone y los hace crecer en medio de los mismos. Así, las tradiciones, las costumbres, las creencias, los valores, las ideologías y el sentido de pertenencia le dan significado a la comunidad.

La identidad evita que la sociedad caiga en el caos. Para Habermas, la identidad se construye a partir de la interacción comunicativa, la cual permite la formación y unificación de voluntades colectivas, un objetivo común al grupo y una interpretación homogénea. El mismo Habermas afirma que la adquisición de normas ha dejado de depender de la tradición, de la memoria histórica, y de una cosmovisión única o estructura mítica, sino que se basa ahora en las estructuras comunicativas de la sociedad.

La reputación es la opinión que la gente tiene de uno. Sinónimos de ella son el prestigio, la fama, y son procesos que se van dando con el tiempo, a veces de manera muy lenta. El construir un prestigio implica partir de un “lento taladrar de duras tablas”, parafraseando a Weber, pero puede perderse en un segundo con un sólo acto que no sea congruente con la percepción que la gente tiene de la reputación de la persona.

Depende de la solidez con la cual se construya la reputación, para que ésta, como los buenos cimientos, no se desmorone tan fácilmente. De igual manera, la reputación será parte fundamental para que un individuo pueda tener carisma y esté en posibilidades de ejercer un liderazgo.

¿Qué es lo que conforma el carisma? No es sólo una virtud; parecería que se constituye a partir de un conjunto de virtudes: el entusiasmo, la capacidad de relacionarse con los demás a partir de un liderazgo, la vitalidad que se vuelve contagiosa, la armonía que puede provocar una persona mientras charla, trabaja y organiza.

Cierto es que la clase política adolece de ciertos defectos comunes, como todos los sectores o estamentos de la sociedad. Hay unas pautas que parece que se asemejan en comportamiento al de un sector de actividad, pero eso no puede significar en modo alguno la generalización. La atribución de una valoración, un juicio o un prejuicio idéntico a quienes comparten características de origen o actividad es siempre injusta. ¿Son iguales todos los periodistas, todos los abogados, etcétera? Pues sí, pueden tener en algunos casos rasgos comunes, pero acompañado de un profundo no: no son iguales.

Tampoco son iguales los políticos. Por eso hay que luchar contra la idea de generalizar, que es lo que siempre intentan hacer los que carecen de los valores enjuiciados, los más mediocres. Así, por ejemplo, sucede con la ética. Se halla extendida la impresión de que ante la corrupción todos son iguales. Pues no. Eso es lo que intentan expandir los que tienen una colección de cadáveres de la corrupción en sus roperos, pero no es así.

Pues bien, con la credibilidad sucede lo mismo. No todos son, ni mucho menos, iguales. Evidentemente, puede haber diferencias o evoluciones en el pensamiento de un mismo dirigente, o incoherencias y también algunas contradicciones. Pero eso es muy diferente, en cantidad y calidad, de lo de aquellos que tienen una estela de abundantes mentiras y engaños a la ciudadanía.

Que cale en la opinión pública la idea de que ningún político es creíble y sea alentada esa idea por los que más carecen de credibilidad es algo que debe rechazarse de modo rotundo. Insisto: no todos son iguales o parecidos.

Como decía al comienzo, y aseverando lo dicho en el último párrafo, es la propia ciudadanía la que le ha conferido a la Diputada Carrió un cargo para el cuál no fue investida por autoridad oficial alguna, y esto es, en última instancia, debido a su reputación, su carisma y, fundamentalmente, al alto de grado de credibilidad que ha sabido ganarse, con las mejores armas con las que cuenta un político, en el corazón de la sociedad argentina.

Finalmente, tomando las palabras que “Baby” Etchecopar pronunció hace muy pocos días en un programa televisivo: a la Argentina le hacen falta muchas “Lilitas”. Y es por ello que, desde este lugar, hago votos por la pronta recuperación de la Diputada Carrió. Hoy sólo la tenemos a ella !!!! Quizá, su ejemplo cunda y se haga semilla que germine en la clase política de nuestro país, y en un futuro podamos asegurar de otros políticos lo que hoy solo podemos asegurar de ella: “es una persona creíble” !!!!!

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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