CARLITOS BOXEADOR

PERSONAJES 24 06/12/2014
Nicolino Locche llegó a campeón mundial riéndose del boxeo y de su sistema de celebridades y consagraciones.

lNicolino Locche llegó a campeón mundial riéndose del boxeo y de su sistema de celebridades y consagraciones. Lo hizo desarrollando una técnica personal e irrepetible: esquivar siempre, no pegar nunca. El autor de este perfil le hizo más de una docena de entrevistas, escribió y dirigió un mediometraje sobre él e incluso, para un artículo, boxeó con Locche durante cuatro rounds, para saber lo que significaba pelear contra un fantasma. Acá cuenta sus recuerdos y sus experiencias.

Agua. Eso es: agua. Le pido al eventual lector o lectora, que antes de empezar tenga cerca un recipiente con agua. Para poner algunos interrogantes en remojo y, finalmente, para hacer una especie de comprobación.

Voy a tratar de demostrar que “había una vez Nicolino Locche”, y que ese Nicolino era cierto, mientras maduran interrogantes referidos a la posibilidad de que alguien como Locche tuviese calce en el boxeo argentino y mundial del año 2013 después de Cristo.

Así es: había una vez Locche. Lo mejor que hizo, por obra y gracia de sus padres, fue nacer, el 2 de setiembre de 1939, en Tunuyán, Mendoza. Su madre, más que romper bolsa, rompió el molde. Ya estoy entrando en desesperación: cómo hago para contar a los niños y jóvenes de este siglo 21 que Locche era cierto, que consiguió hasta el cetro mundial de los welter junior des-haciendo los mandatos del boxeo y del siglo. Cómo hago. Cuando lo veíamos al Intocable en las décadas del 60 y del 70, no nos era suficiente ver para creer. Si viéndolo era increíble, contado actualmente resultará inconcebible. Pero qué voy a hacerle, sepan disculpar: caigo otra vez en la tentación de contar y de analizar lo increíble inconcebible.

Todos somos únicos, pero hay algunos únicos que son recontra únicos. Locche llegó a campeón mundial de los welter junior mofándose, riéndose de lo que el boxeo y el mundo premian y coronan, con perdón de la palabra, con el “éxito”. Doblegó, hizo arrodillar a la violencia, sin violencia. Lo hizo desde el deporte más explícitamente cruel, en un siglo aplicado a la destrucción del planeta y sus habitantes. Y, además, en un país matador de vidas y violador de muertes.

Las preguntas en remojo se salen de la vaina y muy pronto me impiden contar el cuento que fue cierto. En esta primavera, en este renacido boxeo argentino, enarbolado por el marketing, por el carisma de Maravilla Martínez, en este boxeo controlado por la televisión de cable, ¿Nicolino tendría posibilidades, espacio?

Pienso que sí. Porque cosas más imposibles consiguió él en su tiempo. ¿Cuántos, cuántos daban una moneda cuando Locche partió para Tokio a conseguir el cetro mundial? No sólo superó al temible Paul Fuji, lo hizo abandonar la pelea y el boxeo para siempre. Hoy Locche, con televisión por cable o sin cable, produciría el goce de un ring side millonario en cantidad de ojos y –otra vez con perdón de la palabra–, de “rating” y suculentos esponsores.

Es cierto que muchos periodistas de países lejanos han dicho que lo que perpetraba aquel Nicolino, con la impunidad de su candor, “no era boxeo”. En realidad tenían y tienen razón: no era, no es boxeo. Es algo que le rompía los moldes y las coordenadas a los mandatos del boxeo. Algo que hipnotizaba y seducía al arduo combate, lo zurcía con el hilito fino de la poesía hasta convertirlo en esa “otra cosa”, en la que la sangre y la machucación mutaban en semilla de risa y de alegría. Recordemos que los primeros tiempos de Nicolino en el Luna Park estuvieron atravesados de silbatinas y abucheos y monedazos despreciativos. Recordemos, además, que hasta comentaristas exquisitos como el maestro –tan extrañado– Ulises Barrera no comulgó con ese Nicolino que emergía de la por mucho tiempo cuestionada escuela mendocina de Paco Bermúdez. Pero ese mismo público, que con el tiempo fue persuadido y encantado por Nicolino, terminó adorándolo y celebrando hasta sus mañas y algunas picardías no reglamentarias.

