Golpe al corazón

PERSONAJES 24 29/12/2014
La historia de quien fue uno de los grandes campeones del boxeo argentino. Amaba la velocidad, la adrenalina, el peligro. Vivió vertiginosamente y murió a los 31 años en un dramático e inexplicable accidente.

AQUEL SABADO 25 de octubre, era todo felicidad. Víctor Emilio Galíndez decidió hacer un asado en su casa de Martínez e invitó a algunos amigos. En esos tiempos convivía con Patricia Aguado, una bella rubia que lo había acompañado en sus últimas peleas. Galíndez, por entonces, era prácticamente un ex boxeador, aun cuando soñaba en alguna nueva oportunidad. En junio de ese año, sin embargo, había sido vencido por Jesse Burnett en California. Un par de meses después, tras un entrenamiento, sufrió una lesión en la retina y, aunque fue operado exitosamente, su destino con los guantes puestos era incierto.

Sin embargo, Víctor tenía razones para sentirse feliz esa noche. Rodeado de algunos de sus familiares –Roberto Palmero, su medio hermano que lo acompañó siempre, en las buenas y en las malas- y algunos amigos, como Edgardo Codutti, celebró el acontecimiento: al día siguiente debutaría en una carrera de Turismo de Carretera en 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires.

“Siempre soñó con los autos. Los amaba y los deseaba –recuerda hoy, Carlos Tisera, quien lo acompañó en sus primeros escarceos como boxeador, allá en Morón-. Una vez, lo encontré mirando un auto nuevito y brillante. Tenía la expresión de un chico antes de escribirles una carta a los Reyes Magos. Me acuerdo de que le dije: 'Entrenate mucho, Víctor, y vas a tener muchos como éste'. Y así fue”.
Galíndez, un amante de los fierros y de la velocidad. Llegó a tener, entre otros, tres Mercedes  Pagoda –uno color champán– con los que le gustaba lucirse. Lejos estaba aquel Fitito con el tapizado de piel de leopardo con el que llegaba al Luna Park en sus primeros momentos.

Así que ese sábado a la noche, se mostró feliz y seguro. Iba a acompañar a Antonio Lizeviche en un Chevrolet número 19. El tema venía desde agosto, cuando hizo los primeros contactos con los preparadores Omar Wilke y Jorge Pederzoli. Finalmente el acuerdo se arregló con Lizeviche por dos carreras. Una lluvia inclemente lo obligó a postergar el debut, ya que la carrera estaba programada para el domingo 19 de octubre. Hubo que esperar una semana y, como aquella noche de sábado era calurosa y apacible, nada hacía prever algún contratiempo.

“'Mañana va a estar lindo, va a hacer mucho calor', le comenté, mientras él preparaba el fuego –recuerda hoy Codutti–, y me contestó que seguramente iban a ver de lo que era capaz, aun cuando sabía que en realidad, estaría de acompañante. Tenía unas ganas bárbaras de correr”.
A la medianoche del sábado, cuando ya estaba por comenzar el domingo, se fueron despidiendo para que pudiera descansar, ya que al otro día tenía que estar tempranito en el circuito.
Se fueron despidiendo de a uno, deseándole suerte, sin saber que nunca más lo volverían a ver con vida.

GALINDEZ nació en Vedia, provincia de Buenos Aires, el 2 de noviembre de 1948. Todavía hoy nadie se pone totalmente de acuerdo sobre quiénes fueron sus maestros iniciales. Todo indica que el primero fue Oscar Casanovas, aquel de la medalla olímpica en Berlín, 1936, acompañado por Luis Federico Thompson, tradicional habitante de Morón y extraordinario como boxeador. Luego vino Horacio García, viejo técnico de la zona de Tigre, el mismo que luego fue el técnico de Rodrigo Barrios. García siempre insistía en que él había sido el primero y así la historia quedó en el folclore de los gimnasios. Lo cierto del caso es que Galíndez se empezó a abrir camino. Era, por entonces, un boxeador de muy buena línea, gracias a lo cual logró conquistas importantes. Representó a la Argentina en los Panamericanos de Winnipeg (1967) y en los Juegos Olímpicos de México (1968). A los 20 años, en 1969, se hizo profesional.
“Yo empecé medio de casualidad –nos contó una vez–, porque fui a un festival de boxeo y el pago era un sánguche y una Coca. Me gustó el ambiente y subí y me fue más o menos bien y me entusiasmé. ¿Sabés qué pasa? Nosotros éramos pobres y yo soñaba con tener guita, mucha guita. Una, porque siempre me gustaron los autos; y otra, porque mi sueño era comprarle una casa a mi mamá. Pero no una casa cualquiera, ¿eh? Tenía que ser blanca y con techos rojos...”.

