El miedo a perder el control de uno mismo

SALUD 05/10/2016
Tener miedo a perder el control de uno mismo es un tema frecuente en el consultorio psicológico. Pero, ¿puede cualquiera enloquecer de un día para el otro?

Joaquín se sube al colectivo para ir al trabajo. Se sienta al fondo, como siempre, y observa a la gente. A medida que avanza en su recorrido, el paisaje cotidiano le empieza a resultar extraño. Se siente ajeno al mundo que lo rodea, como si estuviera atrapado en una especie de burbuja que flota y lo aleja de la realidad. Cree estar en un sueño, aunque sabe que no es posible. ¿Me estaré volviendo loco? Las manos transpiran, el corazón late fuerte y Joaquín se desorienta. Una mujer le convida un caramelo. “Debe ser la presión”, le dice. Joaquín se lo mete en la boca y baja tambaleando del colectivo. Siente que su cuerpo no le pertenece. Camina sin rumbo, falta al trabajo y vuelve a su casa asustado de sí mismo.

“El país de la locura y el de la cordura son limítrofes, de fronteras tan imperceptibles que nunca puedes saber con seguridad si te encuentras en el territorio de la una o en el territorio de la otra”, dijo el poeta italiano Arturo Graf. El miedo a la locura es tan viejo como la locura misma. A veces, lo diferente produce temor, por eso las sociedades encierran y aíslan a todo aquel que no se adecua a las estructuras de pensamiento dominantes. Locas eran las mujeres acusadas de brujas, locos los bohemios, los genios y los marginados. El límite es ambiguo porque, en gran parte, depende del contexto y de la mirada del otro.

“A lo largo de la historia, el ser humano relacionó a la locura con lo sobrenatural, con las distintas formas del Mal o del Diablo y hasta con la depravación moral”, dice el psicoanalista Pedro Horvat. “Según las épocas, algunos fueron considerados enviados de Dios y otros terminaron en la hoguera. Fue recién en el siglo XX que sus mecanismos fueron comprendidos y la psiquiatría encontró recursos eficaces de tratamiento, pero, aun así, nos sigue asustando. Sus manifestaciones son siempre señal de patología psiquiátrica, lo que es cultural es su valoración”.

Frente a una situación de alta vulnerabilidad cualquiera puede perder la estabilidad emocional. El individuo siente que las circunstancias los superan, que no es capaz de manejar lo que ocurre en su interior y en su entorno, y eso puede provocar el miedo a enloquecer.

“Lo que se teme es la pérdida de contacto con la realidad compartida. La pérdida del control de las decisiones y acciones. La enajenación”, dice la licenciada Adriana Martínez. “La locura, en términos generales, implica una pérdida radical del principio de realidad. Y los miedos se expresan con distintos cuadros:crisis de angustia extremas que impiden un pensamiento despejado; estados de pérdidas reales, como duelos o separaciones que el sujeto no logra elaborar. También puede darse en familiares de personas que han sido psicóticos graves, que temen –ante la aparición de mínimos signos– volverse 'locos' por una suerte de herencia. Las causas son muy diversas. Es importante resaltar que se puede 'estar loco' y dejar de estarlo. No se 'es' loco. Cuando el miedo a la locura invade la vida diaria, hay que ver de dónde provienen esas fantasías, entender por qué la persona siente que se acerca el colapso”.

¿YO SOY YO?
Uno de los mayores temores –y desafíos en términos creativos– del ser humano es perderse de sí mismo, mirar con otros ojos, liberarse del cuerpo. “Yo es otro”, escribió el poeta Arthur Rimbaud, quien consideraba a la poesía una forma de locura.


“El miedo a perder el control de la mente es, en realidad, el temor a que el Yo pierda el control sobre las exigencias del mundo interno, en particular las fantasías sexuales o agresivas que resultan intolerables para la conciencia de la persona”, dice Horvat. “El Yo es el lugar de la persona, y la locura es la expresión de un conflicto entre el Yo y una realidad que por algún motivo resulta intolerable. Cuando la persona se derrumba, aparece en su lugar una reconstrucción diferente. Es la de siempre, pero ya no lo es. No habla, ni piensa, ni nos mira como antes, como si algo se hubiera apoderado de ella. Esta visión de alguien conocido-desconocido es aterradora y produce un efecto emparentado con lo siniestro".

Los ataques de pánico forman parte de este cuadro de ansiedad y miedo a perder el control. “Empecé terapia porque cada vez que me subía al tren para ir a la oficina, me descomponía. Me bajaba la presión, sentía que me desmayaba y tenía que volver a casa”, cuenta Ailín, empleada administrativa. “Al principio creí que estaba enferma pero los análisis clínicos dieron bien. Entonces empecé a tener miedo de volverme loca. A la noche no me podía dormir, mi cabeza no paraba. Un amigo me recomendó a su terapeuta, de a poco pude ir tranquilizándome y comprendiendo qué era lo que me pasaba”.

La vorágine de la postmodernidad, donde nada es lo que parece y todo cambia más rápido de lo que somos capaces de asimilar, la exposición extrema y la vida paralela que llevamos en las redes sociales tienden a aumentar la sensación de incertidumbre y la falta de equilibrio. El miedo a lo desconocido nos acecha desde lo más primitivo. El animal que nos habita grita desde las entrañas.

 Cuanto más fuerte apretemos la correa, mayor será su desesperación. Quizás, una manera de liberarse del temor sea soltar y entregarnos a lo salvaje, como dijo el filósofo Edgar Morin: “El hombre es ese animal loco, cuya locura ha inventado la razón”.

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