Para contar a aquel Locche transgresor que ni sabía que significa la palabra “transgresión” no tengo más remedio que afanar de lo mío. Puedo hacerlo, ¿no? Le hice más de una docenas de entrevistas, comenté decenas de sus peleas, escribí y dirigí un mediometraje sobre él y con él de actor (antes de que fuera mundial) y finalmente, realicé cuatro rounds con él, para saber, desde adentro de un ring, lo que significaba tener a ese Nicolino inapresable ahí, a centímetros.

Nicolino tenía siete años, y para que se dejara de callejear su madre se lo llevó a don Paco Bermúdez, al gimnasio Mocoroa, el mismo donde estaba un tal Cirilo Gil. Al chico no le gustaba la escuela, ni entrenarse, ni andar a las piñas. Venía de un hogar pobre, pero con comida y abrigo. Era glotón, irresponsable, dormilón, embustero, jodón, vago y arrasadoramente alegre. La tardecita de su primera pelea como aficionado, iba en bicicleta y distraído se llevó por delante una carretela con caballos. Ya desde sus primeras peleas, subía al ring y se recostaba sobre las sogas para hacer cebo: sólo esquivaba trompadas. Eso agotaba a sus rivales. Siguió en esa: des-haciendo el boxeo feroz, y bajo la tutela del sabio Bermúdez fue campeón mendocino, argentino, sudamericano y mundial de los welter junior.

Nicolino, en su médula, abajo y arriba del ring, era un flor de vago. Pero no era sonso, no le gustaba que lo abollaran. Así fue desarrollando un don que vino con su prodigioso organismo. Visteaba, amagaba, esquivaba, clausuraba golpes del adversario antes de la salida. Una de sus claves: miraba hipnóticamente a sus rivales y entraba en complicidad con el público. A los terribles mandatos del boxeo los puso patas para arriba y a las leyes de este mundo pragmático y carnicero también. Intocable, le decíamos.

Y pensar que Nicolino pudo ser nadie. Cuando tenía diez años, estaba jodiendo a la orilla de una correntada y el agua lo arrancó. Un hombre casual extendió su brazo y lo recuperó. Ese mismo hombre, años después, fue arrastrado por esa correntada. Sin retorno. El pibe aquel resultó un boxeador único, traté de expresarlo en mi película: torero, encarnación de Chaplin, Gandhi y Zorba. Panadero del pan más escaso. Rompiendo todos los libretos, en el diciembre de 1968 se consagró campeón mundial en Tokio, al vencer a Paul Fuji, fiera temible que abandonó la pelea y también la práctica del boxeo. Para siempre.

Llegó, por así decir, a la cumbre del Everest en ojotas y con una remerita.

Un día le pregunté: “Nico, ¿qué te dice la palabra transgresión?” Me respondió: “Y… debe ser una loción para la caída del pelo”. El caso es que esta especie de Adán, con su ignorancia convertida en devastadora inocencia, transgredió boxeo y siglo desde un paisito ambicioso en el que si uno no es campeón mundial de algo es un reverendo pelotudo. En realidad, Locche fue un des-boxeador.

Intentaré la radiografía de alguien que no rompió el molde, en realidad rompió la máquina de hacer moldes.

Como boxeador fue torero, y como torero fue Gandhi. Imaginemos el vértigo del ruedo. Nicolino primero afronta al toro con su capa. El toro arremete. Ole. Ole. Después arroja la capa y se ofrece a pecho descubierto. El toro embiste, roza, pasa y pasa de largo. Ole. Ole. El toro no mengua, recrudece exterminador, y pasa y pasa de largo. Ole. Ole. Llega el momento de la sangre, de la coronación de la muerte: el torero muta en Gandhi y prescinde de las banderillas. Hasta el silencio hace silencio: ahí están: el torero desmantelado y el furioso toro jadeante. Un hilito entre la vida y la muerte. El toro resopla, se derrumba, se acuclilla manso, convertido en un toro de peluche. ¿Imposible un torero sin banderillas? Locche fue eso. Chicos y jóvenes del año 2013, créanme, no exagero.