Galíndez llegó a cumplir su sueño. Era extravagante y llamativo, andaba siempre con la camisa abierta, luciendo el pecho, y cuando subía al ring encendía una rara electricidad en la gente. Cuentan que un día se cruzó con Tito Lectoure, y le dijo: “Don Tito, acuérdese de lo que voy a decirle, un día yo voy a llenar el Luna Park”. Tito no le dijo nada, pero después, cuando se enteró del Fiat 600 con la piel de leopardo, y cuando lo vio en el ring con una bata igual, les preguntó a sus amigos: “¿Y este quién se cree que es, Gatica?”.
No, no fue Gatica, pero supo llenar el Luna Park. Lectoure se encariñó con él, tanto que llegó a ser su campeón mundial favorito.

ANTONIO Lizeviche se dejó convencer por Galíndez por dos razones elementales. Una, admiraba a Galíndez y sabía que no había nada de malo en que lo acompañara y mucho menos peligroso. Dos, porque él mismo era, como Víctor, un apasionado de los fierros. Por ese entonces tenía 43 años. Misionero de Oberá, dueño de una casa de repuestos en Pompeya, arrancó en los 60 con un Torino y en los 70 se pasó al Turismo de Carretera A. Del Torino pasó al Dodge y del Dodge al Chevrolet. Ya por entonces, su hijo Lito también corría en el TC. Cuando Galíndez le contó de su pasión por los autos, lo comprendió de inmediato. Por esa época, Víctor había tenido 4 Torinos, 3 Peugeots, 4 Ford –un Falcon, dos coupés Taunus, un Taunus–, una pick up Chevrolet 1974, 5 Mercedes –los Pagoda más un cuatro puertas–, un Corvette 1976, un Trans Am negro y un BMW gris metalizado. Habría que sumar a la lista tres motos: dos Kawasaki 850 y 1.100 y una Yamaha 450. El total, pues, era de 21 autos y 3 motos... Es necesario tener en cuenta que, desde que obtuvo su corona mundial –7 de diciembre de 1974, Luna Park, KOT 13 ante Len Hutchins– hasta su última pelea ante Burnett, ganó un total estimado de 1.600.000 dólares...

EL DOMINGO 26 de octubre, según Néstor Straimel, enviado especial de El Gráfico a la carrera junto al reportero gráfico Julio Cartier, la sirena de una ambulancia empezó a estremecer el aire. Faltaban 4 vueltas para que terminara la competencia. “Me paralizó ese sonido, porque sabía que era un accidente, así que dejé mi puesto de observación en la rotonda de la ruta 46 y camino de acceso a 25 de Mayo y empecé a indagar. Entonces me llegaron las primeras informaciones... no lo podía creer”.
Galíndez esperó la carrera a lo Galíndez, esto es: accediendo a sacarse fotos con todo aquel que se lo pidiera, tomando unos mates y charlando con las estrellas del circuito, como Carlos Marincovich o Roberto Mouras. Lucía un traje antiflama que le había prestado Lizeviche. De hecho, cuando Straimel dialogó con él, en lugar de mencionar la carrera, decía “la pelea”, y afirmaba que pensaba hacer una más –una pelea de boxeo, se entiende– antes de fin de año.
¿Quién podía prever semejante final?

A PRINCIPIOS de 1970, cuando él empezaba a surgir, no era el único en la categoría medio pesado. Había un montón de buenos valores: Juan Aguilar era campeón argentino, Avenamar Peralta, sudamericano; Jorge Ahumada, titular mendocino; y lo seguían Galíndez y Pedro Rimovsky, recio peleador radicado en Tandil. Entonces a Lectoure se le ocurrió efectuar una selección entre ellos, tal cual había hecho en la categoría mediano, de la que salió Carlos Monzón. El trofeo se llamó Bolsa de Oro y el campeonato se denominó “Félix Daniel Frascara”, en honor a aquel gran periodista de boxeo que fue uno de los pilares de nuestra revista, El Gráfico...

Pelearon todos contra todos, en fallos cerrados, polémicos y discutidos, aun los categóricos. Y aunque se decía que era un torneo armado para Galíndez, lo ganó Avenamar, el hermano de Goyo, el que había sido rival de Ringo Bonavena. Galíndez, de todas maneras, siguió en carrera. En el 72 le ganó el campeonato argentino a Aguilar, primero; y el sudamericano, a Avenamar después.

Conducido ya por Juan Carlos Pradeiro, Galíndez era excitante, vigoroso y atrevido. Lectoure, como había hecho con Carlos Monzón unos años antes, empezó a traerle rivales extranjeros: Eddie Owens, Karl Zurheide, Eddie Duncan, Eddie Jones, Ray Anderson... Para 1974, Bob Foster empató con Jorge Ahumada en Albuquerque (había ganado el mendocino) y largó el boxeo. La corona quedó vacante y Tito, apostando todo a Galíndez, montó la pelea por la corona vacante entre Galíndez y el norteamericano Len Hutchins en el Luna Park. Por primera vez, un argentino iba a tener su chance de coronarse campeón mundial en el Luna.

En una noche de gloria y drama, Galíndez ganó la pelea y Hutchins terminó en el hospital. Fue una paliza histórica.

LA CARRERA de 25 de Mayo no duró mucho para los tripulantes del Chevrolet número 19. Habían largado en la decimoprimera fila (habían quedado en el puesto número 11 en la serie inicial). Pero a los 6 kilómetros, Lizeviche y Galíndez debieron detenerse por un problema en la caja de velocidades. Estaban en el cruce de las rutas 51 y 46. La competencia había empezado a las 12.50. No sabían que, exactamente 45 minutos más tarde, ambos estarían muertos.

LA RELACION 
entre Víctor Galíndez y Tito Lectoure fue estrecha, ganadora y conflictiva. Víctor no era, justamente, un fanático del gimnasio. Dos o tres cosas lo volvían loco en esta vida. Ante todo, las mujeres; después, los autos; y tercero, las gaseosas. Era capaz de destapar una Coca Cola de litro con los dientes y tomársela de un tirón, de la misma forma que no supo nunca que era el alcohol o el cigarrillo (de hecho, una noche en Sudáfrica y después de una pelea, tomó algo de cerveza y se mareó enseguida; y, aunque lo vimos fumar, fue apenas por muy poco tiempo). Así que estaba siempre peleado con la balanza, pues era tal su ansiedad que era capaz de levantarse por las noches y tomarse cuanto elemento líquido tuviera a mano. Lectoure, gruñón a veces, paternal otras, enérgico siempre y tozudo en todos los casos, trataba de convencerlo de que se cuidara, pero se hacía muy difícil. En casi todos los combates tuvo problemas. En septiembre del 78 no dio el peso ante Mike Rossman, y Tito lo metió en la caldera del Hilton de Nueva Orleáns, pero subió debilitado y perdió por KOT. La revancha se programó en Las Vegas, pero la gente de la Comisión de Nevada puso a sus jurados en lugar de los de la Asociación Mundial de Boxeo. Lectoure retiró a Galíndez del estadio y lo dejó plantado a Rossman, ya en el ring y con la televisación comenzada. Fue un hecho histórico. La pelea no se hizo. “Pero Tito era muy vivo –nos dijo, años después, Mike Rossman–, porque canceló el combate sabiendo que, en realidad, Galíndez estaba mal entrenado...”.

Finalmente pelearon en Nueva Orleáns en abril de 1979, y para que Víctor no hiciera desastres, Lectoure puso al técnico Oscar Rodríguez en la habitación de Galíndez, durmiendo en un catre y tapando la puerta del baño. “Cuando se levantaba por las noches, yo lo vigilaba porque era capaz de prenderse de la canilla, tomar dos litros de agua y... ¡Adiós al trabajo que habíamos hecho!”, recordaba Rodríguez. Bien entrenado, Galíndez le dio una paliza a Rossman y en el medio de la pelea, hasta hubo reparto de piñas entre los hermanos de ambos boxeadores, puesto que había mucha rivalidad entre los clanes.

Pero la gran pelea de Galíndez fue la que ganó ante Richie Kates, el 22 de mayo de 1976 cuando, bañado en sangre, tras sufrir un tremendo cabezazo, ganó por nocaut un segundo antes de la campanada final. “Lectoure le dijo al referí que el médico autorizaba a seguir –nos contó Kates, años más tarde, en su casa de Nueva Jersey–. Y le dijo al médico que el referí autorizaba a continuar. Yo tendría que haber ganado por nocaut técnico, pero el muy vivo de Lectoure cambió la jugada y Galíndez siguió peleando. Jamás lo olvidaré, fue un gran campeón y un muy buen tipo...”.
Esa noche, tras la pelea, Tito le contó la otra historia a Víctor: ese mismo día, 22 de mayo, Bonavena había sido asesinado. Galíndez, que idolatraba a Ringo, se puso a llorar como un chico. Darle la noticia antes hubiera sido un desastre para él.