Panadero en el ojo del volcán, eso fue. El borde de un volcán no es buen sitio para una panadería. Nicolino, aparte de torero y Gandhi, fue panadero. Panadero de la alegría, repartía lunas y medialunas, bollitos de risa. Milagroso panadero, capaz, con un guiño, con un amague, de desatar la multiplicación de las risas. El ring es el sitio de la crispación, de la sangre enceguecida, de la conmoción cerebral. Allí la risa no tiene nada que hacer. Locche soltaba panes allí, donde dos tipos suben dispuestos a arrancarse la cabeza. El boxeo es una actividad que explicita, sin hipocresías, la competencia feroz que triunfa sólo con la destrucción del otro. El boxeo no es diferente de nuestra sociedad. Nicolino tenía su panadería allí, en el borde del ojo del volcán.

Leones y sangre en público, ¿un placer inherente a la condición humana? Los siglos pasan y la sangre permanece como condición del espectáculo. La apetencia de sangre, allá lejos se calmaba con gladiadores y leones y emperadores que subían o bajaban el pulgar. Ahora esa apetencia se calma también hasta con el boxeo femenino. Pero Locche le hizo pito catalán a los mandatos sanguinarios. Primero recibió monedas y abucheos, después hizo al público y al espectáculo a su imagen y semejanza. La vida lo arrojó al cuadrilátero. Bien agarradito de su candor, consumó la paradoja de hacer estragos reconfortantes. Arrojado a los leones, no se dejó devorar por ellos. Pero tampoco los mató. “Para qué, si los leones son gente como yo. Si muere un león la mamá sufre, si muero yo mi mamá sufre”. Razonar no era su fuerte, pero así razonaba. Sigamos: ¿y qué hizo Nicolino con los leones? Se puso a conversar con ellos. Por esto, las peleas sin sangre de Nicolino debieran verse a la hora del desayuno. Desactivarían tanto celo y recelo, tanto diente y tanta uña. ¿Por qué? Porque “los hombres malos no son tan malos si uno los hace reír”. (Esto también lo dijo el Nico alguna vez, sin pensarlo, naturalmente.)

Así es, así era este gran burlador. Triunfaba sin pegar casi. Ganaba, no por puntos, no por nocaut: ganaba por persuasión. Sus rivales quedaban exhaustos de tanto y tanto errarle, de tanto pegarle al aire, al desesperante vacío. Cuando peleó por el cetro mundial extenuó más que pegó. Y si pegó, fue haciendo una excepción.

Así, con esas cordiales artimañas de pícaro, no necesitaba aplastar narices, ni mortificar hígados, ni cancelar neuronas. ¿Y cuáles eran las claves de aquel singular muchacho? Claves sencillas. Aunque lo sencillo no tiene prestigio a la hora del análisis, no importa. Aquí van: Risa, llanto, vagancia, tres rasgos de Nicolino. ¿Por qué será que nos reímos tan poco cuando ejercemos nuestros oficios? Hoy la risa depende del chiste. Y el chiste no es humor, no da alegría. Locche, así en la vida como en el ring, reía a lo niño. Esto lo desintoxicaba, le sacaba el hollín del laguito interior. Aborrecía sin feriados el trabajo, por sus escapadas le decían Bach, el rey de las fugas. Fiel a su vagancia, trabajaba medio minuto por round. Siempre pésimamente entrenado, inflaba de risa sus fuelles internos, y hacía la fiesta: deponía la sangre. ¿Y su llanto? Era como su risa. Solía llorar con el impudor de un niño. Otro factor desintoxicante. Uno vive anudándose en nombre de la compulsiva responsabilidad. Él vivía desatándose. Fumaba como loco, comía y etcétera a raja cincha. A cuatro días de sus peleas siempre estaba excedido de peso, y a partir de entonces debía resignarse a comer solo manzanas. Un Adán incorregible que ante el reto decía: “Ma’ sí ¿Quién me quita lo comido?” Llegaba famélico al día de sus “peleas”. Tras el pesaje devoraba pastas, empanadas, mejillones. Al ring subía en mal estado físico, pero relajado y más contento que la mierda. Psiquiatras, con Nicolino abstenerse.

Recuerdo una pelea alucinante, la que hizo con el extraordinario Joe Brow. Este, impotente, en pleno combate, se detuvo y lo aplaudió. Esa noche recibió una ovación interminable. Iba al centro del ring, agradecía y se volvía. Bermúdez, enojado, lo empujaba una y otra vez. Cuando le pregunté qué pasaba por su cabeza en ese momento de gloria me contestó: “Pensaba en las pastas que iba a comer. Loco, no sabé el hambre que tenía y estos culiao no paraban de aplaudir...”.

El gran dormidor, esa era otra de sus claves. Locche, cuando se acostaba se dormía como bebé después de la mamadera. No tomaba pastillas, suficiente con su soberana irresponsabilidad. Se pasó media vida durmiendo. El día de su pelea en Japón se mandó una siesta de tres horas; don Paco Bermúdez lo despertó para ir al estadio. En los camarines, ya con el vendaje, se acostó sobre la mesa de masajes y don Paco le puso una toalla sobre los ojos para evitarle los tubos fluorescentes. Al minuto escuchó un serrucho: Nico dormía otra vez. Un rato después le ganaría el cetro al temible samurai.

Seguro que un tipo como Locche no gozaría del aprecio de Sarmiento. Porque era un zángano. Pero, a los fines de explicar el misterio Locche, decimos: un tipo que dormía así, al Sistema Nervioso no lo tenía nervioso. Sus nervios no eran resortes crispados, eran las cuerdas de un violín encantador de fieras furiosas.

Como Zorba, exprimía el instante del momento. Nicolino nunca hablaba de la paz mundial, ni de ecología. No hablaba, era. Era alguien como Zorba, el griego. Zorba, encarnaba la capacidad para vivir el presente de cuajo. Ni nostalgias ni presagios tenían sitio en él. Nicolino era como aquel Zorba. Ésa era su gracia y su desgracia. Ganó fortunas arriba del ring y perdió fortunas abajo. Cuando salió del hospital (lo habían operado del corazón, cuatro bypass), le pregunté: “Nico, ¿vas a seguir fumando?” “Algo” “¿Cuánto es algo?” “Loco, yo no sé contar.”

Como Chaplin, usaba la picardía para desactivar gigantes. Esa es otra de las claves del fenómeno Locche. La picardía, más de niño que de adulto, no la usaba para la usurpación sino para prescindir del esfuerzo y de la rudeza. En el ring, con los años, fue sustituyendo el músculo por las mañas. Esas picardías, al boxeador–torero–Gandhi lo convertían también en un Chaplin. Su semejanza con el genial cómico iba mucho más allá del modo de caminar: era más profunda, tenía que ver con la natural estrategia psicológica. El tenue Chaplin destrozaba a sus enormes rivales, no con la fuerza física sino con la de su pícaro ingenio. Se agachaba y las trompadas de los grandotes se estrellaban en las paredes. Abría puertas y los malos pasaban de largo. Locche fue Chaplin en el ring. Con sus esquives de felino provocaba la carcajada y establecía un circuito de complicidad con la multitud. Ringo Bonavena, celoso pero sabio, una vez me dijo: “Si tu amigo Locche boxeara en un ring cubierto con una gran campana de cristal, sin que se escuchen las carcajadas del público, ya no sería tan intocable”. Pero Locche, como Chaplin, contaba con el público. Las trompadas al aire descontrolaban y contracturaban a sus rivales. Convertidos estos en nudos de impotencia, él ya no necesitaba fatigarse pegando. ¿Pegar? Eso no se hace.

¿Y las cábalas? Se burlaba de ellas. Con decir que el muy pícaro llegó a inventarse una. Estaba por defender el título con Jöao Henrique en el Luna Park y salía a correr con un famoso profesor, encargado de custodiarlo. En la mañana del miércoles previo al combate del sábado, Locche volvió al hotel silbando. Bermúdez olfateó, le preguntó al profe: “¿Ya corrieron los cuatro kilómetros?” Inocente, el profesor le respondió: “Hoy salimos, pero a pasear. Locche me dijo que él no corre los días previos a sus peleas, por cábala.” Único. Vago de ley. No se entrenaba por cábala. En conferencia de prensa una vez le preguntaron qué consejo tenía para los jóvenes. Sobre el pucho dijo: “Que no hagan nada de lo que yo hice.”