Finalmente, Galíndez se separó de Lectoure y se fue a “Primera Fila”, empresa liderada por José Steinberg y Carlos Monzón. Y, aunque su técnico fue nada menos que Amílcar Brusa, el viejo maestro no logró dominarlo. Programado para pelear con Marvin Johnson en Nueva Orleáns (30 de noviembre de 1979), no quiso ir al dentista –tenía una caries–, viajó acompañado por Patricia Aguado, se entrenó a su manera y así terminó: Johnson le quebró la mandíbula (justamente por la mencionada caries) y terminó nocaut. Tiempo después, volvió a reestablecer la amistad con Lectoure sin saber que jamás volvería a boxear.

A LAS 13.24, el Falcon de Marcial Feijoó se puso de costado y comenzó un trompo por motivos desconocidos. Lizeviche y Galíndez, que ya habían abandonado, iban caminando, saludando desde el costado de la cinta asfáltica a los aficionados. ¿Cómo un piloto de la experiencia de Lizeviche no se dio cuenta de que, en realidad, les estaban haciendo señas para que se pusieran del lado externo de la pista? Los coches pasaban a su lado a 250 kilómetros por hora. De pronto y en menos de dos segundos, el auto de Feijoó los embistió con su lateral derecho. Murieron al instante, en medio de una orgía de sangre y destrucción. Feijoó terminó todo lesionado y mientras era llevado al hospital, los cuerpos de Galíndez y Lizeviche quedaron en el lugar hasta que terminó la carrera. Cuando los dos caminaban por la banquina, y en contra del sentido de los autos, Miguel Angel Atauri se ofreció para llevarlos y le dijeron que no. No hubo ni culpa de nadie ni circunstancias que determinaran por qué el auto de Feijoó entró en semejante trompo. Fallecieron en el acto. Feijoó jamás volvió a correr. Murió en 1980.

Galíndez fue velado en el Luna Park. Ana María, su esposa inicial y la madre de Darío Víctor (quien por entonces tenía 10 años), María Alejandra (8) y Nina Nieves (7), fue la primera en llegar, aunque fue casi simultáneo con su compañera de ese momento, Patricia Aguado. El velatorio comenzó a la 1.50 en Castro Barros 883, sala que era propiedad de los hermanos Bonavena, y a las 10.45 se trasladó el féretro al Luna Park. Luego llegaron doña Dominga, la madre del boxeador, y su sparring y fiel amigo, Jorge “Violín” Salgado. Luego, el desfile de amigos y aficionados fue interminable. Nadie lo podía creer.

CORRER ES como volar”, decía Galíndez a aquellos que le pedían que abandonara sus sueños de piloto de carreras. El, que había enfrentado el peligro en el ring, bañado en sangre, derrochando coraje y guapeza en cualquier lugar del mundo; él, que había sufrido ya varios accidentes por conducir a grandes excesos de velocidad, no podía dejar de sentir la adrenalina en la sangre.
El, que de pibe había soñado con regalarle una casa blanca con techos rojos a su madre, doña Dominga, vivió siempre al límite, como quería, rondando siempre el peligro y la tragedia.
A lo largo de diez años como boxeador profesional, fue el primer campeón mundial mediopesado en recuperar la corona, y el primer argentino en ganar un título mundial en los Estados Unidos (en la revancha con Rossman), sumando 55 peleas ganadas con 34 KO, 4 empates, 9 perdidas y 2 sin decisión. Tuvo un total de diez directores técnicos, fue el primer campeón mundial argentino que viajó a Sudáfrica, donde efectuó varias peleas –incluyendo la que ganó ante Richie Kates–, llegó a efectuar 12 defensas exitosas de su corona, superando a Archie Moore. Fue el primer campeón mundial argentino que defendió su corona ante otro argentino (Jorge Ahumada) en el prestigioso Madison de Nueva York (1975). Enfrentó a 22 rivales extranjeros, hizo 16 peleas fuera del país, y nunca defendió su título mundial en la Argentina.

Detrás de todos esos datos, detrás de la sombra que siempre proyectó sobre él su contemporáneo, Carlos Monzón, queda el campeón de corazón gigante, aquel de la epopeya sangrienta y dramática ante Richie Kates.
Pero queda, también, la imagen de aquel pibe que por un sánguche y una Coca, se metió a un ring y se dio cuenta de que podía ganar plata, mucha plata, y comprarle a su madre una casita blanca con techos rojos. 
Cuando murió, tenía 31 años.
La casita de techos rojos, allá en Morón, ya no albergó más el regreso del hijo pródigo, el que venía con los brazos llenos de regalos y el corazón rebosante de amor.

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