Nico actor; el dinero no le importaba. A mediados de 1967, antes de que Nicolino fuera campeón mundial, escribí un guión y dirigí un mediometraje, sobre y con Locche (Nicolino Intocable Locche, 25 minutos). Él aceptó participar junto a actores de teatros independientes de Mendoza. A la hora de hablar de sus honorarios, fue implacable: “Mirá, loco, si vo queré que yo trabaje en esta güevada me tené que pagar al terminar cada día.” El pago consistía en esto: cada jornada de filmación debía terminar con un asado, e invitar siempre algunas amigas más bien cariñosas. Cumplimos con su salario: entonces todos fuimos felices, y no lo sabíamos.

¿Que se siente con Locche, pero adentro de un ring? No había caso: ni los reportajes, ni la película que realicé me terminaron de revelar la cifra de Locche. En octubre de 1980, después de seis años de veda, pude volver a escribir en la Argentina. Como redactor de la revista Siete Días propuse una nota “diferente”. Mi reportaje consistiría en enfrentar yo a Locche, durante cuatro rounds. Quería saber qué se siente adentro de un ring, tratando de golpear a Locche. Resumo lo que pasó y escribí entonces.

Aviso que me preparé físicamente, pero sobre todo psicológicamente. Sudé cinco rounds de sombra diarios. Imaginaba golpear a algo no visible, improvisaba secuencias de golpes disparatados, desechando la sintaxis boxística lógica. Mi propósito era llegar al rostro de Locche por vías del absurdo, por lo menos con una trompada neta. Me preparé para no caer en la sensación de ridículo paralizante que él provoca. Me avisé que Locche era capaz de convertir en multitud a una sola persona. Y esa persona iba a ser el fotógrafo, Carlos Abras.

Llegó el momento tan esperado. Lo estoy viendo: Abras me anuda los guantes y después sigue con los de Locche. Aprovecho para largarle un guantazo a la cara a Nico. Sin mirarme, eleva el hombro izquierdo y esconde su mentón detrás. Con una carcajadita, se festeja. Yo me hago el güevón. Abras ya alzó la Nikon. Y nos dice gooong...

Primer round. Busco rápido el centro del ring. Espero esa patadita con amague con la que Locche siempre espantaba a sus adversarios apenas iniciada cada pelea (cada función). Pero su patadida–amague no viene. Espero. Y no viene. Locche baja los brazos y me dice: “Che, Rodolfo, si querés pelear sacate los lentes”. Mis manos buscan mis anteojos... Pero ya me los había sacado, claro. Nico larga su carcajadita y el primer guiño al fotógrafo. Empezó la complicidad. Nico me amaga con un gancho de izquierda. Compro amague. Pronto pierdo la línea. Tranquilo, me digo. No debo enfurecerme. Respiro hondo y me decido a sacar mis puños. Primero varias izquierdas tratando de abrirle camino a la derecha. Pero las izquierdas siempre quedan cortas, a un centímetro de la meta. La derecha roza apenas sobre la mollera de Locche. Trato de empujarlo hasta un rincón. Allí estamos. Saco golpes desde todos los ángulos. Pero siempre la cabeza de Locche se me escurre. Al final del round de dos minutos tengo mis dos puños anudados, mis músculos agarrotados... Es como si estuviese por leer un discurso y el viento me volara los papeles.

Segundo round. Rápido le mando un derechazo, Nicolino se enana, desaparece. Lo busco con la izquierda ascendente. Ya no está. Avanzo, empujo, se recuesta sobre las cuerdas. Va otra vez mi derecha, con todo, pero pasa por debajo de su axila y allí queda atrapado mi puño. Me dice al oído: “Pará, loco, no me hagás sudar; no tengo ganas de ducharme de nuevo”. Sigo sacando golpes de manual y callejeros. Nicolino me dice: “Te dije que te sacaras los lentes...”. Otra vez me como la broma. Abras grita gong. Me voy al rincón. Hace rato que me siento adentro de una pesadilla. La trompada que le doy al encordado me demuestra que todo es real.

Tercer round. Me le paro imitando sus maneras. Quieto, con los guantes bajos, lo espero. Un fastidio fugaz pasa por su frente. Me le voy encima sacando manos desde ángulos inauditos. Quiero pegarle una, aunque sea por error: sigo machucando al aire. Este constante desembocar en el abismo del aire me agota. Del alma me sale un ¡hijodemilputas! Así termina este asalto. Estoy sin aire, rabioso. Una aguda contractura me baja desde el hombro hasta el centro del pecho. Lo comento. “Infarto”, me dice Locche y agrega: “largá el boxeo”.

Cuarto round. Seguro de que Nicolino no me va pegar, avanzo: izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, izquierda.... ¡patada! Sí, harto de pegarle a la nada, le tiro una patada. La esquiva con un medio giro de torero. Aturdido, afiebrado y realmente enfurecido voy al frente. Locche rezonga: “Mala persona. Te dije, loco, que no quiero volver a ducharme.” Sigo buscándolo. Mis guantes siempre lo rozan, y eso es lo peor. Porque tengo la ilusión de que en el próximo golpe sí lo calzo. En esa ilusión se produce el desgaste. La cabeza de Locche está ahí. Pero no está. ¿Cómo se hace para pegarle a un fantasma? Sigo izquierda, izquierda, derecha, izquierda... aire, vacío, nada, nada, nada… La campana gutural del fotógrafo me salva de la locura. Me consuelo pensando que a mí me ha pasado con Locche igual que a tantos consagrados. Locche me ha demolido sin pegarme. Ahora ya sé lo que se siente después de tanto y tanto darle a una sombra escurridiza. Lo aprendí: el abismo no tiene rostro, no tiene mentón.

Al comienzo de esta nota le pedí al lector o lectora que tuviera cerca un recipiente con agua. ¿Para qué? Sabiendo que a veces las palabras no alcanzan y destiñen, si alguien quiere verdaderamente saber qué se siente cuando se está en un ring frente al Intocable Nicolino, digo: introduzca su mano en el recipiente con agua. Bien. Ahora trate de atrapar un puñado de agua. ¿Que es imposible? Eso que sucede con el agua sucedía también con Nicolino Locche, en el ring.

Nicolino después, ¿qué fue de su vida? Vivió hasta el 7 de septiembre del 2005. Tenía 66 años cuando dejó de respirar aquí. Desde entonces, vaya a saber dónde, Locche está respirando de otra manera. Sus últimos años, con una pensión del gobierno de Mendoza, los compartió en una casa sencilla y brotada de macetas, junto a María Rosa Gelleni. Nunca dejó de fumar ni de hacer lo que no le hacía bien a sus pulmones y corazón. María Rosa trataba de sacarlo a caminar y él le respondía: “Mami, caminá vos si querés, después contáme”. Hay que reiterarlo: Nicolino, tan intocable en el ring, fue muy tocado abajo del ring. Intocable pero desguarnecido. Intocable pero vulnerable en el vivir cotidiano. Perdió fortunas, se metió en negocios inauditos. Abajo del ring siempre tuvo un sexto sentido para hacer lo que no le convenía. Hay decenas de historias para contar sobre el Nicolino Vulnerable. Me contó alguna vez, sin drama: “En 1972 compré un auto de carrera usado. Pagué al contado. Lo trajeron en un remolque y me lo dejaron cerca del Luna Park. Cuando fui a ponerlo en marcha, el auto no arrancaba. ¡Qué lo parió, tiene la batería vencida!, dije. Abrí el capó para solucionar el problema y me di cuenta que no era la batería: el auto no tenía motor.” Tan intocable en el ring, tan vulnerable en la vida, nunca tuvo voluntad para el odio y esas cosas. Era, por así decir, vagoneta hasta para el rencor: “Está Dios para juzgar. Yo no puedo odiar a los que me jodieron, eso me cansa.”

El candoroso Intocable, en 1985 me llamó una tarde. “Loco, me tenés que prestar unos pesos. Por unos días eh. Tengo que viajar a Córdoba en ómnibus y estoy seco.” Apenas tuvo el dinero en sus manos, empezó a jurarme una y otra vez: “Que se muera mi vieja si no te devuelvo la guita antes de fin de mes. Que se muera mi vieja eh.” Dos por tres, como una letanía, Nicolino con su juramento: “Que se muera mi vieja si...” Avanzada la tarde, estábamos hablando de cualquier cosa y de pronto empezó a las carcajadas. Le pregunté de qué carajo se reía y me contestó: “Loco, este... resulta que mi mamá murió el año pasado...”.

Nicolino, pan y vino; Nicolino, alegría y vino. El Luna Park se sembraba de mujeres embarazadas cuando él jugaba a pelear. Asombra pensar que este eterno niño haya consumado su hazaña de Vida en una Argentina que anidaba a torturadores que hasta desnucaron la absurdidad. Nicolino nos sucedió. Siempre anduvo por el último borde de la cornisa. ¿Muerto de risa? No, vivo de risa, salpicándonos alegría. Galera bastón capa guantes de leves onzas, ¿banderillas para qué?, ¿furia, músculo crispado y puños crueles para qué?

Nicolino, ¿qué significa, qué fue, qué es? Un intenso animalito en estado de júbilo y de sol. Talón de Aquiles del boxeo y del siglo y del país carnicero. Criatura capaz de charlar con los hambrientos leones. Poeta porque no lo sabía.

El caso es que el increíble Nicolino es muy difícil de contarse a los chicos, a los jóvenes actuales. Damas y caballeros: soy del parecer que, en vez de tanto hablar sobre la paz y la no violencia, en este mundo de guerras preventivas y horrores colaterales, en esta patria con cientos de niños afanados de la placenta, en este mundo, en esta patria, en este 2013, las filmaciones de las antipeleas de Nicolino Locche debieran pasarse como si fueran música, himnos a la alegría.

Mientras nos llega el día en el que ese espectáculo de no violencia atravesada de humor se concreta, uno se pregunta: a Nicolino, ¿quién lo abriga más allá de las ovaciones que el viento se llevó? Y uno pide: si existe todavía algún dios por ahí, que dios lo salve, que dios lo mantenga encendido en nuestra memoria, que dios le acune el incesante candor.

Cerremos los ojos para verlo de nuevo, porque era cierto. Ahí está el Intocable: ¿es Chaplin? ¿es Gandhi? Si es un torero y le gritan ole ole ¿por qué arrojó las banderillas de ultimar? Ahí está él: en puntitas de pie, caminando por el borde de un volcán, repartiendo panes, muerto de risa, vivo de risa, salpicándonos de alegría. Galera bastón capa guantes de leves onzas, ¿banderillas para qué? ¿piedras para qué? ¿músculo furioso para qué? ¿puños crueles para qué? Ahí está él: animalito en estado de júbilo, en estado de nacimiento, en estado del sol. Ahí está, adivinante adivinador. Ahí está, criatura arrojada a los leones, conversando como si tal cosa con ellos. Los leones no se mueren, se desviven de risa, ¿qué necesidad hay de matarlos?

¿Alguien podrá decir ahora que la no violencia es la máscara de la cobardía? ¿Alguien podrá decir ahora que la no violencia es imposible y aburrida? A la vista estuvo, a la vista está: la sangre y la machucación y la crueldad han bajado los brazos. ¿Y la risa? La risa a los brazos los alza, los enarbola. ¿Se puede ser panadero en un feroz cuadrilátero? Nicolino pudo. Por favor, créanme: Nicolino era cierto.

Damas y caballeros, una desesperada sugerencia: las filmaciones de los no combates de Nicolino Locche siempre, cada vez más, son imprescindibles de ver. ¿De ver dónde? En los jardines de infantes y en las casas de ancianos y en las escuelas y en los colegios y en las universidades y en las maternidades.

¿Para qué? Para que la tan violada Vida continúe, al compás del por ahora incansable sol.

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